El abuelo Saatatya decía que los sueños se pueden heredar. Siempre pensé que era una reflexión que funcionaba bien en alguno de sus cuentos pero no como una enseñanza aplicable fuera de los universos verbales que él se inventaba.
Decía que había sido piloto mucho antes de que existieran los aviones como ya entonces se conocían. Y debe ser cierto, porque en la casa del lago Ashtamudi guardaba un aparato polvoriento y a medio destruir que él lo llamaba el Májira Vaiu que, ante mis ojos niños, no era más que un montón de varas vencidas, perchas y telas pobladas por manchas y remendones.
De sus seis hijos varones, papá y los tíos Ishan y Bhanudas lo siguieron al Viejo en su sueño de dominar el viento, pero todo acabó el día del accidente del tren. Los once hermanos cerraron la casa con el Májira Vaiu en el taller de atrás y, desde entonces, solo se dedicaron a sacarlo a la luz a través de los recuerdos… cada vez más esporádicos. El tío Bhanudas consiguió un buen empleo en la cocina del Hotel Godwin y le dedicó años a la tarea de mantenerme alejado de la idea de volar. Creo que por pedido de papá.
Cómo no entregarse a esa pasión transmitida por dos generaciones habiendo crecido entre historias de alas, nubes, fotos y sensaciones desde ángulos que el suelo nos niega. Cómo resistirse a vivir esas bravuras varoniles de alas de madera y huesos quebrados. Cómo no querer volar si ese deseo está impreso en el alma humana y concretado entre los de mi sangre.
Cuatro años en la Escuela de Gerencia de Hoteles de Kollam y un buen puesto tras una pasantía digitada por el tío, enfriaron mi fiebre. Pero cuando reabrimos la casa a los huéspedes para los festejos del Centenario del Faro Tangasseri, algo en mi mente hizo que fallara mi vista… esos viejos despojos de palos y harapos se me aparecieron en el taller del abuelo Saatatya como un verdadero avión… los sueños se pueden heredar.
Si mi imaginación podía verlo como un aparato con el que volar, mi trabajo iba a hacerlo levantar vuelo. Durante casi tres meses, todos los fines de semana me instalaba en el viejo taller; al principio solo para limpiarlo y establecer qué herramientas y piezas podría rescatar del olvido… y cuáles eran ya inútiles. Luego, a localizar los planos del abuelo y todas sus anotaciones. Estudiarlas, analizarlas y aplicarlas como un aprendiz entusiasmado.
Mis manos devenidas en gerenciales reconquistaron la razón por la que habían nacido. A fuerza de vocación se me hicieron hábiles en la faena de reparar todas las piezas. Enderezaron varillas, repararon mástiles, convirtieron nudos caprichosos en orgullosas tanzas y emparcharon telas hasta ver los viejos desechos transformados en el mismísimo Májira Vaiu. Nunca antes lo había visto en su completa forma y dimensión, ahora sí su sombra era la misma que el abuelo había visto proyectada en el lago Ashtamudi, ahora sí su aspecto era el de las anécdotas de la juventud de papá y los tíos. En apariencia lo era, y aunque con sus materiales vetustos no ofrecía ninguna garantía para volar, me sentí lo suficientemente satisfecho como para exhibir mi hazaña entre los demás nostálgicos de las viejas glorias de la familia.
Mis dulces Henna y Rajasi me abrazaron emocionadas, mis hermanos George y Pranja se subieron y se tomaron mil fotos con los niños. La evitada palabra volar se pronunciaba en cada jugueteo y comentario. La columna vertebral de los Adyanthaya no podía acabar en una pieza aeronáutica postrada en medio del parque… la tenía que hacer volar.
Esta vez fueron catorce los meses de mi dedicación en el taller. Al principio desmonté las alas y, al ver los cuadros tan afligidos, decidí reemplazarlos. Basado en los planos, le armé con piezas nuevas el sistema de alabeo para controlar la dirección y el viraje durante el vuelo. Desaté las viejas cuerdas bigotudas y sujeté nuevas amarras de nylon, más seguras, fuertes y livianas. Al reforzar el eje longitudinal encontré que algunos segmentos presentaban retorceduras y abolladuras que más convenía cambiar que intentar soldar. Con las viejas hélices como molde, construí unas idénticas en materiales más modernos y hasta me tomé la licencia de potenciar sus propulsores por unos de menor peso y superior performance. Las viejas lonas evidenciaban una sustentación desconfiable y a las varillas, ahora más resistentes y flexibles en fibra de vidrio, les cocí alas y timones confeccionados en poliéster recubierto de un polímero termoplástico prácticamente indestructible, ignifugo y mal conductor de la electricidad… también más colorido.
