–No podés quedarte así tan inmóvil, decime algo aunque sea. Voy a olvidar todos los insultos sólo porque sé que sos una persona agradable y seguro que estabas nerviosa… se te veía alterada. Quiero que te levantes y me mires a los ojos, voy a volverte a pedir que salgamos a caminar y que nos sentemos en algún lugar a tomar un cafecito. Pero esta vez contestame que sí y no te apuñalo, ¿estamos de acuerdo?
Vos no sabés del sufrimiento con que pagué por atreverme a soñar. Yo todavía no trabajaba en este hospital… era chico, no un nene… un adolescente, albergaba en mi corazón algunas utopías y quería llevar paz de un lado al otro del muro. No sabía bien lo que estaba haciendo pero las cosas se dieron tan fáciles que no se me ocurrió parar un instante y pensarlo dos veces.
Prometeme que no te vas a morir así te cuento todo… no estés enojada conmigo. A mí me gustaba volar, pero no eso de andar con los pies lejos de la tierra; pilotear aviones de verdad. Había hecho el curso de piloto y un día en el aeropuerto de Uetersen me alquilé un Cessna 172B y tracé una ruta que terminaba en Malmi, el aeropuerto de Helsinki, después de una escala en Reykiavik. Ya cuando estaba en Islandia me retumbaba en la cabeza el capricho de que no se pudiera pasar al lado soviético. No conseguía entender que estuviera prohibido cruzar de allá para acá o de este lado para el otro. En el cielo no se veía diferencia entre las nubes comunistas y las democráticas, era absurdo volar tan libre y pegar la vuelta sólo porque del otro lado se vivía un estilo de vida diferente. Me preguntaba porqué no habré sido un pájaro y volar sin el Atlas de la OTAN y el Pacto de Varsovia tatuados en mi mente. ¿Por qué la razón de los hombres tiene fronteras tan estrechas?
Qué irónico es que vos seas la enfermera de esta guardia y que yo no tenga a quién pedir que te auxilie, pero en dos minutitos alguien va a atenderte. ¿Duele? perdoname, por favor te lo ruego, relajate y controlá la respiración. No sabés qué sensación de paz tenía allá en el aire, nunca había sentido mi alma tan llena de oxígeno en la tierra. No sé cómo me enteré que justo ese día, 28 de Mayo, era un día feriado para la patrulla fronteriza. Cumplían la guardia unos gendarmes novatos, que tendrían unos diecinueve años… como yo… no sé si estaban muertos de frío, de miedo o bien macerados en vodka… pero ni se dieron cuenta de que crucé. No lo podía creer, mi amor, ¡crucé la Cortina de Hierro! Sentía una emoción y una alegría tan grandes que grité como loco, necesitaba cruzar miradas con alguien como cuando gritábamos los goles del Kaiser. Después ya estaba jugado, cuando uno ya ha cruzado la mitad del río más conviene llegar a la segunda orilla que volver a la primera. Se me ocurrió descender tanto como me era posible para no ser detectado por los radares y empecé a divisar las vías del tren. Me imaginé que siguiéndolas llegaría a Moscú.
Recién ahí caí en la cuenta de en qué me metí. Sentí por la espalda que me recorría un frío como si me atravesaran con un cuchillo… uy perdoname la comparación, qué tarado soy… me temblaba todo el cuerpo, en especial el estómago; quería estar con mi mamá y abrazarla fuerte buscando protección como cuando tenía cuatro años. Pero en unos segundos tuve que sacar hombría de donde no tenía y decidí aterrizar en un lugar público. Sólo si mi aterrizaje era una vergüenza pública para el bloque oriental, la prensa internacional me iba a salvar de que la KGB me desapareciera. Vi el Kremlin desde el avión y no lo podía creer, tan majestuoso como en las fotos, tan embajador de la grandeza rusa en el mundo y tan chiquito bajo mis pies.
Quise aterrizar ahí mismo pero no encontré lugar y seguí descendiendo hasta la Plaza Roja… con más de cien metros de ancho pude encontrar un espacio donde no hubiera tanta gente. Igual cuando toqué tierra y detuve el avión me rodeó una muchedumbre confundida, como si disfrutaran culposos de que burlé el espacio aéreo de su país. Me sentía responsable de que por mi culpa ocurriera algún accidente, ¿quién puede imaginarme tratando de matar a alguien, si lo único que quería era contagiar esa paz que se siente donde no hay fronteras?
No, linda, no me mires con cara de que no sé lo que estoy diciendo. A vos tampoco te quiero matar, sólo quiero que sientas mi amor pero te empecinás en ignorarme y no puedo compartir con vos todo lo que siento. ¿Pensás que me ofende que te digan que Mathías Rust es un desquiciado? Han dicho cosas mucho peores que esas de mí; que era un inconsciente, un tarado, un chiquilín iluso que confundía alas con libertad, un contrabandista de armas, un espía del gobierno de Bonn, un agente de Gorbachov que le daría una buena excusa para reemplazar al Ministro de Defensa y al Comandante de Defensa Anti-Aérea por otros que apoyaran al glásnost. ¿Sabés que por mi culpa más de dos mil personas perdieron su trabajo en el gobierno? Yo no quería nada de eso. Más bien quería que mis viejos se pusieran orgullosos de mí, convertirme en un abanderado de la paz o conseguir que alguien como vos me aceptara un café.
Pero no, me condenaron a cuatro años de trabajos forzados y me apartaban a salitas más chicas que ésta donde me interrogaban durante de veintidós horas de corrido… y encima tengo que agradecer que por el escándalo público no me pudieron torturar. Mis viejos venían cada dos meses a verme pero no era precisamente orgullo lo que sentían por mí. Todavía me acuerdo de la mirada de rabia de mi papá y me duele más que el miedo a los oficiales de la KGB. A mi mamá la hice sufrir mucho, no creía en las garantías que el gobierno ruso le aseguraba que me otorgaban y, con tantas visitas, quedaron económicamente devastados.
Ahora cuando se enteren de que te acuchillé los pierdo para siempre, lo único que me falta es que te mueras. Ahí sí que no te perdono, porque las cosas que me dijiste son irrepetibles, me heriste gratuitamente sólo porque alguien te dijo que estoy loco, ¿se te ocurrió en algún momento preguntarme cómo me podía sentir yo? Pero todo eso lo puedo olvidar… lo que no puedo dejarte pasar es que me vayas a convertir en un asesino. Mis viejos no soportarían también eso. No te mueras, quereme.
Mirá, ahí afuera se acercan a toda velocidad camilleros bien equipados, médicos que te van a salvar de mi desborde y unos tipos de azul para los que no tengo excusas. Dejame que limpie un poco porque me mata de vergüenza que vean el reguero de sangre que dejé acá. Ahora seguro que nos llevan a cada uno a otro lugar y acá se acabó todo.
La gente no puede entender que a veces la vida es una aventura que la dicta el corazón. Mi único delirio fue querer paz y amor… que mi vuelo fuera una llave para la paz y que vos no me rechazaras, pero todo esto es como si me hubieran clavado un puñal.

El joven húngaro Istvan Banyai, nacido en 1949 e inmigrado a los Estados Unidos a mediados de los años ochenta, asegura que "nada es como parece… que justo cuando se cree saber dónde se está, ha llegado el momento de volver a observar."
“Cuanto más alto vueles más profundo llegarás.”
John Lennon
Se bebió con energía el último sorbo de Sprite, más por mirar a través del fondo del vaso que por sed. Esos jeans ajustados le hacían adivinar con culpa la desnudez de Martina.
–Las novias de mis amigos son todas bigotudas –se sermoneaba Ricardo a sí mismo con efectiva insistencia.
Disimuló asegurarse de que Jorge pagara la cuenta y caminaron hasta el auto. El que maneja no bebe y los que beben pagan la cuenta, era el trato, pero un par de pitaditas con todas las ventanillas abiertas para no impregnar de olor el tapizado, no altera la atención del conductor, imprime significado a los silencios y hace más intensas las charlas.
Martina no recordaba si había pensado o comentado en voz alta que jamás van a legalizar completamente a la marihuana.
–Los gobiernos del mundo ganan más dinero combatiendo una parte del narcotráfico y asociándose con otra –pensó o dijo– que cobrando impuestos por la hierba como lo hacen con el tabaco o el alcohol, que aunque hagan más daño no es redituable prohibirlos.
–Cómo te gustan esas teorías de conspiración –le confirmó Jorge que lo había pensado en voz alta.

Ricardo sabía que tomando partido por la postura de Martina no conseguiría que ella abandonara a Jorge para caer rendida a sus brazos, tampoco lo deseaba, pero algo más ingenuo y más fuerte que él mismo le gobernó el razonamiento.
–¿Por qué teoría de conspiración, Jorgito? No es absurdo lo que dice Martina… ¿nosotros podemos conseguir porros y la policía no? ¿Los ejércitos del hemisferio norte se ponen de acuerdo para invadir un país en la otra punta del planeta pero no pueden quemar los sembradíos colombianos que tienen a tres horas de vuelo?
–Bueno, dos contra uno… parece que ganaron –se rindió sospechosamente Jorge.
–¿Y por qué esa desconfianza, Georgy? –indagó Martina con dulzura.
–Mirá, no puedo asegurar que no tengas razón, pero todas esas teorías no salen de la categoría de teoría, ¿sabés por qué? Sencillamente –se apuró a contestar– porque nadie las pudo demostrar…
–Ni refutar –interrumpió Ricardo torciendo la cabeza hacia el asiento de la derecha, aunque sin mirar a Jorge.
–Algo debe haber detrás de todo eso que se dice y no se comprueba… la gente riega y exagera historias en la cola de la panadería pero, para considerarlas teorías de conspiración, también habría que pensar en alguien que se beneficiara si fueran reales –redondeó su idea Martina desde el asiento de atrás.
–Bueno, Martu, para cada teoría otro beneficiado –acotó Ricardo espiando su silueta por el retrovisor mientras Jorge palpaba todas las mochilas intentando encontrar las galletitas por ruido del celofán.
–Me gusta para donde vas –se coló Jorge violentando el sellado del paquete de Rex– si alguien se beneficiara diciendo que a Lennon lo mató la CIA no sería el mismo beneficiado que dice que la ciencia descubrió curas que no aplica para seguir vendiendo los paliativos.
–¡Exacto! -interrumpió Martina su letargo- no pueden ser los mismos los que dicen que Fidel está muerto que los que dicen que Elvis está vivo.
Como cascada, una a una fueron recordando las conjeturas más populares sin detenerse en sus refutaciones o argumentos irresponsables. Una teoría de conspiración desembocaba en la siguiente y mantuvo a los tres amigos eufóricos mencionándolas durante los siguientes veinte kilómetros.
Las Torres Gemelas fueron derribadas por el propio gobierno de EE.UU., el oro de los nazis sigue en poder de sus jerarcas, los judíos tienen planes milenarios de conquistar el mundo, algunos programas de televisión son creados para manipular las mentes de los espectadores, el Santo Grial está oculto y protegido por una secta secreta, el alunizaje del Apolo XI fue un montaje, la FIFA y el Comité Olímpico reparten a conveniencia los títulos de campeones, los gobiernos legítimos de los países acatan órdenes de la Cosa Nostra, algunos músicos difunden mensajes satánicos valiéndose de métodos hipnóticos, Google es una herramienta de los servicios de inteligencia para controlar la información que circula por Occidente, Facebook archiva los datos privados de sus usuarios, los extraterrestres conviven con la especie humana desde tiempos remotos, la KGB jamás fue desmantelada y continúa con las mismas funciones que en tiempos de la Unión Soviética, la tierra es hueca y una raza superior habita bajo la superficie, los líderes del mundo son socios y las guerras son sus negocios, Juan Pablo I fue asesinado, Juan Pablo II fue impuesto por una alianza antisoviética, Maradona jugó el mundial acelerado por sustancias prohibidas, Marilyn sabía mucho sobre los Kennedy, Lady D fue mandada a matar por el príncipe Carlos, Michael Jackson sigue vivo, Paul ha muerto.
Luego de la siguiente parada manejó Martina aunque ninguno de los tres había bebido alcohol. Ricardo y Jorge compartieron el asiento trasero para jugar al truco pero los párpados de Ricardo cayeron vencidos en corta batalla contra la gravedad.
–Martu, ¿querés que maneje yo?
–Descansá un rato, Georgy, después cambiamos.
–¿Nos prendemos otro?
–No… estoy bien así. Todavía me queda un poco del vuelo de antes.
Un silencio de sol tibio se disolvió entre los pensamientos erráticos de Jorge.
–Ahora que hablabas de vuelo me enganché con lo que hablábamos antes y…
–¿Las conspiraciones? ¿No era a mí que me gustaban esas teorías?
–Escuchame, estaba pensando que lo difícil de esas teorías es propagarlas… hacerlas famosas. Pero elaborarlas no. Además van tomando cuerpo cuando el que las escucha les encuentra puntos débiles, hace preguntas y el que las cuenta les va metiendo más de su cosecha.
–¿Y qué tiene que ver eso con los porritos? –intentó relacionar Martina con un gesto inocente al pronunciar el diminutivo.
–Nada, pero sí con el vuelo. ¿Viste la catástrofe aérea del otro día? Estaba imaginándome –avanzó Jorge sin esperar respuesta– lo fácil que es tomar una noticia del diario e inventarle una confabulación por detrás.
–¿Intentás explicarme que ese avión no se cayó?
–No, no no… el avión sí cayó. No hay cómo negarlo, pero se pueden manipular las causas.
–Pero… ¿para qué? –desconfió Martina.
–Y… depende de la teoría que elaboremos. Imaginemos que ese avión estaba asegurado por una compañía que, en complot con la empresa aérea, disminuía las precauciones, achicaba gastos y podía vender los pasajes a mejor precio para llenar bien sus vuelos, aumentar la frecuencia de aviones en esa ruta y hacer más plata.
–Paranoico.
–Sí, como que las pirámides de Egipto fueron construidas por Yoda.
–Ok, chistosito, decime también que contrataron un par de aviones de combate para que lo derribaran en pleno vuelo y cobrar el seguro.
–Mirá, no pienso que lo hayan bombardeado –ignoró Jorge el sarcasmo–, pero sí que lo fueron “descuidando cuidadosamente” hasta que se convirtió en un avión vulnerable y con las primeras turbulencias fuertes terminó desplomándose sobre el mar.
–Si así fuera, serían muchos peces gordos los involucrados…
–Conspiración. De eso se trata, Martu. El avión envió al control veinticuatro mensajes automáticos en los primeros catorce minutos después de que el piloto se comunicó por última vez con tierra, pero el centro de control no consideró necesario un seguimiento satelital de la nave, a pesar de que las condiciones meteorológicas eran de riesgo. Hasta se conjeturó que lo había partido un rayo… encima, después del accidente, la empresa que construye ese tipo de aviones declaró que la compañía aérea no cumplió con el programa de sustitución de instrumentos que recomiendan… empezando a repartir culpas.
–…O patear para afuera.
–Nunca lo sabremos, pero fijate que empezando a empantanar la investigación con acusaciones también se ponen en situación de sospechados. La mismísima agencia encargada de la investigación mete un elemento que a nadie se le había ocurrido hasta el momento: “No descartemos la hipótesis de una bomba”.
–Y de nuevo un enemigo invisible merece ser combatido por las fuerzas del bien, que ellos mismos representan –conjeturó Martina.
–¿…Y el paranoico soy yo, linda?
–Georgy, ese avión tiene que seguir en el fondo del mar para que no se desbarate el equilibrio. Mandaron varias misiones de rescate y hacen mucho hincapié en la búsqueda de la caja negra. Las víctimas no están en juego… se presupone que no hay sobrevivientes y no es tan importante encontrar los cuerpos y entregarlos a sus familias; lo único importante es que aparezca la caja negra. O mejor dicho… que no aparezca.
–Ja, ja, parece que te pegó con todo esa hierba –acusó aprobando Jorge–. Esa caja negra revela lo que saben en el centro de control, en la compañía aérea, en la planta fabril, en la agencia de seguros y en varios gobiernos… por lo menos los de los países que unía ese vuelo. Mejor que siga en el fondo del océano pero que parezca que la buscan desesperadamente.
Ricardo llevaba un rato despierto con los ojos cerrados, entre fingiendo dormir e intentando recuperar el sueño. Pero la desmedida carcajada de Jorge le hizo abrir de golpe los ojos y, unos segundos después, ya tenía su mano en el fondo de la caja de galletitas Rex.
–“Quehacé” Jor, ¡cómo te reíste, guacho…! Martu, ¿querés que maneje yo un rato?
–No, quedate tranquilo, bello durmiente, sigo hasta la próxima estación de servicio.
–Tranquilos que se queden esos turros –retomó Ricardo el diálogo–. La caja negra no va a aparecer, o a lo mejor ya apareció hace rato pero la van a dar por desaparecida de por vida.
–¿Vos también tenés teorías? –se burló Jorge– ¡nos estamos volviendo locos adentro de este autito!
–Las cajas negras tienen un emisor acústico, el “pinger” –arremetió Ricardo con aires catedráticos– pero la emisión falla con la profundidad, la temperatura y la salinidad del fondo del Atlántico. Lo que sí, para algo debe haber funcionado.
–Claro, para localizar al avión –apresuró Martina.
–No, los restos del avión los encontraron sobrevolando el área. El pinger sirvió para trazar un mapa de los relieves del fondo oceánico.
–Ah, bueno –ironizó Jorge– entonces los verdaderos beneficiados de la catástrofe aérea eran los cartógrafos… siempre supe que los que imprimen el Atlas tarde o temprano iban a dominar el mundo.
–Siga riéndose, mi amigo, y verá que conocer la topografía del fondo del mar trae más beneficios que los que pueda imaginar –garantizó orgulloso Ricardo–. ¿Han escuchado que se están agotando los recursos naturales?
–Sí, de la falta de petróleo tengo una lucecita en el tablero que me lo va a indicar en cualquier momento –bromeó Martina. Pero no desesperen que hay una estación de servicio en dos kilómetros.
Camino al interior del paradero, Jorge tomó el camino del baño mientras Martina y Ricardo se detuvieron frente a los especiales del día anotados en una pizarra.
–Pasen, muchachos, tengo un rincón romántico para ustedes dos –los invitó el encargado de la estación.
Ricardo se relamió con la confusión y abrió la puerta para que pasara Martina, dejándola con galanura avanzar unos pasos y recorrer su figura con la mirada.
–¿Tiene una mesita para tres? Estamos esperando al novio de mi amiga –contestó disimulando resignación.
Luego del postre, revolviendo concentrado una diminuta tacita de café, Jorge reabrió el interrogante que Ricardo dejó pendiente en el auto.
–Ricky, ¿qué tienen que ver los cartógrafos y el petróleo con la teoría de conspiración que le estábamos inventando al accidente aéreo?