Con el sueño del abuelo Saatatya heredado y renacido, resolví los últimos detalles aerodinámicos, de control y de potencia en una cámara de simulación que pude conseguir a través del equipo de turismo del hotel y, luego de entrenar para ser el piloto ideal del Májira Vaiu, lo puse a planear quinientos setenta y ocho metros frente a las dos generaciones presentes de la familia Adyanthaya.
–Estoy emocionado, el abuelo debería haberlo visto. ¿Tomaron fotos?
–Te felicito hermano –me dijo, cauto, George– hiciste un gran trabajo y estamos todos muy contentos.
–¿Se vio peligroso? ¿Temieron por mi integridad? ¿Por qué esas caras?
–Los tíos y… papá también… quisieran recuperar las lonas que no usaste, las cuerdas y los palos… Quisieran volver a cerrar la casa y guardar al Májira Vaiu en el taller –titubeó.
–Pero, George, esos son residuos. El Májira Vaiu es esto que acaba de aterrizar intacto. ¡El Májira Vaiu vuela! ¡El Májira Vaiu renació! ¡El Májira Vaiu…!
–Entremos a la casa hermano, ya va a anochecer –intentó alentarme con expresión desconsolada.
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21 de diciembre de 2011
13 de diciembre de 2011
Maleducado (Parte II)
Hablábamos de Lennon en su defensa por los derechos civiles y mi querida Miralú viene y me despierta una vieja molestia acerca de la desigualdad de géneros.
Lo común es que un muchachito ya en la escuela sea llamado señor, en cambio una mujer debe pasar por el proceso de casarse, obtener algún diploma o cumplir muchos años para dejar de ser señorita. Luego de cientos de batallas ganadas en Occidente, todavía el señorazgo no es una atribución inherente a la mujer… a menos que se la gane. Y una de las formas de ganárselo es la de “pertenecer” a un señor.
Pero, si no fuéramos suficientemente medievales, un hombre al casarse obtiene el título de marido, mientras que la novia pasa a ser mujer… “la mujer de”, entonces su marido puede proclamar orgulloso “estas son mis veinte cabras, estos mis tres camellos y esta mi mujer”. Finalmente la casada es mujer, ¿qué era entonces antes de casarse? ¿Por qué los sinónimos de esposa no son los primeros en ser elegidos?
Declaro mi intención de derogar el uso de la palabra señorita, que se divulgue que esa palabra filtra una sutil carga discriminatoria, que las mujeres sean llamadas señoras desde su infancia y que los jueces de paz cierren sus actos pronunciando “Los declaro marido y esposa”… o la combinación de equivalentes que prefiera.
Estemos atentos a las normas sociales e idiomáticas vigentes, ni para transgredirlas por placer ni para obedecerlas mansamente. Simplemente para no correr el riesgo de heredar y transmitir una educación defectuosa… para no ser tan maleducados.
Lo común es que un muchachito ya en la escuela sea llamado señor, en cambio una mujer debe pasar por el proceso de casarse, obtener algún diploma o cumplir muchos años para dejar de ser señorita. Luego de cientos de batallas ganadas en Occidente, todavía el señorazgo no es una atribución inherente a la mujer… a menos que se la gane. Y una de las formas de ganárselo es la de “pertenecer” a un señor.
Pero, si no fuéramos suficientemente medievales, un hombre al casarse obtiene el título de marido, mientras que la novia pasa a ser mujer… “la mujer de”, entonces su marido puede proclamar orgulloso “estas son mis veinte cabras, estos mis tres camellos y esta mi mujer”. Finalmente la casada es mujer, ¿qué era entonces antes de casarse? ¿Por qué los sinónimos de esposa no son los primeros en ser elegidos?
Declaro mi intención de derogar el uso de la palabra señorita, que se divulgue que esa palabra filtra una sutil carga discriminatoria, que las mujeres sean llamadas señoras desde su infancia y que los jueces de paz cierren sus actos pronunciando “Los declaro marido y esposa”… o la combinación de equivalentes que prefiera.
Estemos atentos a las normas sociales e idiomáticas vigentes, ni para transgredirlas por placer ni para obedecerlas mansamente. Simplemente para no correr el riesgo de heredar y transmitir una educación defectuosa… para no ser tan maleducados.
–Enlace a: Maleducado (Parte I)
8 de diciembre de 2011
Maleducado (Parte I)
La Terapia Primal, desarrollada por Arthur Janov, sostiene que la neurosis es causada por el dolor reprimido de traumas de la infancia. Durante el tratamiento, se somete al paciente a revivir el incidente que generó aquella angustia reprimida, experimentar el tormento para convertirlo en real y liberarse de él a través de gritar, como descarga bioenergética.