–No, nada que ver. Sólo que hasta ahora se nos ocurrió pensar algo cruel como la muerte de la tripulación y todos los pasajeros para apenas cobrar el seguro y repartirlo entre un par de empresas y gobiernos… pero, ¿y si hay más que eso?
–¿Qué más puede haber detrás de tanta codicia y un plan siniestro que lo cubra todo? –se inquietó Martina.
–El oro. No hay ya casi petróleo y está escaseando el agua potable en el planeta, se están agotando todos los recursos naturales y el oro también. Las minas de oro del mundo ya están vacías y los lechos de los ríos devastados. El precio del oro se mantiene o sube mientras las monedas de las potencias fluctúan y los negocios bursátiles decaen. Se puede seguir acaparando oro pero cada vez cuesta más extraerlo. A nadie le es ajeno que desde el primer regreso de Colón a España hasta que los países americanos comenzaron a independizarse, todo el Atlántico ha sido un verdadero campo de batalla entre flotas reales, libertadoras y piratas. ¿De todos los mapas de tesoros que se encontraron durante esos trescientos años, cuántos cofres fueron desenterrados? ¿Cuántos naufragios hubo y dónde quedó el cargamento de oro de esos barcos?
–El lecho del Atlántico es toda una reserva de oro –descubrió Jorge.
–Sí, pero ¿qué empresa moderna puede escarbar esos recursos sin despertar sospechas o sin autorización de un gobierno y qué país va a mandar una misión de rescate de galeones hundidos si no están en sus aguas territoriales? Además de que no les pertenecen tienen valor histórico… esas joyas, de ser reflotadas, deberían brillar en la vitrina de algún museo. La opción más discreta de encontrar y robarse ese oro es…
–…mandar un pinger, ¡fraguar un accidente y sondear el terreno! –interrumpió con agilidad Martina.
–¡Qué cosa de locos! –se lamentó Jorge–. Nosotros juntando moneditas para hacer un viaje de fin de semana mientras otros se disputan entre cobrar un seguro millonario o quedarse con todo el oro de las colonias.
–Pero nosotros somos más afortunados que ellos –lo consoló cariñosa Martina acariciándole la cara–. Tenemos a nuestros afectos, podemos confiar en nuestras familias y nuestros amigos… ¿te imaginarías a alguien como Ricky conspirando para traicionarte, mi amor?
Ricardo estaba distraído, al escuchar su nombre despertó a la conversación… su imaginación lo tenía hacía largo rato desvistiendo a Martina.
¿Cómo son entonces las cosas? Si no le disfrazamos el brócoli no se lo come, hay que narrarle la vida de Napoleón como si fuera un cuentito y hay que ponerlo a practicar aritmética jugando… al humano adulto.
¿A qué edad se madura y se comienzan a hacer las cosas sólo porque hay que hacerlas? ¿En qué momento un tal Maxi deja de dibujar letritas para formar su nombre y se convierte en el Máximo Bermúdez que firma cheques?
Vengo a confesar públicamente que me cepillo los dientes rutinariamente sin esperar órdenes maternales y que cumplo rigurosamente una serie de disciplinas que atentan contra mi hedonismo. Y si bien no es motivo de orgullo ni esto me hace el hombre más responsable del hemisferio, a veces sostener abierta una puerta al paso de un desconocido, incluir una sonrisa apenas cortés después de pagar la entrada del cine o guardar los modales en la mesa incluso al almorzar solo, hace que estos actuares resulten atípicos.
Cuando uno está motivado o se lo requieren amablemente consigue entregarse a prácticas que bajo circunstancias corrientes habría desdeñado sin siquiera preocuparse de asignarles una excusa que mitigue la culpa. Un grupo de teóricos suecos asegura que “la forma más fácil de mejorar conductas en la gente es a través de la diversión” y llaman Rolighetsteorin a su hipótesis (teoría de lo divertido). Luego la llevan a la práctica en la estación Odenplan del metro de Estocolmo:
Según nos revelan en el minuto 1:07 del estudio: “66% más gente de lo normal opta por el uso de las escaleras convencionales en vez de las mecánicas” para recalcar sobre el minuto 1:30 la idea de que “lo divertido obviamente modifica la conducta para mejor”.
–Acérquese jovencita -le dije con la misma austeridad jocosa que siempre recibe con una sonrisa corta pero genuina-. Te estaba esperando.
La acerqué con fuerza contra mí, la miré a los ojos y antes que los de ella y los míos se empañaran le dije cuánto la quería. Se lo volví a decir y aunque ya me lo había escuchado mil veces, le gustó oírmelo. Se quedó callada al principio, le dio pudor pero se le leía en la mirada lo que estaba sintiendo. Después se animó, me abrazó fuerte y también me dijo que me quería.
A veces nos quedamos ratos largos sin decirnos nada y por romper el silencio, por temor a que el otro no lo esté disfrutando como uno, nos hacemos bromas. Nos matamos de risa… nos gusta reírnos de cosas absurdas, el otro día se hizo pasar por la dueña de una pastelería que me contrataba para atender su local. Por más de una hora estuvimos inventando sabores imposibles de dulces y condiciones ridículas de trabajo.
Caminamos un rato de la mano y me preguntó porqué le dije que la estaba esperando. Tiene la habilidad de transitar de un tema a otro con suave brusquedad, como cambiando de canal y adaptándose de la carcajada de una comedia a la seriedad de una confesión en una fracción de segundo.
–Cuando un hombre de a pie recurre al cielo para que se cumpla su anhelo es porque ya agotó sus recursos terrenales para conseguirlos -le confesé-. Y pedí que vinieras, porque te busqué con el alma y te esperé mucho tiempo… y ahora que te tengo no puedo más que disfrutar tu encanto, tu dulzura, tu magia, tu belleza.
Me dijo que también la hago feliz y sentí un cosquilleo frío que recorrió mi espalda y debilitó mis brazos y mis piernas. Creo que notó mi lagrimeo y fingió distraerse con el ruido de la calle para no avergonzarme. Cuando me quité los lentes oscuros que no se correspondían con el sol desfalleciente del atardecer, la vanidad me dictó más preguntas… quise escuchar de su voz qué la hace feliz de mí, induciéndola al absurdo de admitir y explicar la felicidad.
–Cómo me cuidás, cómo me divertís –desenvolvió sin titubear como si hubiera estado esperando mi pregunta.
Bajamos del auto y anduvimos unos metros hasta la pastelería. No se parecía a la de nuestra charla surrealista… eligió la torta de queso, decidió qué decoración agregarle y volvimos a casa a hundirle las nueve velitas.
–Tenés el don de hacer feliz a los que te rodean, mi linda… te merecés un muy feliz cumpleaños.
Como ignorando el duelo ancestral entre el conocimiento y el credo, hemos visto en las fronteras entre ciencia y religión varios casos de fascinación por los números.
Lógicamente, cuando los números caen en manos de los hombres de fe, ya no serán para ser abordados desde lo cognitivo sino desde un cierto entusiasmo; un afecto tan irracional como la fe, inexplicable, aunque se esmeren en poblarlos de argumentos que pretenden transportar algún tipo de rigor científico.
Qué llevará a tantas civilizaciones y culturas de la antigüedad, y contemporáneas, a obsesionarse con los números, fomentar la adoración de algunos de ellos, recomendar la cautela ante la presencia de otros o manipular datos extraídos de escrituras sagradas, combinarlos con otros y demostrar verdades irrefutables, sobre todo si ya se era creyente de antes, valiéndose de procedimientos altamente cuestionables para el agnóstico y para el hombre de ciencias.
Si nos encapricháramos, por ejemplo, en que el número en que convergen todas las virtudes que elevan nuestros espíritus fuera el once, podríamos sumar todos los preceptos bíblicos, restarle los pecados capitales, multiplicarlos por la cantidad de seres descriptos en el Génesis y dividirlos por la cantidad de órganos que componen la anatomía humana hasta llegar al once… y si llegáramos al ocho, al nueve o al cuatrocientos quince, le sumamos o le restamos lo que falta, manoteando algún dato que se repita la cantidad de veces que le haga bien a nuestros cálculos.
¿Por qué los credos reniegan sistemáticamente de los datos aportados por la ciencia y se apoderan del análisis de los números con métodos entre especulativos e irresponsables? Es tan absurdo proponerse demostrar la existencia del Todopoderoso con una calculadora como practicar la disección de una rana con el Bhagavad Gita, sin embargo todas las civilizaciones que nos precedieron insistieron en agregarle condimentos racionales a la explicación de lo que creían, casi acusando de falibles a sus argumentos.
Los judíos afirman que el número siete encierra enigmas que les fueron revelados a través de coincidencias místicas. El séptimo día descansó el Creador, siete son los días de la semana, las maravillas del mundo, las notas musicales, los colores del arco iris, los mares y los cielos. Siete generaciones separan a Abraham de Moisés. Y siete es la vida; la palabra Vida, Jai en hebreo, se forma con las letras Jet y Iud, cuyos valores numéricos suman dieciocho, y restando el uno del ocho nos damos en la cara con otro siete.
Fai significa riqueza en chino y también significa ocho, por consiguiente si se es chino y se desea alcanzar la prosperidad sólo basta con iniciar una actividad comercial y poner el número ocho en los escritorios, vitrinas y líneas de trabajo.
Los hindúes resolvieron la evidencia de que Shiva contiene cinco mantras representando su imagen con cinco caras y declarando sagrado al número cinco. Otros hindúes optaron por el veintiuno como número venerado y, aunque no existe consenso en cuál número es más santo, sí se han puesto de acuerdo en que hay que adorar algún número.
Los celtas y los japoneses budistas consagraron el tres como número sacro, lo mismo con el cuatro en Zia, el treinta en Babilonia y, aunque “El Diez” ha resultado ser bastante caprichoso en Buenos Aires, no lo es tanto como en el resto del mundo el tres coma catorce dieciséis, etc.
La cultura numerológica ha nutrido supersticiones que recomiendan la cautela frente a la aparición del triple seis o del trece, que no es más que el número de comensales, Jesús y los doce apóstoles, sentados a la cena previa al deicidio. Con similar principio se recomienda no interrumpir la Santísima Trinidad alterando la armonía del triángulo formado una escalera de obra y el piso… o no pasar por debajo de las escaleras, que trae mala suerte.
Quien más, quien menos… todos tienen su numerito convertido en obsesión, ya sea porque le resulta fácil la tabla del cinco o porque asegure que si se sueña con un finado le tiene que jugar al cuarenta y ocho. Finalmente los números no albergan contenido ascético sino que más bien ayudan a cuantificar y ordenar las cosas terrenales. Habrá quien se afane en asignarles prodigios, quien se prepare para el Apocalipsis maya del dos mil doce o quien se tome en serio el significado que Douglas Adams le asignara en su novela al número cuarenta y dos.
Y ya que el cuarenta y dos fue mencionado, es inevitable reparar en la belleza de ese número, que en este caso se trata de un número musical:
Those who are dead are not dead
They’re just living in my head
And since I fell for that spell
I am living there as well.
Time is so short and I’m sure
there must be something more.
Those who are dead are not dead
They’re just living in my head
And since I fell for that spell
I am living there as well.
Time is so short and I’m sure
There must be something more.
You thought you might be a ghost
You thought you might be a ghost
You didn’t get to heaven, but you made it close.
You didn’t get to heaven but you made it close.
You thought you might be a ghost
You thought you might be a ghost
You didn’t get to heaven, but you made it close.
You didn’t get to heaven, but you ohh ohhh.
Those who are dead are not dead
They’re just living in my head, ooh.
Los tifones del año anterior habían diezmado la cosecha de cereales y la granja que alcanzaron a levantar con tan improvisados recursos fue derribada por los de este verano.
Liang Wu se iba a encargar de trabajar para recuperar lo que la naturaleza le había arrebatado y, para proteger a los más débiles de la familia de las enfermedades que trajo la inundación, envió a su anciano padre y a su hijo a establecerse en los suburbios de Jinan.
Jun cuidó de su nieto Kuan-Yin y durante el resto del verano se esmeró en reafirmarle los conocimientos en las seis disciplinas y la sobriedad con que debía aceptar sus nuevos retos. El primer día de clases cargó con los útiles y se dispuso a acompañar al pequeño hasta dentro del aula. La fresca y jovial Srta. Li Wen Qiu demoró amablemente el ingreso del anciano.
–¡Qué emoción volver a encontrar viejas caras en el nuevo año!
–Mi nombre es Jun Wu y éste es mi nieto Kuan-Yin Wu –prefirió no enfatizar que no se conocían de antes– venimos de Guangming.
Kuan-Yin participó activamente en la clase de Historia, y tuvo dos oportunidades de escribir su nombre en el fieltro oeste. Antes del almuerzo fue el primero en cruzar los brazos detrás de la cintura esperando nuevas instrucciones y a la hora de retirarse entregó a su maestra los pactos escritos que debía presentar al otro día. La Srta. Li Wen Qiu le sonrió a su aplicado alumno, a quien le pidió que le recordara su nombre.
A la mañana siguiente el abuelo sólo caminó hasta la puerta del colegio y dejó a Kuan-Yin que entrara solo al aula.
–¿Cuál es su nombre, jovencito? –lo detuvo una desmemoriada Li Wen Qiu.
–Kuan-Yin Wu, soy alumno nuevo en esta escuela.
–¿Y hoy viene por primera vez?
–No, Srta. Qiu, ayer asistí a clase.
–Entonces vaya a su aula, su maestra ya empezará en cualquier momento.
–Ésta es mi aula, Srta. Qiu.
–Dígame entonces su nombre que quiero verificar si se encuentra en el padrón.
–Kuan-Yin Wu, Srta. Qiu.
La tarde anterior había conversado con su abuelo sobre la falta de memoria de su maestra; que no recordaba su nombre y que no lo reconocía cuando pasaba un rato sin hacerse ver. Tras un largo silencio, el viejo recomendó respeto hacia su maestra, la excusó con que son muchos los alumnos a quienes reconocer y no es tarea sencilla al comenzar el año.
–“El tigre no cuenta la cantidad de crías que protege mas cela la ausencia de cualquiera de ellas”.Kuan-Yin decidió seguir los consejos del anciano y se propuso reafirmar la memoria de su maestra a través de las buenas acciones. Durante dos semanas, sin descanso lijó y barnizó las defensas del gimnasio, entregó los pactos escritos con hasta dos días de anticipación, llevó el agua a todas las clases, preparó las formaciones de los Altos y escribió varias veces su nombre en los cuatro fieltros. Y cada noche escribía cartas a su padre en Guangming.
Como paga involuntaria al esfuerzo del niño, la Srta. Li Wen Qiu continuó confundiéndolo con otros personajes menos inspiradores del aula, cuando no llanamente ignorándolo.
–“Quien te educa para el bien te dará la oportunidad de caer siete veces, así te levantas ocho.” –lo tranquilizaba el abuelo.El Día de Mesa, cuando el Superintendente General de Salas presenta oficialmente a las maestras con los tutores, Kuan-Yin asistió con su abuelo. Al ver llegar a cada grupo familiar, los funcionarios los ubicaban en las mesas del grado correspondiente, escoltando a la maestra. Kuan-Yin le insistía a su abuelo que le permitiera conversar con su maestra sobre la falta de cuidado sobre su trabajo y la frustración a que lo exponía.
–“Si vas a interrumpir tu silencio, que tus palabras causen mejor efecto” –atentó el viejo Jun contra el desborde de su nieto.La Srta. Li Wen Qiu, por cortesía, se inclinó ante el viejo y se presentó como si nunca antes se hubieran visto. Jun, adivinando la intención de su nieto, lo detuvo dejando caer pesadamente sus párpados y apoyándole su palma sobre la frente, invitándolo a respirar profundo.
–Mi nombre es Jun Wu, Srta. Qiu, con mi nieto venimos de Guangming.
–Mucho gusto, Sr. Wu, ¿lo acompaña su hijo?
–El niño es mi nieto Kuan-Yin. Por sus virtudes y su esfuerzo debe ser el mejor alumno de la clase.
–Lo felicito por su descendencia, Sr. Wu, seguro que la maestra del niño ya lo debe haber recomendado para el Consejo de Partes.
–No lo ha mencionado aún, Srta. Qiu. “Cuando un clavo es el más grande del madero es el primero en recibir los golpes del martillo”.
–Déjeme entonces tomar nota que yo misma me encargaré, ¿cuál es el nombre del niño?
–Kuan-Yin Wu.
–¿Y de qué escuela viene?
–Venimos de Guangming, nuestro pueblo es muy pobre pero todos nos conocemos. El padre de mi abuelo fue un guerrero que en ocasiones repetía:
“Ni gen ben mei you nao, yong ni de xi gai xiang shuan le”.Camino a la casa se detuvieron en el parque y compraron agua cítrica y turrones de sésamo y jengibre. Kuan-Yin, que había aprendido a dominar su impaciencia, le preguntó al abuelo qué consiguió de la Srta. Qiu.
–No mucho, mi querido Kuan-Yin, al menos logré transmitirle un pensamiento… memoria ancestral.
–¿Qué le dijo, abuelo?
–“Ya que de este encuentro se va a olvidar en menos de media hora, no quiero quedarme con las ganas de decirle que usted es flor de imbécil”.
Pasó la noche en vela. Los golpes que entraban por la ventana hacían vibrar la baldosa, y la baldosa la cama. El ruido se confundió con el sueño y se quedó mansamente esperando a que amaneciera.
Café y ducha fríos para enardecer el ánimo. La casa descompuesta y afuera no menos.
La buscó en la mitad bien tendida de la cama, en las esquinas más posibles, entre los libros y los discos. También donde con certeza no estaría… cerca del techo, detrás de las cacerolas y entre la ropa apartada para mandar a lavar. Corrió las cortinas antes de salir de la casa, seguro de que la encontraba detrás de ellas.
Se sorprendió de no verla en el asiento del acompañante del auto que se negó a abandonar el estacionamiento. La buscó en el ómnibus camino a la oficina, recorrió las calles con la mirada y pensó que seguro estaba en la oficina. Tampoco.
Cenó sin hambre y sin sentir el sabor de la comida, sólo porque era hora de comer.
Sabía que estaba ahí escondida, espiándolo, que nada era azaroso, que el destino a veces se ensaña pero esto era lo más parecido a un montaje.
Se asomó al balcón a hurgar entre las plantas y detrás de las barandas sin pudor de que su búsqueda penosa fuera descubierta por los vecinos. Acabado, profirió un profundo "¡basta!" y como nadie respondió a su desesperación se atrevió a seguir gritando…
–¡Ya basta! ¡Ya fue demasiado! ¡¿Dónde está esa maldita cámara oculta?!
Con cuatro hijos varones y una niña, la menor, el matrimonio Barnett no ahorró para enviar a sus niños a los mejores colegios y no planearon para ellos estudios universitarios. No les faltó, sin embargo, la más esmerada educación hogareña basada en los constantes ejemplos de sacrificio de papá Earl y mamá Adela.
A los dieciséis años, Andrew, el segundo hijo de los Barnett ya había alternado sus escasos logros escolares con trabajos temporarios en la carpintería de los hondureños Camilo y Humberto y manteniendo el gallinero de Fridl Schlufman, el matarife, donde había aprendido las técnicas de sacrificio según las leyes de Kashrut y también cómo transgredirlas, degollando las gallinas sin detenerse en todos los pormenores del proceso y evadiendo el total de las plegarias. Así podía dedicarle más tiempo a jugar básquetbol, pasión que compartía con Abi, el menor de los Schlufman.
Durante los siguientes años probó y forzó su suerte en catorce clubes, donde a pesar de mostrar gran habilidad para ese deporte, pronto abandonaba las prácticas para atender sus urgencias financieras. Creciendo se fue alejando del sueño de encestar y oír aplausos mientras le nacía el de contagiar su habilidad congénita a las siguientes generaciones. Coach Andy se hacía llamar a pesar de no entrenar a ningún equipo.
Cuando Mel se embarazó, Andy le rogó a su suegro que permitiera redecorar los galpones de la zapatería, nadie los usaba y ese espacio era ideal para disponer dos aros de básquetbol, trazar un pequeño campo de juego e instalar castillos inflables y piscinas de pelotitas de colores donde criar a su hijito y animar fiestas infantiles deportivas.
“Coach Andy anima tu fiesta” se leía en las paradas de buses de las zonas residenciales del condado. Los cumpleaños en el “Coach Andy Stadium” eran famosos por el carisma que su anfitrión había heredado de mamá Adela y la pasión por el trabajo de la sangre del viejo Earl. Andrew era feliz jugando a enseñar básquetbol, pero en la primavera siguiente papá Earl se enfermó gravemente y Andy no dudó en distraer todas las ganancias de su negocio en un estéril intento de recuperación.
–No te preocupes por el dinero –lo apoyaba Mel– trabajaremos duro y volveremos a salir adelante.
Cerca de fin de año, una ficha en el archivador indicaba que para el siguiente domingo había que adecuar el gimnasio para la fiesta de Mushke. A los niños se les adornaba con motivos deportivos y a las niñas con objetos decorativos y una escala de colores menos agresiva, pero ¿qué decorado se preparaba para Mushke? Andy llamó al teléfono anotado en la ficha para verificar cómo querían la fiesta del domingo y, sin saberlo, durante casi diez minutos habló con Malca, la esposa de Abi Schlufman.
El domingo dos viejos amigos recuperaron el tiempo perdido conversando horas y horas cuando la fiesta de la hijita de Abi, el hijo de Fridl, ya había terminado. Abi se había casado con Malca y tenían dos hijas; Andy se había acercado, a través de las fiestas infantiles, a la pasión que los unió casi veinte años antes.
–Pero, Andy –lo amonestó dulcemente su amigo– no has hecho más que trabajar todos estos años y veo que no prosperaste, conozco gente que puede serte útil si te animaras a dejar tu empresa.
–No creo que me anime, Abi, trabajo con mi familia, enseño algo de básquetbol y los niños me adoran… no he ganado mucho dinero pero el “Coach Andy Stadium” es mi vida.
–Debieras animarte. Si de veras querés enseñar básquetbol y que los niños te llamen coach. Abandoná todo, llamá al Director Neiman. Mi hermano le hizo el bris a su único hijo y es un gran amigo de la familia.
Después de semanas de conversarlo con Mel y de insistir en creer en una economía endeble, Andrew Barnett decidió seguir el consejo de su amigo de la infancia y entabló contacto con el Director Neiman, un hombre pragmático que intercalaba pocas sonrisas en su tosquedad, pero las suficientes para hacer sentir alivio. Luego de una corta serie de entrevistas, las clases de sexto, séptimo y octavo grado de Educación Física quedaron a cargo de Coach Andy.
En los niños se despertó la pasión del entrenador por el deporte y practicaban con notorio entusiasmo todas las técnicas que Andy enseñaba. Con precisión robótica aprendieron la posición de los pies y de las manos medio segundo antes del salto con la vista en el aro; se organizaban como equipo, adivinaban los movimientos de sus compañeros y respondían a todas las instrucciones con rendimiento profesional.
Todos jugaban, los más hábiles en puestos claves y los menos aptos a veces también, a modo de estímulo. Los padres de los alumnos, viendo la motivación de sus hijos por la práctica del básquetbol, se organizaron para que el Director Neiman inscribiera a la escuela en la liga estatal.
“Lyons” tuvo su camiseta dorada y banderas del mismo color flamearon en las gradas durante todas las victorias. El quinteto seleccionado por Coach Andy estaba alcanzando todos los resultados deseados. O casi todos.
La directiva de la escuela comenzó a recibir quejas de la mayoría de los padres que, viendo que sus hijos perdían en cada partido la posibilidad de integrar el conjunto titular, comenzaban a cuestionarse sobre su continuidad en esa escuela para el año siguiente. También los alumnos destacados en deportes mostraban un claro desinterés por el resto de las asignaturas, asistiendo a clases sólo como un entretiempo entre partido y partido.
La Comisión decidió intervenir las clases de Coach Andy, incorporar alumnos inhábiles en los encuentros deportivos y retirar a los más brillantes para que desarrollen similares virtudes en las clases de arte, ciencias, idiomas y matemática.
“Lyons” se retiraba tras cada partido entre silbatinas, burlas y reproches y, en varias oportunidades, Coach Andy tuvo que abandonar el sitio escoltado para que no se cumplieran las promesas que bajaban de las tribunas. Faltando dos fechas para terminar el torneo, nada podía llevar al equipo a la mitad superior de la tabla de posiciones y, poco antes de fin de año, el Director Neiman revocó el contrato con el entrenador, que se había convertido en culpable de todas las desgracias conocidas por la especie humana.
Con su nuevo currículum a cuestas, volver a animar fiestas infantiles fue un intento absurdo por no ver devastada la estabilidad económica del hogar. Nadie quería ver al pobre Andy sonriendo en las fotos de cumpleaños de sus hijos y al poco tiempo los galpones de la zapatería se convertirían en la pista del Circo de la Payasita Oopsy.
Abi Schlufman sintió culpa por haber recomendado a su amigo que tomara un camino incierto, una molestia en su conciencia lo hizo buscar al entrenador derrotado. Necesidad de ser perdonado. Ganas de no haber animado a Andy a abandonar todo por una promesa.
–¿Qué tiene de malo, Andy? Siempre podés volver a armar tu negocio de antes.
–No, Abi, mi imagen está por el piso, no tengo permiso ni de soñar con reabrirlo. Los niños asocian mi nombre con el de la derrota, los padres no pagarían un centavo por hacerme animarles una fiesta. Hasta Mel se tuvo que disfrazar de payaso para aprovechar las instalaciones… llamame Andrew Barnett… “Coach Andy” está muerto y sepultado.
–No creo, vos tenés el talento, el sueño y las ganas. Vos podés armar tu propio equipo profesional y sacarlo campeón, no te quedes con la experiencia de una escuelita con padres vanidosos. Vos tenés la sangre de campeón. Vos estás para grandes ligas, sólo te la tenés que jugar de una buena vez en tu vida.
–No insistas, Abi, no me quieras vender más ilusiones… ya te hice caso una vez y me quedé peor que antes. Mi pequeño mundo era como un jarrón que se tambaleaba sobre la mesa y le diste un empujoncito, ahora que no tengo más el jarrón me querés hacer ver que tengo más espacio en la mesa… no me aconsejes más, encargate de tus éxitos que de mis fracasos me engargo yo solito.
–Perdoname… estoy de verdad dolorido y arrepentido. Nunca quise hacerte daño, sé que te arruiné la vida pero quiero recuperar tu amistad.
–¿Recuperar mi amistad? ¿cuándo te la quité?
Dicen que dijo Pelé que prefería retirarse cuando todos le pedían que se quedara, antes que seguir jugando cuando todos le pidieran que se retirara. Dicen que se reorganizan las antiguas bandas con fines estrictamente comerciales, también dicen que algunos regresos no cumplen la promesa de su reencarnación multiplicada por millones. Dice Dolina que el regreso es un error conceptual, que la sola idea del retorno transgrede la línea del tiempo, que está trazada en una sola dirección.
– El impulso -replicó uno de los racionalistas, luego de solicitar la palabra con la mano en alto-. El cubo sólo avanzará mientras se lo empuje, en tanto que la esfera cobrará inercia y exigirá menos esfuerzo durante el trayecto, una vez impreso el inicial.– Puede tomar asiento, acaba usted de reprobar el curso.
– Sin ánimo de contradecir su decisión, Dr. Kräunvijc, me temo que su evaluación es incorrecta. Permítame explicarle que la esfera tiene una superficie de contacto con el suelo inferior al cubo y por tal su desplazamiento…
– Tome asiento, por favor –interrumpió flemáticamente el catedrático–, tendrá pronto una nueva oportunidad de volver a presentarse frente a este foro y mejorar su participación. Si la respuesta que esperaba hubiese sido sujeta a los cálculos, vea su inexactitud al omitir solicitar más datos como el peso de ambos cuerpos, el ángulo de inclinación del suelo, la fuerza ejercida por el hombre, la distancia a ser recorrida, los factores atmosféricos o quién sabe cuánta más información. ¿Puede usted medir el índice de cansancio que produce cada faena en el sujeto? Una vez extenuado se desgastarán progresivamente sus fuerzas y, sin importar qué tanto logró acelerar en cada tarea, sólo contará cuánto resta para cumplirla. Si usted fuera el encargado de efectuar ambos traslados estaría más concentrado en especular cuánto colaborará la esfera o el cubo en ser mudados que las razones científicas por las que alcanzará la meta.
– ¿La respuesta es entonces que la diferencia radica en que la esfera otorga la esperanza de que de a ratos avanzará por sí sola? –arriesgó tímidamente una voz proveniente del fondo.
– La esperanza… –enfatizó el Dr. Kräunvijc– No contaremos con usted en este curso el año próximo. Acaba usted de aprobar el examen.
O puesto de otra forma… “nuevamente el grupo empresarial The Beatles saca al mercado un producto novedoso con altas posibilidades de convertirse en éxito de ventas”.
The Beatles: Rock Band antes de salir a la venta ya ha generado opinión… de Paul McCartney al menos. El bajista del cuarteto de Liverpool ha expresado su ilusión de que con este nuevo juego se mantenga vigente la música del mítico grupo que alguna vez integrara. Y no está mal… a mostrar a las nuevas generaciones que esa música no fue exitosa por un buen trabajo del equipo de ventas sino por razones loables, que enumerarlas sería redundar.
Está bien revitalizar o al menos devolver a la actualidad algo que se haya podido disfrutar hace cuarenta años, apenas un soplido para la historia de la humanidad y toda una eternidad para la modernidad desechable. Pero distinto es haberse quedado en aquellos tiempos, no llegar hasta nuestros días enardecido de ansias de renovación… es como hacer un tan buen tercer año en alguna carrera, con tantos honores y menciones que no deseemos pasar a cuarto. Que no aceptemos el desafío de volver a ponernos a prueba porque ya saboreamos la gloria.
“Si Maradona como técnico de la Selección no sale campeón, vaciará de magia el nombre del jugador que fue”, afirmación algo extremista aunque no sin verdad.

Paul, el bajista que exploraba nuevos sonidos con su amigo John, ha muerto en alguna fecha imprecisa en un segmento del pasado que queda entre la separación de los Beatles y el presente. Sir McCartney, el acaudalado Caballero del Impreio Británico anuncia con ilusión un lanzamiento habitado por la nostalgia y la tecnología, el arte y la industria, la creatividad y el afán remunerativo en un entretenimiento que promete ser exitoso… entre los nietos de los que escucharon al bajista.
…probablemente el mejor video con música de los Beatles que he visto hasta el momento.
– Enlace a: ¡Paul Ha Muerto! (Parte I)
La vida es lo que nos pasamientras estamos ocupados haciendo otros planes,mi Juchito lindo.
Versión libre de Beautiful Boy, de John Lennon (del album Double Fantasy, 1980)
Fou-Roux ("el pelirrojo loco") es de esos artistas a quienes nunca les pude despegar su obra de su vida. Fue un error haberme obsesionado con él, y me terminé enterando de detalles que me condujeron a mirar su obra de manera incorrecta. No es lo mismo observar que los cuervos sobre el campo de trigo agregan dramatismo al cielo turbulento que saber que al pintor le molestaban tanto que salió a matarlos y al no poder con ellos se pegó un tiro de frustración en su propio pecho. Ya para mi no son trazos negros en contraste con los azules sino los pajarracos que ocasionaron el último descontrol de Van Gogh .
Debiera verlo como otro ejemplo de contraste entre su vida de padecimientos y su calidad expresiva.
Ya desde el principio había reacciones inesperadamente artísticas a humillaciones como el amor no correspondido de su prima, el desprecio de su padre, sus fracasos comerciales por inhabilidad o a confundir humanidad con fe.
A pesar de que tuerce un poco la percepción, captar el sufrimiento y la vocación del hombre ayuda a que sus pinturas conmuevan aún más. Enternece, por ejemplo, que se dejara proteger por Theo. Leer las cartas que se escribían da una sensación morbosa de que no corresponde que les revisemos la correspondencia. Se siente pena al tomar consciencia de que murió ignorando que fue uno de los Grandes Maestros. "Vivió obsesionado con pintar el sol y murió sin saber que fue el único que pintó la luz" me comentó Ponciano Cárdenas resignado.
Toda su vida son sensaciones y más sensaciones, desde la melancolía que causa su matrimonio en vez de dicha, la complicidad que transmite con sus incursiones al ajenjo o la armonía que contagia su viaje al sur con su entusiasmo por establecer una comunidad artística en la casa amarilla.
Y luego otra sensación… la rabia de que comenzaba el final, la debacle del Van Gogh enfermo, la intolerancia de un Gauguin temperamental y una convivencia de dos meses intensos cercenada abruptamente, siendo aún hoy, desconocidas las causas y las responsabilidades.
Irving Stone oculta sus dudas en la sombra de la novela narrando mi versión favorita:
Una fulana, a quien Vincent le debía algún dinero por sus favores, tenía la costumbre de entusiasmar al joven jugando con sus lóbulos y afirmando cuánto la excitaban. Vincent, en una de sus habituales discusiones con Gauguin recibe el reclamo de que se administra mal y que cada vez que recibe un nuevo subsidio de su hermano, lo gasta de inmediato en cubrir deudas, pero que la próxima vez se las arreglara de pagar de otra forma porque el dinero lo tenía que usar para comprar lienzos y pigmentos. Una mala combinación entre el tenor de la discusión y la inestabilidad emocional de Van Gogh, lo llevó a encontrar la lógica de pagarle a la dama en cuestión no con dinero sino con sus cotizados lóbulos. Alcanzó a cortarse sólo uno y se lo envió envuelto en un bonito paño.
Otras versiones pasan cerca, trocando el reembolso por un regalo o el paño elegante por un trapo ensangrentado, algo más macabro aún. Y casi todos mencionan la oreja izquierda, no sólo el lóbulo.
Ahora surge una nueva versión, todavía peor:
Los dos pintores tuvieron una discusión de las habituales en la casa amarilla y el desequilibrado Vincent desenvainó un sable y lo atacó a Gauguin, que no tuvo más remedio que responder al instinto de defenderse. Parece que el hombre tenía una navaja y en vez de cortarle el cuello o la cara a su amigo le cortó un lóbulo y para no terminar preso ninguno de los dos, decidieron sellar un pacto de caballeros en que Van Gogh admitía haberse mutilado por loco y Gauguin abandonaba el bonito hogar que habían constituido juntos en Arlés, al sur de Francia.
Dolina diría que "cuanto más pase el tiempo más sabremos, hoy sabemos de los hititas más que hace doscientos años", pero la versión del pago a una jovencita me atrapó por años y ahora una especulación forense deshace la fábula que atesoré durante un pedazo importante de mi vida… eso no se hace.
Según Vincent Van Gogh, en su afán por comunicar sensaciones, "si algo existe y no se nota, bien podría no existir" y así entiendo por qué el amigo Prelles me dictó este pequeño cuento… pretencioso, cursi y predecible, sin embargo llevadero:
El Desierto del Olvido
Una rosa. La más bella y perfumada rosa que jamás haya existido, brotó sin pompa en la agrietada superficie del más árido de los desiertos.
No hay cómo explicar de qué manera pudo una flor tan bella y tan frágil nacer y vivir allí, en ese desierto inhóspito en que la forma de civilización más cercana estaba a cientos de kilómetros.
Sin embargo, como una ironía del destino, allí donde el hombre no encontró virtudes, se irguió esa flor. Pasaron pocos días antes de que el sol del desierto la debilitara; la flor comenzó a marchitarse. No tardó mucho en morir. Su tallo se resecó y un viento sin bríos lo arrancó de la tierra. Las raíces no intentaron más flores, sólo se dejaron estar hasta fundirse en el abandono bajo la tierra.
Una flor nació en medio del desierto hace muchos años, y por bella, perfumada y delicada que haya sido, nadie nunca supo que allí vivió una flor. Nadie nunca supo si fue feliz, si alguna vez lloró de tristeza o de emoción. Nadie supo si sufrió de soledad o si aprendió a darse buena compañía. Ella vivió allí… con todo lo que significa vivir.
Si algo existe y nadie lo nota, es igual que si no hubiera existido.
–Así es, mi querido Campomar, yo también pertenecí a la Orden de los Aduladores.
Los primeros registros de la existencia de la Orden de los Aduladores son confusos e inexactos, fueron transcriptos en un lenguaje hermético enredado en metáforas y casado con simbolismos idólatras y políticos de la época. Separando datos impugnables de pruebas arqueológicas, se sabe que eran un grupo de artistas y acróbatas que poblaban una aldea lejana a la metrópolis, a quienes se les asignó la consagración de la diosa de la fertilidad; asignación que cumplieron con honesto fervor religioso.
–¿Y cómo explica eso de “pertenecí”? ¿Qué lo alejó del clan?
–Fui expulsado… lo negarán si intenta averiguarlo. Y le digo más, no le estarán mintiendo, no son conscientes de que fui expulsado.
Cada solsticio los primogénitos eran iniciados a su vida sexual en una ceremonia de cinco días de duración que comenzaba cuando los púberes bebían diez logues de vino ritual, uno por cada mes en que se dividía el año, para luego participar en orgías, banquetes y servicios religiosos alternadamente. Terminados los bacanales, la diosa juzgaba el desempeño carnal de cada iniciado para luego premiarlo con la bienvenida a la comunidad o castigarlo con penas que iban desde el destierro hasta la muerte.