Poco se sabe sobre los resultados que obtuvo John Lennon, o cualquier otro paciente de Janov, con este método que anduvo de moda por los primeros años de los setenta pero sí nos quedan como consecuencias de un artista conectado con el sufrimiento, canciones cargadas de mucha observación y pensamiento.
Yoko solía repetir que, así como los negros eran discriminados y esclavizados en los Estados Unidos, la mujer lo era en todo el mundo, obligada a servir a su marido, a su padre o a algún otro hombre. Esa idea generaba escándalo durante los años más beligerantes de la corriente liberadora de los derechos de la mujer, pero sorprende el pronóstico que entonces especulaba Lennon.
El músico advertía que la supremacía blanca y masculina luego de la Segunda Guerra Mundial tenía pocas posibilidades de sostener los permisos de abuso hacia las etnias minoritarias y que esa represión se iba a mudar de las calles al interior de los hogares. En contra de las mujeres. Pero una vez que las mujeres, organizadas como fuerza, consiguieran hacer valer sus derechos, los siguientes a ser segregados serían los niños… un grupo aún más débil, con casi nula capacidad de constituirse en movimiento, descubrir que tienen derechos y luchar por ellos.
Si Lennon leyera un periódico de nuestros días vería cumplida su predicción con aberraciones como la venta de niños al mercado de órganos, la trata de personas, la explotación laboral y el abuso sexual habilitado por instituciones espirituales encargadas de administrar la moral del planeta. Probablemente también lo sorprendería el hecho, ya entonces trivial, de que las escuelas públicas no tienen primero al niño entre sus objetivos sino a la fuente de empleo docente, o que la escuela privada pueda tener una conducta abiertamente empresarial por sobre la educativa.
Pero claro, no estamos observando a un hombre que haya pasado por una buena universidad ni que se haya pulido entre gente decente, era tan solo John Lennon. Un hombre incorrecto… un maleducado que podía salir en televisión y decir entre gritos viscerales, terapéuticos tal vez, que la mujer es el negro del mundo.
Poco se sabe sobre los resultados que obtuvo John Lennon, o cualquier otro paciente de Janov, con este método que anduvo de moda por los primeros años de los setenta pero sí nos quedan como consecuencias de un artista conectado con el sufrimiento, canciones cargadas de mucha observación y pensamiento.
Yoko solía repetir que, así como los negros eran discriminados y esclavizados en los Estados Unidos, la mujer lo era en todo el mundo, obligada a servir a su marido, a su padre o a algún otro hombre. Esa idea generaba escándalo durante los años más beligerantes de la corriente liberadora de los derechos de la mujer, pero sorprende el pronóstico que entonces especulaba Lennon.
El músico advertía que la supremacía blanca y masculina luego de la Segunda Guerra Mundial tenía pocas posibilidades de sostener los permisos de abuso hacia las etnias minoritarias y que esa represión se iba a mudar de las calles al interior de los hogares. En contra de las mujeres. Pero una vez que las mujeres, organizadas como fuerza, consiguieran hacer valer sus derechos, los siguientes a ser segregados serían los niños… un grupo aún más débil, con casi nula capacidad de constituirse en movimiento, descubrir que tienen derechos y luchar por ellos.
Si Lennon leyera un periódico de nuestros días vería cumplida su predicción con aberraciones como la venta de niños al mercado de órganos, la trata de personas, la explotación laboral y el abuso sexual habilitado por instituciones espirituales encargadas de administrar la moral del planeta. Probablemente también lo sorprendería el hecho, ya entonces trivial, de que las escuelas públicas no tienen primero al niño entre sus objetivos sino a la fuente de empleo docente, o que la escuela privada pueda tener una conducta abiertamente empresarial por sobre la educativa.
Pero claro, no estamos observando a un hombre que haya pasado por una buena universidad ni que se haya pulido entre gente decente, era tan solo John Lennon. Un hombre incorrecto… un maleducado que podía salir en televisión y decir entre gritos viscerales, terapéuticos tal vez, que la mujer es el negro del mundo.
–Enlace a: Maleducado (Parte II)
2 de diciembre de 2011
26 de noviembre de 2011
“Inspiracional”
–Es inspirador, miralo… se te va a erizar la piel.
–¿Es el video que me mandaste por mail? ¿Ese que decía “inspiracional”?
–¡Sí, sí, ese mismo!
–Desconfío de lo “inspiracional”, Vicky. Lo miré, pero así como por arribita.