Los artistas, batallados en el oficio del elogio fingido, mutaron su “buena tu obra”, su “dulcemente triste tu poesía” y su “temperamental tu trabajo” en calificativos lujuriosos tendientes a salvar el honor, y ocasionalmente la vida, de los críos emborrachados de la aldea. Así, casi sin proponérselo y entre “una fiera tu pibe” y “buena mano la patrona”, había nacido una orden secreta cuyo único objeto era tergiversar la realidad hasta convertirla en atractiva.
La aldea desapareció; unos funcionarios proclamados devotos de la diosa de la fertilidad se instalaron en el área, aumentaron la frecuencia de los rituales y derogaron las pocas censuras que éstos incluían, de modo que al poco tiempo la localidad toda era una perpetua orgía sin banquete, elixires ni religión y los pobladores optaban más por el destierro que por la incorporación a una comunidad decadente.
La Orden de los Aduladores, tras su diáspora paulatina, atravesó un período incierto en que, sin objetivos ni localidad fija, tenía a sus antiguos miembros adulando erráticamente lo que encontraran a su paso, incluso sin necesitar que sus elogios fueran escuchados o agradecidos por interlocutor alguno. Arquitectos halagándole su perfecta escuadra a los canteros, herreros aplaudiendo a sus metales por el brillo y la rigidez y panaderos besándose los dedos luego de maniobrar piezas recién sacadas del horno, identificaron la necesidad de reorganizar la agrupación y establecer las pautas con que se debía adular.
Una de las primeras condiciones impuestas fue la de someter toda adulación a un sujeto capaz de interpretar el halago, es decir, quedaban abolidos los cumplidos a objetos inanimados, a accidentes geográficos y a fenómenos de la naturaleza. Luego, ante la improbable existencia de virtudes dignas de ser destacadas entre los seres vivos cercanos, se incorporó lo que llamaron el Tratado de Conformidad, que consistía en tratar de conformarse con lo que fuera, por lo que méritos apenas identificables o francamente inexistentes fueron los receptores de las más aparatosas galas.
Miembros de la Orden fueron reclamados por figuras destacadas de las artes para integrar sus elencos, a único efecto de iniciar rondas de aplausos, arrojar flores sobre las flamantes esculturas, observar sus pinturas en silencio con gesto pensativo y calificar de interesantes a los lienzos que se veían mejor antes de las primeras manchas de óleo.
Su rol fue comprendido en palacios, monasterios y siglos después en rascacielos, donde integrantes de la cofradía fueron contratados para mantener elevada la autoestima de los egocéntricos influyentes que, ya en tiempos remotos, solían tener una débil estabilidad emocional.
Algunos detractores le atribuyeron a la Orden de los Aduladores nada menos que el envilecimiento de la especie humana, achacándoles haber disminuido el desafío de los pensadores ingeniosos, ya que a muchos de ellos les bastaba la recompensa inmediata de la felicitación ficticia y desproporcionada tras reflexiones elementales de la magnitud de “conviene ser bueno porque la gente buena es mejor que la mala”, “cuide su salud si no desea enfermarse” o “aumente sus ahorros consiguiendo un mejor empleo y gastando menos”.
Críticos más rigurosos responsabilizaron a la logia por el avance de la pobreza, la crisis ética de la humanidad y la consolidación de mediocres en puestos claves para tomas de decisiones trascendentes en ministerios y compañías comerciales.–Sin ir más lejos, amigo Campomar, cometí el error de cuestionar el rol de la moderadora de los Foros de Debates de Crítica Nacional tras su exposición, en lugar de seguir el acostumbrado ritual de halagarle la rigurosa selección de su vestuario y eludir el tema central, ganándome así la desaprobación masiva del resto de los concurrentes de la sala, a quienes se les sugirió no continuar la discusión que estaba yo proponiendo.
–Todos miembros encubiertos de la Orden de los Aduladores en plena misión. Entonces… ¿a qué vino hoy, Medina Sinclair?
–A encontrarme con mi público… a recoger un puñado de comentarios halagüeños.
Para la revista Rolling Stone, una de las 500 mejores canciones de todos los tiempos.
Un tema que casi se queda afuera del Album Blanco… George no lograba convencer a John, a Paul y a Ringo. El tema no era suficientemente "Beatle".
Por poco y lo más importante se queda afuera, afortunadamente el más callado logró la aprobación del resto de los integrantes del cuarteto más talentoso de la música de la era del rock… claro, con una pequeña ayuda del amigo Clapton.
Los miro a todos ustedes
y veo el amor dormido
mientras mi guitarra llora suavemente.
Miro el suelo
y veo que hay que barrerlo
y aún mi guitarra que llora suavemente.
No sé porqué nadie les dijo
cómo revelar su amor.
No sé cómo alguien los controló,
los compraron y vendieron.
Miro el mundo y veo que da vueltas
mientras mi guitarra llora suavemente.
De cada error seguramente aprendemos
y mi guitarra que llora suavemente.
No sé cómo pudieron distraerlos
y pervertirlos también,
no sé cómo los trastocaron
y nadie les avisó.
Veo desde bastidores
el papel que están representando
como yo, sentado aquí,
haciendo nada más que envejecer,
mientras mi guitarra llora suavemente.
Los miro a todos ustedes
y mi guitarra que llora suavemente.
Yo no quiero un amor civilizado,
con recibos y escena del sofá.
Yo no quiero que viajes al pasado
y vuelvas del mercado con ganas de llorar…
yo no quiero vecinas con pucheros.
Yo no quiero sembrar ni compartir,
yo no quiero Catorce de Febrero
ni Cumpleaños Feliz.
Yo no quiero cargar con tus maletas,
yo no quiero que elijas mi champú.
Yo no quiero mudarme de planeta,
cortarme la coleta, brindar a tu salud.
Yo no quiero domingos por la tarde,
yo no quiero columpio en el jardín.
Lo que yo quiero, corazón cobarde…
es que mueras por mi.
Y morirme contigo si te matas,
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Yo no quiero juntar para mañana,
nunca supe llegar a fin de mes.
Yo no quiero comerme una manzana
dos veces por semana… sin ganas de comer.
Yo no quiero calor de invernadero,
yo no quiero besar tu cicatriz.
Yo no quiero París con aguacero
ni Venecia sin ti.
No me esperes a las doce en el juzgado.
No me digas: volvamos a empezar
no yo quiero ni libre ni ocupado
ni carne ni pecado, ni orgullo ni piedad.
Yo no quiero saber porque lo hiciste.
Yo no quiero contigo ni sin ti.
Lo que yo quiero, muchacha de ojos tristes,
es que mueras por mi.
Y morirme contigo si te matas,
y matarme contigo si te mueres
porque el amor cuando no muere mata
porque amores que matan nunca mueren.
Porque amores que matan nunca mueren.
"Hay gente que no sabe qué hacer con su tiempo libre…" dirían algunos con aires de aterrizados.
Y lo peor es que tal vez tengan razón. A un tal Ron Hornbaker parece que le pasaba eso. Sin embargo consiguió ponerle acento altruista y un pequeño -tampoco estamos mencionando a un gran prócer- toque de imaginación al programa "Where's George?", creado por Hank Eskin, un tipo que tal vez no tenga nada más que tiempo libre y lo ocupa en convencer a la gente de hacerle el seguimiento a los billetes que ponen en circulación.
A mí una de las cosas a las que me invita el tiempo libre es a leer, y si bien tanto internet como las bibliotecas públicas son aliados gratuitos de lo que se pueda conseguir en librerías convencionales, la aparición de nuevos recursos me genera entre ilusión y curiosidad. A don Hornbaker, que casi critico en el párrafo anterior, se le ocurrió el recurso de liberar libros.
Su plan, delirante de a ratos aunque con aristas interesantes, consiste en abandonar un libro cualquiera en algún sitio público para que lo encuentre un desconocido, lo lea y lo vuelva a abandonar. Así cuando uno deja un libro en "la jungla", según la jerga que trata de imponerse con este método, le pega una etiquetita con un número de identificación y el que levanta el libro, al ver ese mensaje estampado en el interior, sigue las indicaciones y reporta en un sitio web dónde lo encontró, qué comentarios tiene de su lectura y dónde lo abandonó.
Este sistema, que para estos días ya funciona en muchísimos países, pretende convertir al planeta en una biblioteca global. Tal vez la pretensión sea algo exagerada… pero los adeptos al "BookCrossing", entusiasmados con el éxito que van recogiendo, se animan a ir sofisticando el método y se inventan distintos procedimientos de liberación e intercambio de libros, organizan foros internacionales de seguimiento o búsqueda de títulos liberados y hasta tienen sus encuentros nacionales y sus convenciones internacionales. La última fue en Londres.
Como toda iniciativa creciente, junto a su popularidad se van inflando sus detractores.
Algunos autores y, en especial, algunas editoriales lo entienden como una amenaza que conseguirá devaluar los derechos de autor por propiciar una inferior cantidad de ventas frente a una mayor cantidad de lectores de un mismo ejemplar… los defensores del "BookCrossing" aseguran que a través de la distribución gratuita (espontánea e inesperada) de libros se propaga la afición a la lectura, a la vez que se difunden autores desconocidos que, de otra forma, pasarían décadas amontonados en los estantes posteriores de las librerías más concurridas.
El libro libre ya existe… si se disolverán bajo la lluvia en las estaciones de tren o si todos los libros del futuro se adquirirán en los baños de los bares, ya nos lo dirá el tiempo. Yo recuerdo que hace casi tres años le dije adiós a una copia de "Sobre Héroes y Tumbas" y todavía me persigue en sueños, reclamándome el abandono y el olvido.
Dónde están los libros que ya no leeremos… muchos en nuestros propios estantes posteriores. Dónde están nuestras próximas lecturas… casi nunca lo planeamos; como si siempre hubiésemos encontrado los libros sueltos en la jungla.
Samael, el ángel más hermoso de todos, el querubín protector, músico, director de las alabanzas, de posición más encumbrada entre todos los seres angelicales, se negó a saludarlo. Arguyó que un hijo del fuego, como era él, no podía inclinarse ante un hijo del barro. Al Escultor Divino le disgustó esta contestación y lo precipitó al abismo.
Los sufíes, místicos estudiosos del Islam, sostienen una teoría que, por humana, es aún más conmovedora. En ella se ve a Samael como el ángel que más amaba al Creador. Cuando creó a los ángeles, Dios les había dicho que no debían inclinarse ante nadie más que a Él. Pero después creó a Adán, a quien creyó más importante que a los ángeles y les ordenó entonces inclinarse ante esta nueva figura, revocando el mandato anterior. Samael se negó a ello, alegando que sería incapaz de desobedecer al primer mandato. Dios no comprendió el dilema de Samael y lo expulsó del Cielo… por un malentendido.
En esta historia, Samael aborrece al hombre como el nuevo objeto del amor de Dios, como la criatura que lo ha sustituido, pero para Samael lo más doloroso del infierno fue la ausencia del bien amado.
Las tinieblas, el averno, el purgatorio y demás inframundos irán adoptando las más variadas descripciones y fisonomías según pasan las civilizaciones. Pero para la tradición sufí, el infierno constituye la terrible soledad de la separación del amor.
Llevaba casi tres años despertando, una o dos veces a la semana, por el ruido de las risas.
No eran risas de diversión pulcra, eran nerviosas, burlonas. Se reían de ella, la señalaban con total desparpajo. Con la boca bien abierta ocupándoles toda la cara y sus ojos lagrimeando carcajadas insolentes, se codeaban unos a otros para advertir a los que la tentación les privó de detalles, sobre más defectos que le habían descubierto para sumarlos a su malsano placer.
Ella había aprendido a reprimir su llanto, de las lágrimas sólo había conseguido evidenciar nuevas debilidades que les causaba más gracia. Simplemente se quedaba sentada en la cama casi sin mirarlos, resignada a que pronto pararían y, si lograba conciliar el sueño, sabía que no la acosarían por varios días. Cada noche que regresaban para mofarse, ella se prometía que a la mañana contaría todo, pero al recuperar el sueño sentía que de alguna forma había logrado dominar la situación y que no necesitaba ayuda materna. Le alcanzaba la fugaz emoción de sentirse fuerte sólo porque había salido el sol y la esperaba una taza de leche caliente sobre la mesa.
Los dos o tres días sucesivos malabareaba perturbaciones y tranquilidades relacionadas con las burlas de las que era víctima. Pero por sobre todo, sentía vergüenza, mucha vergüenza porque ninguno de los defectos que le enrostraban eran falsos.
Que su pelo lacio llegaba casi hasta su cintura, que sus mejillas conservaban la rosada tibieza del bebé que no dejaba de ser, que su vocecita inspiraba ternura hasta cuando decía algo chistoso, que sus manitos suaves y transpiraditas dominaban el arte armar collares y pulseras para pasar el día emperifollada de accesorios de macarrón y témpera, que con un cuentito se quedaba dormida y daba más ganas de taparla con besitos que con acolchados.
Cuando cumplió seis años se llevó las velitas de su torta a la cama. Les había chupado hasta la última insignificancia de merengue y las dejó bajo la almohada. Cuando iba por la mitad de mi cuento fingió quedarse dormida. La tapé, la besé y en la frescura de su frente sequita sospeché que no dormía… fingí abandonar la habitación y me oculté detrás de la puerta. Me creyó. Encendió el velador, arrancó una hoja de su cuaderno y con crayones de todos los colores dibujó unos monstruos horrendos. Puso su dibujo bajo la almohada, junto a las seis velitas, apagó la luz y les profirió una advertencia:
–Ya soy grande y así como me vieron apagar el fuego también puedo encenderlo. Podemos ser buenos amigos, piensen bien sobre qué quieren reírse y no me obliguen a incinerarlos.
o “El Arte de Hacer Política”
Carmina Burana(Traducción al Castellano aporte de Claudia Sánchez)¡Oh, Fortuna!
Variable como la luna
tu estado es variable.
Siempre creciente o decreciente.
Vida detestable,
primero maltratas
y después satisfaces.
Mente afilada en el juego
La pobreza y el poder,
tú las fundes como hielo.
De forma monstruosa y vacía
tú giras y ruedas.
Tú eres perversa.
Tu seguridad
va siempre disuelta en las sombras
y, escondida, me amenazas también.
Ahora como parte del juego
traigo el torso desnudo
para tu perversidad.
La suerte de la salud y la fuerza
está ahora contra mí.
Fue afectada y destruida
totalmente por tu causa.
Entonces ahora, sin demora,
que sean tocadas las cuerdas vibrantes
porque la suerte derriba hasta los fuertes.
¡Que todos lloren conmigo!Hellsing (ヘルシング Herushingu)Creación del artista mangaka Kōta Hirano, muestra la lucha de los Caballeros Protestantes Reales que defienden a Inglaterra de fantásticos enemigos sobrenaturales provenientes de la imaginación popular. Vampiros, ghouls, nazis… simplemente seres que jamás existieron.
Escrito por Annie Leonard
¿Tienes uno de éstos? Yo me obsesioné un poco con el mío. De hecho, me obsesioné un poco con todas mis cosas.
Traducción Cecilia Allen, GAIA
¿Alguna vez te has preguntado de dónde vienen todas las cosas que compramos y adónde van a parar cuando las tiramos? Yo no podía dejar de preguntármelo.
Así que investigué.
Y lo que dicen los libros de texto es que las cosas simplemente se mueven a través de un sistema desde la extracción, a la producción, a la distribución, al consumo y a la disposición. A esta suma de etapas se le llama la “economía de los materiales”. Pues indagué un poco más. De hecho, pasé diez años viajando por el mundo para rastrear de dónde provienen nuestras cosas y adónde van.
¿Y saben lo que descubrí? Que ésta no es toda la historia. Que hay muchos huecos en esta explicación.
En primer lugar, este sistema parece funcionar bien. Sin ningún problema. Pero la verdad es que es un sistema en crisis. Y la razón por la que está en crisis es que se trata de un sistema lineal y nosotros vivimos en un planeta finito, y no es posible operar un sistema lineal indefinidamente en un planeta finito.
A cada paso, este sistema interactúa con el mundo real. En la vida real no ocurre en una página en blanco. Interactúa con sociedades, culturas, economías, el ambiente. Y a cada paso se está topando con límites. Con límites que aquí no vemos porque el diagrama está incompleto.
Así que retrocedamos, llenemos algunos de los huecos y veamos qué está faltando. Bueno, una de las cosas más importantes que faltan son las personas. Sí, las personas. En todas las fases del sistema viven y trabajan personas.
Y en este sistema algunas personas son un poco más importantes que otras; ¿Quiénes son? Bueno, empecemos por el gobierno. Mis amigos me dicen que debería usar un tanque como símbolo del gobierno y eso es cierto para muchos países, y cada vez más para el nuestro, después de todo, más del 50% de nuestros impuestos federales va a parar a las fuerzas armadas, pero prefiero utilizar a una persona para simbolizar al gobierno porque defiendo la visión de que el gobierno debe ser del pueblo, por el pueblo, para el pueblo.
El trabajo del gobierno es protegernos, cuidarnos. Ese es su trabajo.
Luego llegaron las empresas. Ahora bien, la razón por la que las empresas aparecen más grandes que el gobierno es que las empresas son más grandes que el gobierno.
De las 100 economías más grandes del mundo, 51 son empresas. A medida que las empresas han crecido en tamaño y poder, hemos visto algunos cambios en los gobiernos, que parecen estar un poco más preocupados por el bienestar de esos individuos que por nosotros.
Bueno, veamos qué más le falta a esta imagen. Empecemos por la extracción, que es una forma elegante de decir la explotación de los recursos naturales, que también es una forma elegante de decir la destrucción del planeta.
Se presenta así: cortamos los árboles, volamos las montañas para extraer los metales que hay adentro, agotamos toda el agua y eliminamos a los animales.
Aquí nos topamos con el primer límite. Se nos están acabando los recursos. Usamos demasiadas cosas. Sé que puede ser difícil escuchar esto, pero es la verdad y tenemos que enfrentarla. Tan sólo en las últimas tres décadas, se ha consumido un tercio de los recursos naturals del planeta. Ha desaparecido. Estamos talando, minando, agujereando y destruyendo el mundo tan rápido que estamos agotando la capacidad del planeta para que podamos vivir aquí.
Donde vivo yo, en Estados Unidos, sólo nos queda menos del 4% de los bosques nativos. El cuarenta por ciento de los cursos de agua ya no es apto para consumo. Y nuestro problema no es sólo que usamos demasiadas cosas, sino que usamos más de lo que nos corresponde. Tenemos el 5% de la población mundial, pero usamos el 30% de los recursos del planeta y generamos el 30% de los desechos del mundo.
Si todos consumiéramos al ritmo de Estados Unidos, necesitaríamos de 3 a 5 planetas. Y ¿saben qué? Sólo tenemos uno. Y la respuesta de mi país a esta limitación es simplemente ¡ir y tomar los recursos de otros!