–Te lo perdés, amargado –me sonrió pícara para no resultar agraviante.
–Venga para acá, mi bella ingenuota, no es que me genere desconfianza lo que inspira –acariciándole la espalda, al fin de cuentas ni me ofendió ni deseaba sermonearla– me gusta que las vidas ajenas aporten motivación a la mía, pero me cae arrogante que me anticipen que me van a motivar. ¿Qué es más sorprendente? ¿que te sorprenda con entradas para el teatro o que te avise que te voy a sorprender con entradas para el teatro? A lo mejor sí alguno de esos videos termine siendo una influencia en mi forma de ver las cosas, pero no tengamos miedo de pasar por lineales… no todo lo que sucede alrededor nuestro es una metáfora. Hay cosas que no significan más que lo que son.
–¡Cómo lo enroscaste! Un simple video “inspiracional” te parece arrogante…
–Y bueno… me suena mal… Si yo fuera un video, o una foto de un gatito amamantado por una mamá coneja, no andaría por ahí diciendo: “¡Yo inspiro a la gente a ser mejor!”, dejaría que me miraran y se emocionaran o que concluyeran en que deben cooperar con individuos de otros orígenes.
–O que te ignoren… si no ponés un título o algo que transmita la sensación que te causó, tal vez acaben ignorándolo.
–¡Exacto! ¡Si no les significa nada, que acaben ignorándolo! Para algunos es emotivo, para otros una imagen más y para otros, motivador… y basta de decir “inspiracional”, suspendamos el uso de esa palabra hasta que exista.
–Las palabras no nacen en el diccionario, nacen de la gente y con el tiempo llegan al diccionario.
–Es cierto… ingenuota pero inteligente.
–Ingenuota tampoco es una palabra, Sr. Real Academia, pero en tren de darme la razón, mirá de nuevo el video que te mandé y contame si te resulta inspiracio… motivador… claro, si después de tanto manoseo le queda gusto a algo.
–Lo vi, dulce, si sabés que no paso por alto nada de lo que compartís conmigo. Y te digo más; me impactó la perseverancia de esa atleta que no se daba por vencida. De lo que no estoy seguro es de que sea filosóficamente sostenible. Es hermoso, sí, sirve para reemplazar los viejos cuentos con moraleja y que los hijos no abandonen la escuela o que no renuncien al primer fracaso en lo que sea. Pero la vida es distinta a una carrera. Es mucho más larga y, si después de fracasar consistentemente en una cosa cualquiera, no se abandonan los intentos, ya se deja de ser pujante, tesonero e inspirador para pasar a ser un hazmerreír, un patético que a lo que no renuncia es a fracasar. Vuelta de hoja, a determinado punto, es respetarse a uno mismo, darse la oportunidad de ver qué no nos funciona, aceptarlo y desviar la energía hacia lo que sí.
–Sí, si… veo que te encantó.
–Sí, me encantó. Y lo encuentro “inspiracional”, sobre todo para alguien que esté entrenando para correr una maratón… y hasta se puede adaptar a más cosas. Pero no a todo todo.
–“Hay cosas que no significan más que lo que son”, ¿verdad, mi chico lineal?
–Para no ser tan esclavo de mis palabras lo voy a poner en números: “Dieciséis años de Ingeniería y no te recibís, abandoná o cambiá de carrera. Veinticuatro propuestas de matrimonio y la mina sigue saliendo con otro tipo, renunciá a esa mujer. Cien calorías diarias y en ocho meses pesás lo mismo, pensá en otra dieta”. A veces abandonar es también ganar carreras.
–Siempre que no te bajes de la idea de ganar sino que cambies la disciplina en la que ganar.
–Ganar o perder no deberían tener definiciones genéricas, por muy Real Academia que yo sea… cada uno tendría que medirlo según su propia experiencia. A veces no perdemos pero sí según alguna definición que no compartimos.
–¿Y ganar? ¿Qué es entonces ganar?
–Para mí, en este momento, ganar sería tomarme un cabernet en una terraza acompañado de una bella e ingenuota chica inspiracional.
–¿Es el video que me mandaste por mail? ¿Ese que decía “inspiracional”?
–¡Sí, sí, ese mismo!
–Desconfío de lo “inspiracional”, Vicky. Lo miré, pero así como por arribita.
–Te lo perdés, amargado –me sonrió pícara para no resultar agraviante.