Este es el Tercer Mundo que, algunos dirán, es una expresión para referirse a nuestras cosas que de alguna forma quedaron en tierras de otros. Y, ¿cuál es el panorama? El mismo: la destrucción del lugar. El 75% de los recursos pesqueros del mundo hoy está explotado al límite de su capacidad o sobreexplotado; el 80% de los bosques nativos del mundo ha desaparecido; tan sólo en el Amazonas estamos perdiendo 2 mil árboles por minuto. Esto equivale a cinco canchas de fútbol por minuto.
¿Y qué pasa con la gente que vive ahí? Bueno. Según estos individuos, no son dueños de esos recursos aunque hayan vivido allí por generaciones, no poseen los medios de producción y no compran muchas cosas. Y en este sistema, si no posees o compras muchas cosas, no vales.
En el paso siguiente, los materiales entran en la “producción”, y lo que sucede ahí es que usamos energía para mezclar químicos tóxicos con los recursos naturales para fabricar productos contaminados con tóxicos.
Hoy día se usan en el comercio más de 100.000 químicos sintéticos. Sólo unos pocos se han analizado para verificar si impactan en la salud humana y NINGUNO ha sido examinado para identificar los impactos sinérgicos que puedan tener en la salud, es decir, los impactos que generan al interactuar con todos los otros químicos a los que estamos expuestos cotidianamente.
Así que no conocemos realmente cuáles son todos los impactos que pueden provocar estos químicos en la salud y el ambiente. Pero sí sabemos una cosa: los tóxicos que entran, salen. Mientras sigamos utilizando químicos tóxicos en nuestro sistema de producción, seguiremos teniendo sustancias tóxicas en las cosas que llevamos a nuestros hogares, lugares de trabajo, y escuelas. Y claro, a nuestros cuerpos. Como los BFRs, o retardantes de llama bromados. Son unos químicos que tornan a las cosas más resistentes al fuego, pero son súper tóxicos. Son neurotóxicos, es decir, tóxicos para el cerebro.
¿Qué hacemos utilizando químicos como éstos? Y sin embargo, los ponemos en nuestras computadoras, en nuestros electrodomésticos, sillones, colchones y hasta en algunas almohadas. De hecho, tomamos nuestras almohadas, las sumergimos en estos neurotóxicos y luego las llevamos a casa y apoyamos nuestras cabezas sobre ellas durante ocho horas cada noche. Yo no sé, pero me parece que en un país como éste, con tanto potencial, podríamos pensar en una mejor forma de evitar que nuestras cabezas se incendien por la noche. Estos tóxicos se acumulan en la cadena alimentaria y se concentran en nuestro cuerpo.
¿Saben cuál es el alimento que está en la cima de la cadena alimentaria, con los niveles más altos de distintos tóxicos? La leche materna humana.
Eso significa que hemos llegado a un punto tal que los miembros más pequeños de nuestras sociedades - nuestros bebés reciben la dosis más alta de químicos tóxicos de por vida al ser amamantados por sus madres. ¿No es una violación increíble? La lactancia materna debe ser el acto humano más fundamental de crianza; debería ser sagrado y seguro.
Ahora bien, amamantar sigue siendo lo mejor y las madres definitivamente deberían seguir amamantando a sus hijos, pero debemos proteger esta actividad. Ellos deberían protegerla. Yo pensaba que nos estaban cuidando.
Y por supuesto, las personas que reciben el mayor impacto de estos químicos tóxicos son los trabajadores de las fábricas, muchos de los cuales son mujeres en edad reproductiva. Ellas trabajan con tóxicos que afectan la reproducción, sustancias cancerígenas y más.
Ahora yo les pregunto, ¿qué mujer en edad reproductiva trabajaría en un sitio donde se expone a tóxicos para la reproducción, sino alguien que no tuvo otra opción? Esa es una de las “bellezas” de este sistema.
La erosión de las economías y los ecosistemas locales aquí asegura el continuo suministro de personas que no tienen ninguna opción. En todo el mundo, 200.000 personas se trasladan diariamente desde los lugares que les dieron sustento por generaciones hacia las ciudades, muchos para vivir en barrios miserables, para buscar empleo, sin importar qué tan tóxico sea el trabajo.
Así que a lo largo del sistema no sólo se depredan recursos, sino también personas.
Comunidades enteras son desechadas. Así es, los tóxicos que entran, salen. Muchos de los tóxicos salen de la fábrica a través de los productos, pero muchos más salen como sub-productos o contaminación. Y es mucha contaminación.
En Estados Unidos, la industria reconoce que emite alrededor de 2 mil millones de kilogramos de químicos tóxicos al año, y probablemente sea mucho más porque eso es solo lo que admiten. Así que ese es otro límite, porque, puaj ¿quién quiere ver u oler 2 mil millones de kilogramos de químicos tóxicos al año? Y entonces ¿qué hacen? Trasladan las fábricas contaminantes a otros países. ¡Contaminan las tierras de otros!
Pero, sorpresa: mucha de esa contaminación está regresando hacia nosotros, a través de las corrientes de aire. Y ¿qué pasa después de que todos estos recursos son convertidos en productos? Bueno, pasan aquí, para ser distribuidos..
Ahora bien, distribución significa “vender toda esta basura contaminada lo más rápido posible”. El objetivo es mantener los precios bajos, hacer que la gente siga comprando y que los inventarios se sigan moviendo
¿Cómo mantienen bajos los precios? Bueno, no pagan mucho a los empleados de sus tiendas y recortan sus prestaciones sociales cada vez que pueden. De lo que se trata es de externalizar los costos. Esto significa que el costo real que implica producir las cosas no se refleja en los precios. En otras palabras, nosotros no estamos pagando realmente por lo que compramos.
Estaba pensando en esto el otro día. Iba caminando hacia el trabajo y quería escuchar las noticias, así que fui a una tienda de Radio Shack a comprar un radio. Encontré un radio verde pequeño y muy bonito a 4 dólares con 99 centavos. Estaba esperando en la fila para pagar y me pregunté ¿cómo es posible que US$4.99 reflejen el costo que lleva producir este radio y ponerlo en mis manos? El metal probablemente fue sacado de minas en Sudáfrica, el petróleo probablemente fue extraído en Irak, los plásticos deben haber sido fabricados en China, y el producto final quizás fue ensamblado por una niña de 15 años en una maquiladora en México.
US$ 4,99 ni siquiera deben alcanzar para pagar la renta del espacio que ocupó en el estante de la tienda hasta que llegué yo, ni una parte del salario del empleado que me ayudó a elegirlo, ni el costo de los múltiples transportes por barco o camión de cada una de las partes de este radio. Así es como me di cuenta de que yo no pagué por el radio.
Pero entonces ¿quién pagó? Estas personas pagaron con la pérdida de sus recursos naturales. Estas personas pagaron con la pérdida de su aire limpio, con una mayor incidencia de asma y cáncer.
Los niños en el Congo pagaron con su futuro – 30% de los niños en distintas partes del Congo ha abandonado la escuela para trabajar en las minas de coltan, un metal que nosotros necesitamos para nuestros electrodomésticos baratos y desechables. Estas personas pagaron incluso, al tener que pagar ellos su seguro médico. Todos ellos contribuyeron para que yo pudiera comprar un radio en US$ 4.99, y ninguna de estas contribuciones está registrada en los libros de contabilidad. A eso me refiero cuando digo que los empresarios externalizan los verdaderos costos de producción.
Y esto nos lleva a la flecha dorada del consumo. Este es el corazón del sistema, el motor que lo mueve. Y es tan importante que proteger esta flecha se ha convertido en la prioridad principal de estas gentes.
Por eso, después del 11 de septiembre, cuando nuestro país estaba en estado de shock, el presidente Bush pudo haber sugerido muchas medidas apropiadas a tomar, como hacer luto, orar o tener esperanza. NO. Nos mandó a comprar. ¡¿A COMPRAR?! Nos hemos convertido en una nación de consumidores. Nuestra principal identidad se ha convertido en ser consumidores, no madres, maestros o agricultores, sino consumidores.
La principal forma en que se mide y se demuestra nuestro valor es cuánto contribuimos a esta flecha, cuánto consumimos. ¡Y vaya que consumimos! Compramos y compramos y compramos. Mantenemos el flujo de los materiales. ¡Y cómo fluyen! Adivinen qué porcentaje de todos los materiales que fluyen en este sistema sigue estando en productos o en uso seis meses después de ser vendido en América del Norte: ¿Cincuenta por ciento? ¿Veinte?
NO. Uno por ciento. ¡Uno!
En otras palabras, 99% de las cosas que cosechamos, minamos, procesamos y transportamos, 99% de lo que fluye a través del sistema es basura en menos de 6 meses. ¿Cómo podemos mantener un planeta con ese nivel de flujo de materiales? No fue siempre así. Un habitante promedio de Estados Unidos consume hoy el doble de lo que consumía hace 50 años. Pregúntale a tu abuela. En su época, se valoraba la buena administración, la inventiva y el ahorro.
Entonces ¿cómo ocurrió esto? Bueno, no es que tan sólo ocurrió. Fue diseñado. Un poco después de la Segunda Guerra Mundial, estos individuos ideaban maneras de hacer crecer la economía, y el analista de mercado Víctor Lebow formuló la solución que se convirtió en la regal para todo el sistema. Él dijo: “Nuestra economía, enormemente productiva… requiere que hagamos del consumo nuestra forma de vida, que convirtamos en rituales la compra y el uso de bienes, que busquemos nuestra satisfacción espiritual, la satisfacción de nuestro ego, en el consumo… necesitamos que las cosas se consuman, quemen, reemplacen y desechen a un ritmo cada vez más acelerado”.
Y el Jefe del Consejo de Asesores Económicos del presidente Dwight Eisenhower dijo que “el fin último de la economía estadounidense es producir más bienes de consumo.” ¿¿¿MÁS BIENES DE CONSUMO??? ¿Nuestro fin último? ¿No brindar salud, o educación, o transporte seguro, o sustentabilidad o justicia? ¿Bienes de consumo?
¿Cómo lograron que nos sumáramos tan entusiasmados a este programa? Pues, dos de sus estrategias más efectivas son: la obsolescencia programada y la obsolescencia percibida. Obsolescencia programada es una forma de decir “diseñado para ser desechado”. Significa que, de hecho, se fabrican cosas que están diseñadas para volverse inútiles lo más pronto posible, para que nosotros las desechemos y compremos cosas nuevas.
Es obvio si pensamos en cosas como bolsas de plástico o vasos de café, pero ahora también ocurre con cosas grandes: los trapeadores, los DVDs, cámaras y hasta las parrillas. ¡Todo! Hasta las computadoras. ¿Notaron que cuando compramos una computadora hoy, la tecnología avanza tan rápido que en un par de años se vuelve un impedimento para la comunicación? Yo sentía curiosidad por esto, así que abrí una computadora para ver qué había adentro. Y me encontré con que la pieza que cambia cada año es sólo una piececita en una esquina. Pero no puedes simplemente cambiar esa pieza porque cada nueva versión tiene una forma distinta, así que tienes que desechar todo el aparato y comprar uno nuevo.
Estuve leyendo revistas de diseño industrial de los años cincuenta, cuando la idea de la obsolescencia programada estaba cobrando fuerza. Los diseñadores hablaban abiertamente del tema. De hecho, discutían qué tan rápido podían lograr que las cosas se rompieran pero, al mismo tiempo, que los consumidores siguieran teniendo fe en los productos para seguir comprándolos. Era completamente intencional.
Pero las cosas no se rompen lo suficientemente rápido como para mantener esta flecha tan activa. Para eso existe la “obsolescencia percibida”. La obsolescencia percibida sirve para convencernos de desechar objetos que todavía son perfectamente útiles. ¿Cómo lo hacen? Simplemente cambiando la apariencia de las cosas, de modo que si compraste tus cosas hace un par de años, cualquiera se da cuenta de que no has aportado a esta flecha recientemente, y como la manera en que demostramos que valemos es contribuyendo a esta flecha, puede resultar vergonzoso.
Yo he tenido el mismo monitor blanco y gordo en mi escritorio por más de cinco años.
Mi compañera de trabajo acaba de comprar una computadora nueva. Tiene un monitor de pantalla plana reluciente. Hace juego con su computadora, con su celular y hasta con su lapicero. Pareciera que está manejando una nave espacial, y pareciera que yo tengo una lavadora de ropa sobre el escritorio.
La moda es otro buen ejemplo. ¿Alguna vez se han preguntado por qué los tacones de los zapatos de mujer pasan de ser delgados a gruesos de un año a otro? No es porque haya un debate sobre qué tipo de tacón es más sano para los pies de las mujeres. Es porque si usas tacón grueso en un año en que están de moda los tacones delgados, eso muestra a todos que tú no has contribuido a la flecha ese año y que, por tanto, vales menos que la persona junto a ti que trae zapatos con tacones delgados o que la persona que aparece en los comerciales. Es para que sigas comprando zapatos.
La publicidad, y los medios de comunicación en general, desempeñan un papel importante en esto. Cada habitante de Estados Unidos es bombardeado con más de 3.000 anuncios por día. Nosotros vemos más comerciales en un año que los que las personas hace 50 años veían en toda su vida. Y si nos ponemos a pensar, ¿para qué sirven los comerciales si no es para hacernos sentir infelices con lo que tenemos?
Así que 3.000 veces al día nos dicen que nuestro cabello está mal, nuestra ropa está mal, nuestra piel está mal, nuestros muebles están mal, nuestro auto está mal, que nosotros estamos mal pero que todo puede estar bien si sólo salimos a comprar.
Los medios de comunicación también ayudan ocultando todo esto y todo esto, así que la única parte que vemos de la economía de los materiales son las compras.
La extracción, la producción y la disposición ocurren fuera de nuestro campo visual. Así que en Estados Unidos tenemos más cosas que nunca, pero las encuestas muestran que la felicidad en nuestro país está disminuyendo. En los años cincuenta nuestra felicidad nacional llegó a su límite, en el mismo momento en que estalló esta manía consumista. Hmm. Interesante coincidencia. Creo saber porqué.
Tenemos más cosas pero cada vez tenemos menos tiempo para lo que realmente nos hace felices: los amigos, la familia, el esparcimiento. Estamos trabajando más duro que nunca. Algunos analistas dicen que hoy día tenemos menos tiempo libre que en el feudalismo.
¿Y saben cuáles son las dos actividades principales que realizamos en el escaso tiempo libre que tenemos? Ver televisión y comprar.
Los habitantes de Estados Unidos dedicamos 3 a 4 veces más horas a hacer compras que los europeos. De modo que nos encontramos en esta situación absurda en la que vamos a trabajar, a veces a dos empleos, y llegamos a casa agotados así que nos echamos en nuestro sillón nuevo a ver television y los comerciales nos dicen ”APESTAS” así que salimos al centro comercial a comprar algo para sentirnos mejor y después tenemos que trabajar más para poder pagar lo que acabamos de comprar y regresamos a casa y estamos más cansados así que nos echamos a ver más y más televisión y la tele nos dice que vayamos de nuevo al centro comercial y estamos en esta rueda ridícula de trabajar-mirar-gastar y podríamos simplemente parar.
Y ¿qué ocurre finalmente con todo lo que compramos? A este ritmo de consumo las cosas ya no caben en nuestras casas, aún a pesar de que el tamaño promedio de las casas en Estados Unidos se ha duplicado desde los años setenta. Todo se va a la basura.
Y esto nos lleva a la disposición. Esta es la fase de la economía de los materiales que todos conocemos porque tenemos que sacar la basura de nuestras casas.
En Estados Unidos cada uno de nosotros genera más de dos kilogramos de basura por día. El doble de lo que producíamos hace treinta años. Toda esa basura o bien se arroja a un relleno, que no es otra cosa que un gran agujero en el suelo, o si realmente tienes mala suerte, primero se quema en un incinerador y luego se arroja a un relleno. De cualquier forma, ambas contaminan el aire, el suelo, el agua y no olvidemos que contribuyen al cambio climático.
La incineración es realmente dañina ¿Recuerdan todos esos tóxicos que se introducían en la etapa de producción? Incinerar la basura libera todos esos tóxicos al aire. Lo que es aún peor, genera nuevos súper-tóxicos. Como las dioxinas. Las dioxinas son las sustancias más tóxicas conocidas por la ciencia. Y los incineradores son la fuente número 1 de emisión de dioxinas. Eso significa que podríamos detener la principal fuente de emisión de la sustancia más tóxica hecha por el hombre simplemente dejando de quemar la basura. Podríamos detenerla hoy.
Algunas empresas no quieren lidiar con la construcción de rellenos o incineradores aquí, así que simplemente exportan sus desechos.
¿Y qué hay del reciclaje? ¿El reciclaje de la basura ayuda? Sí. El reciclaje ayuda porque reduce la generación de basura en este extremo y reduce la presión de minar o cosechar más cosas en este otro extremo. Sí, sí, sí, todos deberíamos reciclar.
Pero reciclar no es suficiente. Reciclar nunca será suficiente. Por un par de razones.
Primero, porque la basura que sale de nuestras casas es sólo la punta del iceberg. Por cada cubo de basura que sacamos de nuestras casas, río arriba se generaron setenta cubos de residuos para producir lo que está en el cubo que tiramos. Así que aunque pudiéramos reciclar el 100% de nuestra basura, esto no resolvería el problema de fondo. Además, gran parte de la basura no puede ser reciclada, ya sea porque contiene demasiadas sustancias tóxicas, o porque fue diseñada desde el principio para NO poder ser reciclada. Como esos envases de jugo que contienen capas de metal, cartón y plástico pegadas. No se las puede separar para ser verdaderamente recicladas.
Así que, como pueden ver, es un sistema en crisis. A lo largo de todo el camino nos topamos con un montón de límites. Desde el cambio climático hasta la pérdida de la felicidad, esto simplemente no está funcionando. Pero lo bueno de tener un problema tan amplio es que hay muchos puntos de intervención. Hay personas que están trabajando aquí para defender los bosques, y aquí para lograr una producción limpia. Personas que luchan para defender los derechos laborales, el comercio justo o el consumo consciente, o que bloquean los rellenos y los incineradores de residuos y, lo que es muy importante, que luchan para recuperar el gobierno para que sea realmente por el pueblo y para el pueblo.
Todo este trabajo tiene una importancia crítica, pero las cosas sólo empezarán a cambiar cuando podamos ver las conexiones, cuando veamos el cuadro completo. Cuando las personas a lo largo del sistema nos unamos podremos recuperar y transformar este sistema lineal en un sistema nuevo, un sistema que no deseche ni recursos ni personas.
Porque lo que realmente tenemos que desechar es esa forma de pensar de la vieja escuela del derroche. Química Verde, Basura Cero, Producción de Ciclo Cerrado, Energía Renovable, Economías Locales Vibrantes.
Esto ya está pasando. Algunos dicen que esto no es realista, que es idealista y que no puede ocurrir. Pero yo digo que los que no son realistas son quienes quieren seguir por el viejo camino. Ellos son los que están soñando.
Recuerden, no es que ese viejo camino simplemente sucedió. No es como la ley de la gravedad, con la que tenemos que convivir. Las personas lo produjeron. Y nosotros también somos personas.
Así que creemos algo nuevo.
Rain - The Beatles
If the rain comes they run and hide their heads,
they might as well be dead.
If the rain comes, if the rain comes.
When the sun shines they slip into the shade
(when the sun shines down).
and sip their lemonade.
(when the sun shines down).
When the sun shines, when the sun shines.
Rain, I don't mind.
Shine, the weather's fine.
I can show you that when it starts to rain
(when the rain comes down).
everything's the same.
(when the rain comes down).
I can show you, I can show you.
Rain, I don't mind.
Shine, the weather's fine.
Can you hear me? that when it rains and shines,
(when it rains and shines).
it's just a state of mind?
(when it rains and shines).
Can you hear me?Can you hear me?
Luego de las fiestas patrias de 1992, Carol Ludverwüller decidió finalmente vaciar la biblioteca de su padre. Pudorosa, lo había deseado y se había moderado por años, sabía cuánto había significado para él cada uno de esos volúmenes, pero ahora la casa iba a ser demolida y toda la propiedad iba a ser utilizada en la construcción de un campo de entrenamiento para perros del ejército. La Fundación Pascal había hecho una argéntea proposición el último noviembre para adquirir el total de los libros que habían sido la influencia retórica de Esbern Ludverwüller.
Carol, su esposo Frank y tres auditores de la fundación, comandaron y dividieron las tareas entre las veinticuatro personas que conformaron el grupo encargado de convertir esa tajada de historia en muros desvalidos sentenciados a la pena capital.
Durante la sexta jornada de trabajo, Hal Manzanares, experto en catalogación de manuales de reparación de motores, encontró un atado de biblioratos y archivadores, clasificados como “Boletas y Facturas Pagadas / 1944 – 1969”. El Lic. Manzanares identificó ese amarillento material como desecho, aunque para apartarlo junto a los demás objetos sin valor debía obtener la firma de uno de los auditores y de uno de los Ludverwüller. Ambos visados no demoraron en ser conseguidos sin mediar inquisición, y los cartapacios de cartón negro labrado fueron abandonados al sol, junto a un juego de té de porcelana agrietada y media docena de portarretratos polvorientos, sin fotos ni cristales, que serían luego vueltos a clasificar, aunque de manera informal entre los familiares del, ya hace tiempo, difunto don Esbern.
Meses más tarde, fue la mismísima Carol quien, revisando las cuentas pagadas por su padre décadas antes, se sorprendió al encontrar bajo todos los registros contables unos papeles con notorias marcas de haber sido alguna vez arrugados y luego alisados bajo el peso de otros libros.
Ajados, húmedos, porosos y oxidados, aún esos papeles conservaban literatura previa la Literatura; antiguos habitantes de papeleras rescatados por un alma piadosa para que el tiempo les dé carácter de obras inconclusas, ensayos con vocación de error, cuando no primeros esbozos de futuras piezas literarias.
En algunos fragmentos de los originales, el zarco de la tinta desvanecida se fundía con el ocre del papel marchito en equívocos manchones cartográficos, y para no ser cómplice de Chronos y la combustión, Carol se decidió a revivir los contenidos y publicarlos.
Durante su oscura lectura se sorprendió con manuscritos acuñados por distintos pulsos; descifró la presencia de distintos autores e incluso de distintas épocas. Comenzó una escueta investigación que, entre los papeles del primer bibliorato, arrojó que su padre había sido un metódico coleccionista de borradores.
Con una pluma de ganso ahogándose en un tintero y un pergamino de fondo, Editorial Mirena lanzó, hace hoy diez años, la portada de esta tarea de compilación de Carol Ludverwüller de la compilación de su padre, Esbern Ludverwüller: “Borradores Compilados Por Esbern Ludverwüller” compilados por Carol Ludverwüller.
A continuación recordaremos algunos segmentos.
Autor: Víctor HugoFecha: Diciembre de 1829Estado: Papel original con marcas de violencia. Se supone su rotura intempestiva por el mismo autor en desacuerdo con el final de la obra. Posteriores restauraciones y croquis del mismo escritor dan nota de que la historia habría sido retomada con algunas variantes.
Para cumplir su misión de elevar a la plebe, organizó un esquema cuya primera etapa consistía en generar el sano hábito de la puntualidad. Con tal objetivo, decidió distribuir las actividades comerciales de la ciudad entre horarios inflexibles, los cuales estarían dictados por las campanadas provenientes de la Catedral de Notre-Dame. Sólo quedaba resolver quién sería el personaje a cargo de hacer sonar las campanas y sólo confió en sí mismo para tal responsabilidad.
El esbelto mozo lleno de gracia y apetecido por todas las doncellas de París se enclaustró en el campanario desde donde no sólo normalizaba los horarios de la ciudad sino que también pudo ser testigo de cuanto personaje transitara por ella. No demoró, con el correr de los días, en reconocer a los feriantes, a los compradores, a los militares y a todos quienes desfilaban a diario por donde fuere avistado desde tan estratégica espadaña.
Fue así que comenzó a seguir los pasos de una bella gitana, por quien quedó encantado hasta el extremo de abandonar su puesto de guardia en repetidas ocasiones con ánimo de provocar un encuentro. Finalmente se presentó frente a Esmeralda:
–Soy Cuasimodo, el esbelto mozalbete que habita el campanario de la Catedral. Te he estado siguiendo durante dieciséis días y todas sus noches. Sé qué azahares dan el aroma inconfundible de tu negra cabellera, sé dónde consigues los hilados para tus vestidos y tus tiendas, conozco al orfebre que busca la piedra que brille más que tus ojos, y sé que no hay hombre sobre esta tierra que se resista al embrujo de tus danzas. Sabiendo que toda tu familia acaba de llegar en caravana, es ésta la noche, y no otra, en que quisiera desposarte.
–¡Oh, apuesto y valiente Cuasimodo! –contestó la joven. Te he visto tocar la campana cada dos horas y sentir mi corazón agitándose a la espera de verte asomar desde tu atalaya. Hace días que anhelo este encuentro y no haré desaires a tu esmero por la puntualidad; las celebraciones esponsales serán esta misma noche.
Cuasimodo y Esmeralda contrajeron nupcias esa misma noche y*
* El manuscrito presenta borrones ilegibles y desgarros. Una ilustración al pie de la página muestra un Cuasimodo deforme, con una sonrisa libidinosa y ausente de caballerosidad e inteligencia, que se supone se trataría de algunas modificaciones que sufriría el personaje central, de ser continuada luego la obra.
Borrador Nº 11:
Autor: Edgar Rice BurroughsFecha: Agosto de 1911Estado: Manuscrito dañado premeditadamente. Pocos borrones. Abundancia de notas en los márgenes.
Nota del autor: En este y el siguiente párrafo incluiré desventuras menores (torceduras de tobillos, camisas rasgadas, ropa mojada y maltrato despiadado por parte de los mosquitos) para comenzar a insinuar próximas situaciones de tensión, desprotección y ocasional sensualidad.En aguerrido combate contra la bravura del Paraná Oeste, los jóvenes ingleses consiguen llegar a la orilla, pero desandando camino hasta alcanzar la roca donde abandonaron a su primogénito, fueron atacados por los indios yerba (Nota al margen: según manuales de la mesopotamia argentina este sonido sí corresponde con la región, usarlo para reemplazar a arambeé en todas las apariciones previas), posteriormente fueron hervidos y bebidos en infusión (Nota al margen: averiguar en qué consisten las infusiones de yerba).
A la mañana siguiente, con las aguas aquietadas, un llanto de bebé atravesaba todo el amanecer. Despertando su instinto materno aunque no fuera de su especie, un hembra autóctona se acercó a una canastilla que flotaba a la deriva y la movió con su boca hasta que de su interior cayó al agua un rosadito y saludable bebé humano. Lo llevó a su comunidad donde consiguió la autorización del patriarca para adoptarlo como un hijo más. Salvado de la catástrofe, como un Moisés en pleno siglo XIX, el pequeño Tarragó fue criado por las merluzas.
Notas del autor: Constatar que la merluza es un pez de río, de no serlo, a Tarragó lo criarán los bacalaos. No conozco peces de río, tal vez esta historia deba ser trasladada al océano, aunque ahí no hay indios. Tarragó es difícil de leer, creo que lo llamaré Tarrag, pero me gusta más cómo suena Sarrán, que es muy parecido a Sansón y ya hablé de Moisés… algo se me va a ocurrir. El pequeño Sartán (suena como sartén, tal vez sea Zartán o algo así) se convierte en un musculoso joven que llega a ser líder de la comunidad merluza, salvando a su familia adoptiva en incontables ocasiones de los ataques de tribus enemigas. No me convence lo de indígenas atacando merluzas… voy a concentrarme en terminar mi historia de la princesa marciana y después veo cómo me las arreglo con este rey de las merluzas… o rey de los mosquitos… o de las papas… buéh, ya veré.
Borrador Nº 42:
“El Hombre Nuevo”
Autor: Posibles múltiples autores, autoría encubierta o anónima.He visto caer monarquías sólidas y sucumbir sus poderes por unas monedas de oro. He visto hombres sin prerrogativas de sangre adquiriendo suficientes riquezas como para comprar tronos. He visto hombres de fe decidiendo por la vida terrenal y he visto hombres con las manos en la tierra en perfecto contacto con el Creador.
Fecha: Datos inciertos, se conjetura que data de la segunda mitad del siglo XIX.
Estado: Buen estado de conservación, daños naturales producto del paso del tiempo, diversidad de papeles y tintas indican distintas épocas en que los escritos fueron realizados.
El gobierno de la república tiene demasiadas vías de acceso, más que las que se puedan controlar. Puedo ver al ministro ganando su jerarquía como mérito a su formación, puedo ver al gobernador y su oratoria hipnótica arengando a las masas para confirmarse en su cargo o al filósofo organizando foros donde argumentar los destinos de la nación. No puedo ver, asimismo, a sus séquitos. Asistentes, asesores, analistas, colaboradores y acarreadores de maletas, son desde hijos y cuñados hasta compradores de bancas cercanas al poder. Acercándose al poder. Cercando el poder.
El capital es el verdadero poder. Por consiguiente, aquellos que no acumularen riquezas quedarían a su vez desintegrados del núcleo gobernante para tornarse gobernables. Sólo agrupando recursos podrían dar batalla a las dirigencias, quienes sin sus esfuerzos morirían de hambre de no poder canjear todos sus tesoros por un saco de trigo.
Al príncipe no se lo ha formado para hacerse de su desayuno si no es a cambio de calderilla, sin embargo el encargado de ordeñar vacas, el obrero de molinos harineros y el peón de la cosecha, viven rodeados de lo que desayuna el príncipe, excepto platería y loza. Pueden organizarse en pequeñas comunas y trocar sus productos sin aspirar a tener los caudales que los haría heredar la corona.
La utopía ya no es tal, organizarse en comunas es el primer paso, luego una comuna ganadera intercambiará sus productos con una comuna fabril y ésta, a su vez, con una pesquera. Finalmente una sociedad se unirá a otra y el mundo todo será la verdadera unión de repúblicas asociadas por asambleas populares.
Para ello hace falta crear un Hombre Nuevo. Capaz de renunciar a lujos y superfluas banalidades. Capaz de compartir su esfuerzo en beneficio del desaventajado. Capaz de elegir a sus líderes y condenar a los detractores del sistema. Capaz de invertir sus energías en el crecimiento de su aldea más que en el personal. Capaz de no privilegiar a sus camaradas o discriminarlos por su religión, sexo o color de piel: el Hombre Nuevo sólo se diferencia de su par por caracteres y destrezas. Para el Hombre Nuevo todos son idénticos y cada uno tiene su función, cada uno es importante aunque ninguno indispensable.
Nota de Esbern Ludverwüller: Los manuscritos del Hombre Nuevo y de la estructura social basada en la división del trabajo surgieron en Europa Occidental y luego fueron traducidos a casi todos los idiomas que conoce la especie humana. En castellano se conoció con el nombre de “Los Pitufos”.
Dos paranoias populares enfrentadas cara a cara.Unos lunáticos afirman que en pleno apogeo del grupo musical The Beatles, el compañero de John Lennon en la dupla creativa más popular de la historia, Paul McCartney, ha muerto y que su sosias, William Shears Campbell (Billy Shears), tomó su lugar en el cuarteto manteniendo así sosegados a sus incondicionales.Otros dementes afirman que todo eso es mentira y que Paul vive.
–¡Metele, metele! –le gritaba un turco desde un caballo a otro– ¡Apurémonos que así tomamos Constantinopla y marcamos el fin de la Edad Media!
Así ironiza Dolina demostrando que por lo general no somos conscientes de estar viviendo un momento histórico. Sin embargo a veces sí sabemos que estamos en el umbral de un evento que anotaremos en nuestras biografías. Primer día de clases, último examen antes de graduarse, visitar un país desconocido… mudarse.
Otra vez cambio de casa, de nuevo a meter todas mis pertenecias en cajas y valijas, de nuevo a descubrir cuántas cosas inútiles acumulé los últimos años y, de nuevo, a tomar decisiones cotidianas, a la vez de cruciales, como deshacerme de ropa en buen estado pero fuera de moda, ver qué se dona, qué se tira y qué se atesora para futuras nostalgias.
También, de nuevo, a frustrarme por dar definitivamente por perdido lo que tenía esperanzas de encontrar en una de esas limpiezas generales o en la próxima mudanza. Me mudé unas veinte veces, ya sé lo que es perder lo que más me ilusionaba con volver a encontrar.
Primero me fui de la calle Jonte a los dormitorios estudiantiles de Reznik con la sensación de que todo era temporario aunque sabiendo que no regresaría. No sólo llené un contenedor de carga marítima con libros, ropa y recuerdos; también compré hasta un pimentero de tapa anaranjada, como si fuera más práctico mudar ollas y sartenes que comprarlas en el nuevo sitio.
De Reznik a Ma’alot Dafná, pero en el camino se me perdieron algunos accesorios para alentar a la selección argentina de fútbol y nuevas cajas fueron llenadas con cassettes que hoy son la banda sonora de esa época de mi vida.
De Ma’alot Dafná a Aba Hushi llegué sin mi pimentero de tapa retráctil pero con unos zapatos y un sombrero vaquero que, si reaparecieran, me encargaría de volverlos a perder. Supongo que se perdieron camino a Gvat, mi siguiente morada, o en la casita de la calle Arlozorof donde el finado Saddam casi me hace perder todo. En uno de esos traslados de cosas se perdieron varios posters de los Beatles, es probable que haya provocado esa desaparición aunque creo haberme, a veces, arrepentido. Tal vez no haya sido allí sino saliendo del edificio de la calle Hayarkón, donde se quedó el el lavarropas que caminaba en sus centrifugados y el reloj de pared que imitaba reloj de pulsera, o en Gazit, donde los paisajes parecían inspirados por Van Gogh y los habitantes por Renoir.
De Hayarkón a Canning ya perdí la cuenta de lo perdido aunque entre los nuevos bultos había que sumar tecnología moderna traída ya no por mar sino por avión, y la carrera siguió por Pringles camino a Los Aliaga donde, ya sin posters para vestir la nueva casa, la sensación fija era que todos los lugares son de paso. Luego un tiempito en La Reina y de ahí a Las Condes para volver a meter todo en cajas y valijas y llevarlo al boulevard Fontainbleau. Ya no viajó la hamaca paraguaya traída de Brasil, ni el mueble de televisión que me siguió los dos mil kilómetros anteriores, ni los cassettes… ahora escucho esa banda sonora en formato mp3 y me quedo con ganas de leer las letras de las canciones de las tapitas.
Estoy rodeado de cajas, todas mis pertenencias están apretadas unas contra otras, apiladas a la sombra y en lo fresco. Creo que no necesito abrir esas cajas, no necesito revolverlas y vaciarlas para descubrir qué perdí en esta mudanza.
Camino a mi nueva habitación, un turco le dice a otro desde mis entrañas:
Allá por los años ochenta, Ivano Fossati llenaba los espacios de radio en Italia con su canción “E di nuovo cambio casa”. Luego Piero intentaba repetir el mismo éxito en la Argentina, cantando una sentida versión traducida al castellano por Marilina Ross, la letra puede leerse a continuación del video.
E di nuovo cambio casa,
di nuovo cambiano le cose,
di nuovo cambio luna e quartiere.
Come cambia l'orizzonte, il tempo,
il modo di vedere,
cambio posto e chiedo scusa
ma qui non c'è nessuno come me.
E stasera sera do a lavare
il mio vestito per l'amore,
cambio donna e cambio umore stasera.
E stasera voglio uscire
che mi facciano parlare,
voglio ridere e voglio bere.
Io stasera cambio amore
è tutto qui.
Ma sapere dove andare
è come sapere cosa dire,
come sapere dove mettere le mani.
E io non so nemmeno se ho capito
quando t'ho perduta.
Qui fioriscono le rose
na dentro casa è inverno e fuori no.
E vendo casa per un motore,
la soluzione è la migliore,
un motore certamente può tirare.
La mia fantasia un po' danneggiata
e da troppo parcheggiata,
e poi cambiare casa,
come cambiano le cose così.
E gira, gira e gira, gira
si torna ancora in primavera
e mi trova che non ho concluso niente.
Io l'amore l'avevo in mente
ma ho conosciuto solo gente,
e posso solo andare avanti
fintanto che nessuno è come me.
E gira, gira e gira, gira
Si torna ancora in primavera
e scopro che non ho capito niente.
E allora io stasera do a lavare
il mio vestito per l'amore…
Cambio donna e cambio umore,
cambio numero e quartiere
fintanto che nessuno è come me.
Otra vez cambio de casa,
de nuevo, cambiaron mis cosas.
Otra vez cambio de luna y de barrio,
cómo cambia el horizonte,
el tiempo, el modo de mirarlo.
Abandono y pido excusas porque aquí
no encuentro a nadie como yo.
Mandaré a lavar la ropa
que he gastado en el amor;
esta noche cambio humor y cambio amante.
Esta noche quiero irme lejos,
encontrar con quien hablar,
divertirme, divagarme.
Esta noche cambio amor y se acabó.
Pero tener claro dónde ir
es tener claro qué decir,
es tener claro dónde hay que meter las manos.
Yo no se siquiera si he entendido
donde nos perdimos,
cuando afuera todo ha florecido,
aquí, en la casa, hace frío y afuera no.
Vendo, cambio casa por un motor,
esta solución es la mejor,
un motor seguramente irá tirando.
De mi fantasía, un poco gastada,
hace tanto estacionada,
tengo que cambiar de casa…
cómo cambian hoy las cosas, porque sí.
Y gira, gira, gira y gira
que siempre vuelve primavera
y descubro que no he comprendido nada.