–Venga para acá, mi bella ingenuota, no es que me genere desconfianza lo que inspira –acariciándole la espalda, al fin de cuentas ni me ofendió ni deseaba sermonearla– me gusta que las vidas ajenas aporten motivación a la mía, pero me cae arrogante que me anticipen que me van a motivar. ¿Qué es más sorprendente? ¿que te sorprenda con entradas para el teatro o que te avise que te voy a sorprender con entradas para el teatro? A lo mejor sí alguno de esos videos termine siendo una influencia en mi forma de ver las cosas, pero no tengamos miedo de pasar por lineales… no todo lo que sucede alrededor nuestro es una metáfora. Hay cosas que no significan más que lo que son.
–¡Cómo lo enroscaste! Un simple video “inspiracional” te parece arrogante…
–Y bueno… me suena mal… Si yo fuera un video, o una foto de un gatito amamantado por una mamá coneja, no andaría por ahí diciendo: “¡Yo inspiro a la gente a ser mejor!”, dejaría que me miraran y se emocionaran o que concluyeran en que deben cooperar con individuos de otros orígenes.
–O que te ignoren… si no ponés un título o algo que transmita la sensación que te causó, tal vez acaben ignorándolo.
–¡Exacto! ¡Si no les significa nada, que acaben ignorándolo! Para algunos es emotivo, para otros una imagen más y para otros, motivador… y basta de decir “inspiracional”, suspendamos el uso de esa palabra hasta que exista.
–Las palabras no nacen en el diccionario, nacen de la gente y con el tiempo llegan al diccionario.
–Es cierto… ingenuota pero inteligente.
–Ingenuota tampoco es una palabra, Sr. Real Academia, pero en tren de darme la razón, mirá de nuevo el video que te mandé y contame si te resulta inspiracio… motivador… claro, si después de tanto manoseo le queda gusto a algo.
–Lo vi, dulce, si sabés que no paso por alto nada de lo que compartís conmigo. Y te digo más; me impactó la perseverancia de esa atleta que no se daba por vencida. De lo que no estoy seguro es de que sea filosóficamente sostenible. Es hermoso, sí, sirve para reemplazar los viejos cuentos con moraleja y que los hijos no abandonen la escuela o que no renuncien al primer fracaso en lo que sea. Pero la vida es distinta a una carrera. Es mucho más larga y, si después de fracasar consistentemente en una cosa cualquiera, no se abandonan los intentos, ya se deja de ser pujante, tesonero e inspirador para pasar a ser un hazmerreír, un patético que a lo que no renuncia es a fracasar. Vuelta de hoja, a determinado punto, es respetarse a uno mismo, darse la oportunidad de ver qué no nos funciona, aceptarlo y desviar la energía hacia lo que sí.
–Sí, si… veo que te encantó.
–Sí, me encantó. Y lo encuentro “inspiracional”, sobre todo para alguien que esté entrenando para correr una maratón… y hasta se puede adaptar a más cosas. Pero no a todo todo.
–“Hay cosas que no significan más que lo que son”, ¿verdad, mi chico lineal?
–Para no ser tan esclavo de mis palabras lo voy a poner en números: “Dieciséis años de Ingeniería y no te recibís, abandoná o cambiá de carrera. Veinticuatro propuestas de matrimonio y la mina sigue saliendo con otro tipo, renunciá a esa mujer. Cien calorías diarias y en ocho meses pesás lo mismo, pensá en otra dieta”. A veces abandonar es también ganar carreras.
–Siempre que no te bajes de la idea de ganar sino que cambies la disciplina en la que ganar.
–Ganar o perder no deberían tener definiciones genéricas, por muy Real Academia que yo sea… cada uno tendría que medirlo según su propia experiencia. A veces no perdemos pero sí según alguna definición que no compartimos.
–¿Y ganar? ¿Qué es entonces ganar?
–Para mí, en este momento, ganar sería tomarme un cabernet en una terraza acompañado de una bella e ingenuota chica inspiracional.
21 de noviembre de 2011
Náufrago
Agitado pero aún ergido y dignamente en pie, sentí mi interior arrastrarse a gatas. Estiré mi mano temblorosa, cansada, hasta atrapar la botella que se bañaba calma en la superficie, lejos de mi naufragio.
Me apresuré a leer el mensaje, con la torpeza de la humedad salada gobernando mis palmas. El sol insultaba mis ojos con más agresividad que brillo; tuve que esforzarme en hacer foco frente al papel.
Beba con moderación, rezaba una gruesa Arial de catorce puntos en tinta color malbec.
Me apresuré a leer el mensaje, con la torpeza de la humedad salada gobernando mis palmas. El sol insultaba mis ojos con más agresividad que brillo; tuve que esforzarme en hacer foco frente al papel.
Beba con moderación, rezaba una gruesa Arial de catorce puntos en tinta color malbec.
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