Porque sólo he conocido gente
intentando amar inútilmente
y así no se puede ir adelante,
y siento que ninguno es como yo.
Y gira, gira, gira y gira
que siempre vuelve primavera
y comprendo que no he terminado nada.
Mandaré a lavar la ropa
que he gastado en el amor.
Cambio cama y cambio humor,
cambio número y esquina,
en tanto que ninguno es como yo.
Durante una presentación en vivo, tocó su Gibson Les Pauls con tal entusiasmo, que una de las cuerdas saltó. Con certeza ya estaba gastada, fatigada de tanto blues, pero la leyenda se nutre de sostener su rigidez a prueba de todo tipo de concertistas, excepto de Eric Clapton. Sonrió disimulando tensión y los siguientes minutos del concierto se salió de la rutina ensayada con los Yardbirds para reencordar una de las últimas guitarras que tuvo antes de enamorarse de Blackie, su guitarra construida con las mejores piezas de las Fender Stratocaster y Telecaster.
El público, que cuando ama aplaude hasta las desprolijidades, acompañó con palmas a pedido del músico, que se disculpó por el tiempo que se estaba tomando y, bromeando, sugirió que debieran apodarlo “Mano Lenta”.
Marcos Saguí por primera vez en varios meses se quedó solo en el living. Solo es más una actitud que un hecho… los niños fingían dormir en sus habitaciones. Y Marcos podía fingir estar solo. Se echó cansado en el sofá que se enfrenta a la tele e indiferente jugó con el control remoto. Poco antes de una hora después descubrió que no le interesaba nada de la programación de esa noche. Ignoró la pila de ropa para doblar que descansaba el sillón de tres cuerpos, apartó los dibujitos y la correspondencia que esperaba ser leída sobre la mesita ratona, se descalzó y apoyó sus pies. Tuvo que reclinarse más para llegar bien.
Sintió que esa noche era especial.
Se dirigió hacia la cocina sin un plan claro, sin embargo en el camino corroboró que los niños dormían con sus televisores aún encendidos. Los apagó y volvió a la cocina. Tomó una copa grande y buscó con qué llenarla. Rechazó de la heladera un chardonnay y una leche chocolatada, ambos estarían a la temperatura ideal de menos de diez grados. Pensó en comer unas nueces y beber un merlot chileno, pero le dio pereza descorcharlo sin honrar alguna ocasión. Devolvió las nueces a la alacena e instintivamente se apoderó de tres ciruelas pasas del tarro de al lado; una se fue a la boca, las otras dos descansaron en el fondo de la copa.
Las habitaciones de los niños nuevamente devolvían sonidos de televisión y se resignó a que entre los docientos canales de cable, difiíclmente encontraría algo que no fuera atractivo sólo para los niños… tal vez deportes o películas viejas. Revisó su colección de música sólo porque los discos estaban al lado del cognac. Se sirvió cognac en la copa de las dos ciruelas pasas sólo porque el cognac estaba al lado de los discos.
Buscó algo tranquilo para acompañar la noche y se encontró con Slowhand, el album de Eric Clapton de 1977 que incluía una de sus canciones favoritas: Wonderful Tonight. Marcos repetía entre sus amistades, con aires eruditos, que Mano Lenta (o Slowhand) era un seudónimo casi peyorativo basado en la mesura blusera y en la cadencia con que Clapton tocaba rock. Lo había leído hacía años en un artículo sin firmar de la revista Caras.
Las ciruelas pasas, observó, habían sido deshuesadas industrialmente, lo cual representaba una serie inesperada de beneficios. Una madre habría preparado compotas sin quitarles su matriz o abriendo las ciruelas una por una con un cuchillo afilado. Pero las máquinas de los complejos fabriles introducían mecanismos de hierro a unas diez ciruelas por segundo, extrayéndoles su corazón en una acción inmediata.
–¡Cuánto entiendes de ciruelas, Marqui! –lo aduló una chica Bond desde un rincón de su imaginación.
Durante su descarozado, dedujo Marcos, parte de la carne de la ciruela habría sido desgarrada y como causa se generarían rasgaduras internas que, bien vistas, oficiarían de conductos ideales para trasladar al cognac a través del interior de la pasa, y aquellos rincones por donde no hallara escapatoria la bebida serían, consecuentemente, alojamientos para los restos del licor que se encargarían de macerar la fruta desde sus entrañas.
–No es nada, preciosa, debiera enseñarse Ciruelidad en todas las escuelas –le respondió a la mujer del vestido negro de espalda escotada.
Luego de unos pocos minutos, parte de la bebida habrá tomado sabores de la ciruela pasa que, a su vez, habrá adoptado parte de los sabores del trago. De este perfecto matrimonio entre ciruela pasa y cognac sólo podía esperarse una explosión de sentidos en el interior de Marcos, que ya a esta altura se juraba que la noche era perfecta.
Tomó la copa entre sus dedos ensayando los ademanes más seductores, miró enamorado a las pasas que perdían flote en la oscuridad de la almibarada bebida y les dedicó un erógeno: “Yes, you look wonderful tonight.”
Mojó apenas sus labios para averiguar cuánto se habrían confundido los sabores, se relamió de cognac aciruelado, cerró los ojos para sentir mejor y hundió su espalda en el sofá. Le dio más volumen al hombre de Ripley, Inglaterra y apoyó la copa en el suelo para tocar en su vientre una Blackie imaginaria. Lo ayudó también a entonar su “You were wonderful tonight” final.
Como adolescente decidió escuchar la canción nuevamente, esa magia no podía ser congelada en el tiempo pero estaba todo entregado para repetirla miles de veces a lo largo de la noche. Índice y pulgar derechos se bañaron por un segundo en cognac y secuestraron una de las ciruelas pasas. Mientras Marcos secaba sus dedos con movimientos circulares en el pantalón de su pijama, sintió una pasa levemente hinchada por el néctar que al morderla bañaba toda su boca con dulces explosiones de fruta y alcohol.
Rápidamente abandonó el sofá dirigiéndose al equipo de música, pero inluyó a su periplo un rápido repaso por los dormitorios de los niños. Ya dormían sin fingir, sus rítmicos ronquiditos ignoraban comerciales de televisión y programas hiperquinéticos propios para niños. Besó dos frentes húmedas, apagó dos televisores calientes y volvió al paraíso.
Una Fender gimió durante casi un minuto entero antes de que Marcos y Eric repitieran “It's late in the evening…”. Marcos abandonó momentáneamente el dueto para que su copa no se sintiera abandonada. De un solo trago redujo a la mitad el contenido, con la precaución de formar con sus dientes frontales una barrera infranqueable para la última ciruela pasa, que debía descansar en el fondo de la copa y absorver tanto cognac como le fuera posible.
–La noche está maravillosa –comentó con los músicos durante un solo de guitarra.
Llevó nuevamente la copa a sus labios dejando pasar como un torrente el resto de cognac, le hizo explorar un costado y el otro de su boca, inundar su paladar y deslizarse por el terciopelo de su lengua hasta embriagar su cuerpo de frescura. Nuevamente, como portero celoso prohibió el paso de la ciruela, elevó la copa vacía de líquido hasta la altura de sus ojos, le dijo con su mirada algo siniestro a la ciruela y volvió a llevarse la copa a la boca, pero esta vez con los labios entreabiertos. Se reclinó profundo en el sofá, dejó caer sus párpados y dio a sus muelas la orden de no perdonar ni una sola de las fibras de su rehén; la ciruela pasa.
–¡Aaaaaaaaaaaaaaaah! –exclamó Marcos durante un minuto eterno.
–¡Aaaaaaay! ¡Niños despiértense! ¡Vístanse rápido que tienen que acompañarme a la urgencia odontológica!
La doctora Orgambide lo escuchó sin emitir ni uno solo de los comentarios burlones que pasaron por su mente.
–Se suponía que la ciruela estaba descarozada –intentó explicar Marcos mientras le latía y le babeaba todo el occidente de su boca–, en el tarro indicaba eso y ya me había comido dos… la tercera me la comí con total confianza y fue como morder una piedra con toda mi fuerza.
Los Rayos X delataron la quebradura de una pieza molar, que rápidamente fue sometida a un tratamiento de conducto y concluiría, con ulteriores visitas, en ser removida por completo y reemplazada por una fina prótesis. Quinientos doce dólares fueron removidos de su cuenta bancaria y no habrían de ser reemplazados.
Afuera la luna brillaba en un cielo sereno, una suave brisa le daba a la noche un encanto primaveral, los niños habían encontrado una extraña posición durmiendo uno sobre otro en las sillas de la sala de espera de la guardia, donde Marcos pidió un taxi. No esperaron más de seis minutos.
Desde los parlantes de las columnas de la clínica, un saxofonista intentaba con más cursilería que talento los acordes de un hipnótico blues: Wonderful tonight.
Wonderful Tonight - Eric Clapton
It’s late in the evening; she’s wondering what clothes to wear.
She puts on her make-up and brushes her long blonde hair.
And then she asks me, “Do I look all right?”
And I say, “Yes, you look wonderful tonight.”
We go to a party and everyone turns to see
This beautiful lady that's walking around with me.
And then she asks me, “Do you feel all right?”
And I say, “Yes, I feel wonderful tonight.”
I feel wonderful because I see
The love light in your eyes.
And the wonder of it all
Is that you just don't realize how much I love you.
It’s time to go home now and I’ve got an aching head,
So I give her the car keys and she helps me to bed.
And then I tell her, as I turn out the light,
I say, “My darling, you were wonderful tonight.
Oh my darling, you were wonderful tonight.”
Este adiós no maquilla un hasta luego,
este nunca no esconde un ojalá.
Estas cenizas no juegan con fuego,
este ciego no mira para atrás.Este notario firma lo que escribo,
esta letra no la protestaré.
Ahórrate el acuse de recibo,
estas vísperas son las de después.A este ruido tan huérfano de padre
no voy a permitir que taladre
un corazón podrido de latir.Este pez ya no muere por tu boca.
Este loco se va con otra loca.
Estos ojos ya no lloran más por ti.
Tal vez el exceso de talento llevó a Sabina a escribir más versos que los que su productor podía poner en una canción de menos de cuatro minutos. Tal vez la poesía de alguna época no combinaba con los colores de alguna otra. Tal vez simple arrepentimiento y acá otra letra para la misma canción:
Este bálsamo no cura cicatrices,
esta rumbita no sabe enamorar,
este rosario de cuentas infelices
calla más de lo que dice
pero dice la verdad.
Este almacén de sábanas que no arden,
este teléfono sin contestador,
la llamaré mañana, hoy se me hizo tarde,
esta forma tan cobarde
de no decirnos que no.
Este contigo, este sin ti tan amargo,
este reloj de arena del arenal,
esta huelga de besos, este letargo,
estos pantalones largos
para el viejo Peter Pan.
Esta cómoda sin braguitas de Zara,
el tour del Soho desde un rojo autobús,
estos ojos que no miden ni comparan
ni se olvidan de tu cara
ni se acuerdan de tu cruz.
No abuses de mi inspiración,
no acuses a mi corazón
tan maltrecho y ajado
que está cerrado por derribo.
Por las arrugas de mi voz
se filtra la desolación
de saber que estos son
los últimos versos que te escribo,
para decir "condiós" a los dos
nos sobran los motivos.
Esta paya tan lejos de su gitano,
este Penal del Puerto sin vis-à-vis,
esta guerra civil, este mano a mano,
estos moros y cristianos,
este muro de Berlín.
Este virus que no muere ni nos mata,
esta amnesia en el cielo del paladar,
la limusina del polvo por Manhattan,
el invierno en Mar del Plata,
los Versos del Capitán.
Este hacerse mayor sin delicadeza,
esta espalda mojada de moscatel,
este valle de fábricas de tristeza,
esta espuma de certeza,
esta colmena sin miel.
Este borrón de sangre y de tinta china,
este baño sin rimmel ni nembutal,
estos huesos que vuelven de la oficina,
dentro de una gabardina
con manchas de soledad.
No abuses de mi inspiración,
no acuses a mi corazón
tan maltrecho y ajado
que está cerrado por derribo.
Por las arrugas de mi voz
se filtra la desolación
de saber que estos son
los últimos versos que te escribo,
para decir "condiós" a los dos
nos sobran los motivos.
Discúlpeme, don Leonardo… es que esta mañana me enteré de su línea de pensamiento y no quedé conforme. Lo peor es que, tal vez, sí quedé conforme pero quisiera estar en desacuerdo y no me sale.
¿Qué es eso de dejar las cosas a mitad de camino? Es que si lo hace usted, ¿cúantos sentirán que tienen el mismo permiso? Hay que ser más responsable, fíjese que toda la humanidad lo admira y si lo llegaran a imitar nos perderíamos buena parte de lo que sus influenciados hubieran aportado.
Se rumorea que usted opina que una buena obra de arte, una vez que fue concebida y en su cabeza se considera completamente realizable, prescinde de la obligatoriedad de ser realizada. El arte consiste puramente en el proceso creativo, por lo que la etapa ejecucional demanda un tiempo y unas energías que son incompatibles con el espíritu creativo del artista. Ni siquiera es tarea del artista.
Hemos escuchado sabios de esquina arguyendo que una obra consiste en un diez por ciento de inspiración y un noventa por ciento de transpiración. O es cierto o alguien está tratando de recordar sin culpa al período en que al artista no se le ocurre nada y se entrega mansamente a pulir lo que alguna vez brilló en su imaginación.
Yo le confieso, y no me crea un atrevido que se quiere comparar con usted, que mis manos han sido a la vez moldeadoras del arte nacido en mi mente e impedimento para que el mismo luciera tal como lo veo cuando vuelvo a cerrar los ojos. Un nexo motriz incompetente con las exigencias de mis sueños. ¿Un estímulo que conduce a elevar el esfuerzo o una promesa de frustración?
Permítame por quince segundos, don Leonardo, recrear en mi interior la voz de Elvis. Imito “Love me tender” con tal perfección que el mismo Presley confundiría su propio canto con mi actuación. Durante los siguientes quince segundos recrearé un fragmento de la misma versión, pero esta vez cederé a la impureza de ejecutar aquella obra de arte que en mi mente era nada más que idéntica a la original.
No quiero escuchar sus quejas, insisto en que mi imitación fue perfecta, tal vez usted no lo haya notado por causa de mi ejecución, que fue francamente deplorable. Plantéeme, si desea, el dilema de los límites físicos alrededor de la creatividad virgen, pero no derroque mi imitación de Elvis que fue insuperable, a excepción de su ejecución… que ni siquiera era obligación mía.
Probablemente con igual criterio, su máquina para volar era más avanzada que un helicóptero de estos días pero sus bocetos recuerden al interior de una máquina manual de picar carne. O su Mona Lisa era una dama en plena crisis de nervios a quien Munch intentó, cuatro siglos después, terminarla desesfumándole las comisuras flemáticas en dramáticos trazos de luz.
Mire, don Leonardo, las cosas hay que terminarlas para no que no las anule la falta de testigos, como a la flor del cuento del exitoso mediocre Prelles. No me haga creer que aquel ciruja sentado en el cordón de la vereda es, en realidad, un artista prestigioso que no sucumbió a la egolatría de pasar su obra por el peaje de su cuerpo… ni siquiera la corrompió dictándosela al más talentoso de los ejecutores. Sólo se limitó a afilar su cuchillo casero contra la piedra por horas, pero todos sabemos que es el artista más magistral que jamás haya arrojado la historia del arte universal. Probablemente.
Anímese, don Leonardo, no deje que los críticos lo juzguen de holgazán. Vea cuánto éxito acaricia Mark Kostabi con sus múltiples estilos. Aprenda arte de los verdaderos triunfadores. Prepárese una cena más que ésa no pudo ser la última. Yo le prometo que, tanto como esté a mi alcance, me voy a encargar de que se dejen de decodificarlo de una buena vez.
"No hay otros paraísos que los paraísos perdidos", se resigna Borges y parece tener razón. Me preocupa la claudicación ante lo aparentemente irrecuperable, destaco la memoria emocional como una herramienta valedera para que los hechos anteriores formen parte del presente. Revivir una vieja rabia o un amor de otros tiempos acelera el ritmo cardíaco en posible señal de que el pasado se funde irracionalmente (a veces involuntariamente) con el presente.
Es cierto que un buen ejercicio para que el pasado no quede eliminado es la memoria racional, la crónica de eventos anteriores desabastecida de lastre emocional. La progenitora de las nostalgias es la certeza de que el pasado está más lejos de la muerte que el presente y que el futuro está habitado, al menos, por un peligro del que no saldremos ilesos... seguramente habrá más de una situación riesgosa (desde gripes hasta rodar por acantilados), y si bien sólo una nos vestirá con el piyama de madera, no sabremos con antelación cuál y habrá que arremangarse y enfrentarla con o sin destreza, con arrojo o cobardía.
Para los adictos a la adrenalina, esa es la parte atractiva del porvenir (como Borges porfía en llamar al futuro). Para los cautos aterrorizador, y encuentran en la nostalgia una guarida irracional, emocional... la sensación de protección que dan los recuerdos idealizados. A mi criterio, ampliamente legítima.
Me gustaría ensayar algún antídoto para la muerte. Me seducen dos, sublimes e impugnables de a ratos: el amor y el arte.
El amor y su consecuencia animal, la procreación, derrota a la muerte de manera chambona... quedando en la memoria (en las nostalgias) de los que nos sobreviven. El arte, un descaro... la fanfarronada de que luego de enterrado seguirán encontrando respuestas en los pensamientos de Voltaire, en las figuras de Matisse o en la evolución de los colores en la voz de Goyeneche.
Algunos sostienen con ridícula aplicación que estos personajes no han muerto. Mi viejo tampoco.
Uno de los blogs que más frecuento, “El Toque Mactas”, publicó un espacio donde discutir sobre las relaciones iniciadas en internet, llamado Relaciones Peligrosas.
(http://weblogs.clarin.com/eltoquemactas/archives/2008/03/relaciones_peligrosas.html).
Debo considerarlo un homenaje a Diego Sotocornolla, personaje imprescindible en este blog.
Susa, una amiga de “Lo más importante se quedó afuera”, tal vez una de las más entristecidas “viudas” de Diego Sotocornolla, dejó una reflexión en esa oportunidad.
Gracias, Susa, por tu comentario:
Estamos en duelo. Yo, por lo menos, sigo en ese estado. Sin saber bien qué ha ocurrido, tomamos café y conversamos. Sólo hay una tremenda realidad. Alguien, mas o menos querido por cada uno de nosotros, tomó una desición sin retorno.
Y estamos aquí, frente a su ausencia, preguntándonos por qué y dando respuestas como quien da palos al agua.
Cuando alguien “con la vida por delante” decide terminarla, lo decide de una manera “no natural”. No es valentía ni cobardía. Es la caída en un pozo oscuro de melancolía sin esperanza. Eso no le ocurre a cualquiera. Eso que acabo de escribir, no significa nada. Hay seres sensibles. Alguien habla por allí de depresión. Yo me animo a decir melancolía. Hay seres que por ser sensibles, pueden derrochar optimismo hoy y caer en el espiral melancólico mañana. Es su naturaleza. Esos seres suelen ser interesantes en la vida. Generalmente se atren mutuamente.
El temperamento.
La capacidad de ser conmovido.
La capacidad de tener fuerza para conmover.
Conmover en lugares hondos, profundos del ser.
Las necesidades de ser completado, poseído, sometido, el deseo de poseer el alma del otro...
Cuando se tiene ese tipo de temperamento, se es vulnerable. Esa vulnerabilidad puede traer consigo una resiliencia, o no. Resiliencia es es capacidad que tienen algunas personas de salir airosas de la adversidad.
A veces se manifiesta como frialdad, pero no sé, tengo mis dudas. Los fríos son mas bien mentales, cognitivos, intelectuales. Poca pasión y mucha lógica.
Nada es mejor o peor. Hay gente para todo.
Paulaval dice alg muy interesante: describe a un temperamental deprimido, melancólico. De la pasión de un encuentro idealizado al dolor de no ser correspondido hasta caer en el oscuro hueco de lamelancolía. Alienarse en un dolor interminable.
No soy amiga del dolor, y mucho menos, enemiga de la euforia.
Alguno que ha escrito por aquí, en este velatorio donde todos lloramos, que “todos vamos a morir”... sólo me doy vuelta y dejo demirar el cajón para decirle “pelotudo, rajá de este lugar con tus tesis demostradas hasta el hartazgo, llorá si podés, y si no, volá a escribir pelotudeces e internet... que te ayudan a disfrutar el día”
Y ya está.
Deprimirse.
¿quién nunca se deprime?
Ver todo negro, el futuro, el pasado, el presente y hasta al pluscuamperfecto.
Consultar a tiempo.
Hay personas tan intensas que nunca hacen nada a tiempo.
Amemos a nuestro pequeño amigo, Diego. Diego es un apasionado, un intenso amante de las mujeres, de su madre, de Mery, de todas y de esa, esa que quizá estaba ciega, como ciega es muxa gente que se cruza con estas almas.
Pero no de mí. Yo me emocioné tremendamente cuando Diego jugó el tema de nuestra relación Madre/Hijo. Me emocioné cuando inmensidad imploraba a las yocastas.
Es que creo que Diego era intenso. Todas estábamos locas por él, locasamigas,locashermanas,locasmadres... Diego exaltaba nuestra feminidad. Honraba la de su madre.
Por eso creo, queridos compañeros, que una mujer, queriéndolo o sin querer,terminó con su vida.
Porque Diego se entregaba a los brazos femeninos. Es que tenía una gran madre.
No creo que soportase la falsedad y la mentira.
Tenía una madre dulce.
Diego era frágil.
Pero podía enfrentarse a torombolo de una manera fuerte, porque Toro es XY (para hombre le falta).
Diego era Diego. Se melancolizó por algo. Nadie, ni su familia,ni los que elteníamos cariño, nos dimos cuenta. Es que era inteligente y libre.
Por eso logró irse de aquí.
En los velatorios pasan cosas extrañas.
Estoy un poco borracha.
Susa
Dejo aquí seis canciones bien diferentes entre sí, no con ánimo de generar un programa musical ecléctico ni para arrinconar canciones desclasificadas. Media docena de himnos profanos que el Lic. Alfredo Medina Sinclair me pidió que publicara.
Se está preparando un material que dará explicaciones más acabadas, por ahora está a disposición de quien lo desee, un simple puñado de buenos temas. Sugiero meterse bien en las letras.
I was a sailor first, I sailed the sea,
then I got a job, in a factory.
Played Butlin's Camp with my friend Rory,
it was good for him, it was great for me.
Livepool I left you, said goodbye to Madryn Street
I always followed my heart, and I never missed a beat.
Destiny was calling, I just couldn't stick around.
Liverpool I left you, but I never let you down.
Went to Hamburg, the red lights were on,
with George & Paul, and my friend John.
We rocked all night, we all looked tough.
We didn't have much, but we had enough.
Livepool I left you, said goodbye to Madryn Street
I always followed my heart, and I never missed a beat.
Destiny was calling, I just couldn't stick around.
Liverpool I left you, but I never let you down.
In the USA when we played Shea,
we were number one, and it was fun.
When I look back, it sure was cool
for those Four Boys from Liverpool.
Livepool I left you, said goodbye to Admiral Grove,
I always followed my heart, so I took it on the road.
Destiny was calling, I just couldn't stick around.
Liverpool I left you, but I never let you down.
La la la la la la... Liverpool!

Frónesis es una Asociación Civil sin fines de lucro dedicada a brindar asistencia y asesoramiento a personas con necesidades especiales y en situaciones de riesgo, como discapacidad, violencia o determinados problemas de salud (sida, diabetes, salud mental, etc.).
Ya se habló tanto de no discriminar, de abolir términos como discapacitados o minusválidos, ya se cayó en tantos eufemismos para evitar decir niño down o para borrar de la gente la característica peyorativa de mogólico... Creo en el Poder de la Palabra, pero ya se habló tanto...
Ya se habló tanto que llegó la hora de callarse y hacer cosas. Aunque suene contradictorio, propongo hablar un poquito más. Hablar con quien puede convertir cualquier esfuerzo en ayuda concreta.
Sólo hay que invertir unos minutitos contactándose con Frónesis, a través de la
Prof. Alba Mirás, al teléfono: 011-1561953201
...o por e-mail, a: fronesisong@yahoo.com.ar
Tiempo, dinero, juguetes, ropa, muebles usados... todo es valiosísimo y bienvenido.
Si no yo, ¿quién? Si no ahora, ¿cuándo?
Querida Moni:
¡¡¡Hola mi amor!!! Disculpame que no te escribí ni bien llegué, como habíamos acordado, pero el vuelo me mató y no conseguí hacerme entender en el hotel para que me habiliten el servicio de correo electrónico.
¿Cómo te estás arreglando con los niños? ¿Cómo le fue a Juli en el proyecto de ciencias? ¿Se le cayó ya el dientito a Dana? Ojalá que no, y que aguante tambaleando una semana… me muero por ser su ratoncito Pérez.
Acaban de avisarme que ya puedo revisar mi correo, así que pude leer tu mensaje. Te agradezco tus palabras de consolación por todo lo que te imaginás que tuve que pasar, pero me tengo que asumir un caprichoso… el común de la gente consigue disfrutar de esto de lo que me quejo desde que me subí a un avión por primera vez.
No es que sienta miedo de volar ni que sienta que los aviones sean frágiles o poco seguros. Hay gente que dice que si debiéramos volar habríamos nacido con alitas, pero no es mi caso.
No me gusta volar, me gusta llegar. El trámite de aeropuertos me incomoda aunque no tanto como el trámite de estar en el avión en un espacio reducido con olor a aire acondicionado. Encima, las azafatas trabajan de ser gente muy simpática y me desagrada su sonrisa cuando me ofrecen cafeína en vez de algo mágico que quite el fastidio. Tal vez por eso sea que amo llegar a los aeropuertos… el alivio.
Ya sabés como soy, a veces me entretengo con cosas que no llaman mucho la atención… ¿Sabés qué me gustó? El tramo que caminé desde el avión hasta la aduana… no tiene nada de particular, pero el primer contacto visual con gente del país (y esto pasa en cualquier país del mundo donde uno vaya) es el personal de limpieza con todas sus cualidades étnicas a flor de piel, obligados a verse pulcros pero con cara de desaprobar lo que les ha tocado hacer, sin mirar a la gente, dedicándole varios minutos a recoger con sus herramientas (a veces más sofisticadas que prácticas) una coletilla rebelde o un papel de chocolate.
Me hubiera gustado que entráramos juntos a las tiendas libres de impuestos para ver en los empleados la otra cara de la moneda. Gente que tampoco pertenece a la clase acomodada del país, pero que huelen y visten como si lo fueran… tal vez por exigencia de sus patrones, pero les gusta. Las mujeres sobremaquilladas, los hombres con una cordialidad casi afeminada, ostentosas joyas de poco valor, sonrisas corporativas y exagerada calidez en la escena de la venta de un paquete de pilas.
Luego la burocracia. Ahí dejo de ensayar mis mejores caras y respondo con la misma grosería con que soy atendido, no sé por qué… ellos no lo notan y yo quedo tenso, pero siempre decido ser descortés con ellos. A ellos les noto los mismos rasgos étnicos que al personal de limpieza y la misma pulcritud que los empleados del free-shop, aunque esta vez no corporativa sino gubernamental.
Lo mejor fue lo último. Después de haber caminado unos veinte minutos entre hacer mis compras, recuperar mi equipaje y hacer sellar mi pasaporte, mis piernas ya estaban desentumecidas y recién ahí sentí el cansancio en todo mi cuerpo. Seguro que estaba despeinado, que mi frente brillaba y debía tener algo arrugada la ropa. Para alivianar mi sensación antisocial mejoré mi aliento con una pastilla de Halls… te imaginé sugiriéndomelo sutilmente. Ya tenía permiso de adentrarme en el país y después de tantas horas de hacinamiento en el avión y de aeropuertos amplios y frescos, salir a la calle era lo que esperaba aunque no estaba preparado para el clima de afuera. Mis pupilas se resistieron un par de minutos a la luz natural.
No te estoy reprochando que hayas elegido quedarte en casa, pero me habría sido más fácil estar acompañado a la hora de aceptar que no me esperaba nadie conocido… es que así son los países, funcionan sin la necesidad de que uno llegue. No te niego que también tuvo lo suyo de lindo cuando nadie vino a buscarme; me quedé parado en la mitad de la sala de arribos con una valija en una mano, medio inclinado haciendo contrapeso al bolso azul que me calcé en el hombro y mirando la nada con los ojos bien abiertos como Juli en el patio de la escuela su primer día de primer grado. Aunque las sensaciones son intensas, razono que ese momento es el perfecto: todo está por venir, uno está medio intimidado, reconozco que con miedo, pero lleno de promesas, hasta ese instante no hubo un solo “no”, el listado de cosas por ocurrir estaba bien abultado… y se irá desabultando cuando las expectativas comiencen a disolverse en la realidad.
Camino al hotel disfruté de las banalidades como subirme a un taxi, escuchar radio local, comerme el camino con los ojos, comparar los paisajes naturales con los prejuicios que traía, buscar entre los carteles de publicidad las marcas conocidas y dejarme sorprender por las que jamás antes ví.
Llegar al hotel es fantástico, aunque uno traiga las peores intensiones es recibido como un Señor. Me condujeron hacia mi habitación sin dejarme ni tocar mi equipaje, lo supe recompensar con unos billetes pero con menos franqueza que con la que me lo agradeció mi hombro. Desempacar es reencontrarme con mi intimidad en un sitio al que no pertenece. Mi afeitadora, mis camisas dobladas por vos y el libro que empecé la semana pasada me devolvieron parte de la identidad que tuve postergada durante todo el día. Te agradezco mucho que hayas escondido dibujitos de los nenes entre mis cosas, los extraño como si hubiera salido de casa hace meses… pero mejor cambio de tema porque no me gusta llorar ni cuando no tengo testigos.
Parece que esos cursitos que compramos de algo sirven: debieras enorgullecerte de lo bien que tu marido puede manejarse en un lugar desconocido donde el idioma es un enigma de sonidos que se suceden sin parecer transportar mensajes. Pronto saldré a almorzar y ví que cerquita hay un local de Pizza Hut… me recuerda a nuestro último viaje, también fue en esa cadena de pizzerías, ¿te acordás?… me confundí con la plata, pagué mal, la empleada miraba a través mío apurándome, la gente de la fila pensó que era un imbécil, no un turista… me guardé los billetes del vuelto hechos un bollito en el bolsillo y hasta que no llegamos al hotel no me enteré de cuánto nos costó el almuerzo. Me acuerdo que me hiciste notar que la Pepsi de casa tenía otro gusto y más gas, y que la pizza era con menos salsa y no tan picante.
Mañana tengo la primera reunión y, aunque estoy un poco cansado, voy a aprovechar esta tarde para salir a conocer la ciudad. Vos sabés a qué llamo yo “conocer la ciudad”… no entiendo el mapa que me dieron en el hotel, me pierdo, conozco los suburbios y esquivo los puntos atractivos, compro una camisa por el doble de su valor en el centro y a las tres horas vuelvo al hotel a escribirte que el paseo fue maravilloso y que la ciudad es hermosa.
Ya me faltan seis días y medio para volver a casa, la verdad que me gusta más estar con ustedes que extrañarlos, pero extrañarlos me hace bien.
Te prometo que, a más tardar, mañana te vuelvo a escribir.
Besitos,
Yo.
Una de las canciones que más he escuchado en mi vida...
You say you want a revolution
Well you know
We all want to change the world
You tell me that it's evolution
Well you know
We all want to change the world
But when you talk about destruction
Don't you know you can count me out? (in!)
Don't you know it's gonna be alright?
Alright?
Alright?
You say you got a real solution
Well you know
We'd all love to see the plan
You ask me for a contribution
Well you know
We're doing what we can
But when you want money for people with minds that hate
All I can tell you is brother you have to wait
Don't you know it's gonna be alright?
Alright?
Alright?
You say you'll change the constitution
Well you know
We all want to change your head
You tell me it's the institution
Well you know
You better free your mind instead
But if you go carrying pictures of Chairman Mao
You ain't going to make it with anyone anyhow
Don't you know know it's gonna be alright?
Alright?
Alright?
Alright!
por Diego Sotocornolla
publicado a instancias (involuntarias) de María HegouaburuAlguien me enteró que esta ciudad es terreno fértil para la próxima generación de edificios inteligentes… que regulan o generan su propia fuente de energía, aprovechan espacio, distribuyen de forma programada la densidad de la población, etc. etc...
¿Cómo expresar la melancolía que me provocan los rascacielos sin que parezca que me caen mal?
Está bárbaro que la ciudad crezca, y que creza para arriba, que ahorre energía, que aglutine 3000 personas donde antes metían 600. Claro que es inteligente.
Pero los rascacielos son todos iguales, cuando uno mira un edificio torre de Kuala Lumpur, de Qatar o de Nueva Zelanda, los tres son iguales. Son a la vez sensacionales y corroen la identidad de una ciudad.
Son como los shopping centers, que en Buenos Aires, San Pablo o Londres se ven iguales, venden los mismos productos y el patio de comidas tiene el mismo olor.
Un edificio torre argentino debiera tener piso de baldosa acanalada para que los pibes jueguen a los autitos y las señoras salgan a baldear. Los ascensores debieran ser con boleto, para poder darse el gustito de viajar colado. En algún piso debiera estar la escuela y en el departamento de al lado un kiosko para salir corriendo a comprar golosinas y fichus. Debiera tener esquinas para ajustar cuentas o confesar un amor. Y que venga un arquitecto y se las ingenie, porque todos los departamentos, incluso los del piso 54, tienen que tener patio con macetas para que las madres las protejan de los pelotazos.
¿No son una mutilación a nuestra identidad?
¿Por qué tenían que ser tan lindos los rascacielos?
Desde los inicios de la humanidad, a veces por mandato topográfico o meteorológico, pero muchas más por propia voluntad, el hombre abandona el sitio al que es común para encontrarse, aunque más no sea transitoriamente, en otro.
Amenazas de volcanes, migraciones hacia tierras más fértiles y éxodos masivos nutren los libros de historia, pero los relatos de Marco Polo, de Colón o de Gulliver dejan entrever tanta fantasía como realidad, porque viajar es la oportunidad de combinar lo imaginario con lo posible, es el desquite del hombre a su frustración anatómica de cumplir el sueño de levantar vuelo.
Hasta en nuestros días, la respuesta que arrasa en las encuestas acerca de qué hacer con una inesperada fortuna, es viajar. La Gran Muralla o el Partenón pueden ser la fijación de dos vecinas que fantasean mientras baldean la vereda. Programas de viajes en televisión y folletos de agencias de turismo no se escapan al ojo del curioso. Fotos de Yucatán y del Muro de los Lamentos mitigan el horror en las salas de esperas de los dentistas.
No caben dudas de que el deseo de viajar está en la configuración de origen del ser humano, sin embargo algunos prefieren renunciar a aceptar el llamado de su naturaleza nómada y encontrarle razones a los viajes. Los lectores de pósters para adolescentes dirán que viajan para reencontrarse con sí mismos y los que se regocijan con todo tipo de victorias se apurarán a refutar que para eso no era necesario atravesar el océano.
Mi amigo el Loro se encuentra a sí mismo alcanzando estados superiores de la mente entre las estaciones L. N. Alem y Paso del Subte B. Le creo cuando confiesa que, sentado o parado, el sopor se le torna meditación y a través de la contemplación de la negrura de los túneles, el compás de las ruedas al pasar por las juntas de las vías, el vaivén rítmico y el olor a humedad y máquinas, consigue resolver enigmas ancestrales, ingeniar los más exitosos negocios o enamorar a la morocha adormilada junto a la ventanilla. Esos alumbramientos de sabiduría absoluta, repentina y fugaz nunca los va a compartir con nadie y preferirá distraer la atención exagerando comentarios sobre la señorita avistada o invitarnos a un sandwich de tortilla de papa en figaza árabe al concluir su próximo recorrido. Para aquellos que hemos visto al Loro durmiendo y que lo hemos visto viajando en subte, sabemos que es verdad que entra en trance.
Las razones por las que uno viaja están en el sitio elegido para el periplo, es decir que uno va a encontrar exactamente lo que buscaba, aunque tenga que mentir para corroborarlo públicamente. Cuando una persona viaja a la India espera volver cambiado. Y vuelve cambiado. No es que cenar en Nueva Delhi transforme la línea de pensamiento y el estilo de vida del viajante sino que el que quería ser influenciado por una cultura diferente lo consigue tanto en la India como en Villa Carlos Paz.
Con el mismo criterio que liga a las razones con el lugar a visitar, es fácil denotar el objetivo del viaje de tres amigos varones que salen solos por una quincena a Brasil. Así como nadie visita Beirut en busca de aventuras amorosas, las playas de Río de Janeiro no atraen en masa a arqueólogos ni a afinadores de contrabajo. Lógicamente, aunque la sociedad los obligue a regresar con anécdotas erógenas, es posible que sus objetivos no hayan pasado de apreciar visualmente las cualidades estéticas de las lugareñas. Sin embargo contarán sobre romances apasionados y promesas canallas de amor que han proferido sabiendo que no cumplirán.
Es que ahí está el objetivo real del viaje: el regreso.
Un viaje no se consuma hasta que no se vuelve al punto de partida para divulgar los detalles de la odisea. Todo es válido; que la gente era amable, que el frío era espantoso, que la comida era distinta, que las camas eran más angostas o que las nubes eran más voluptuosas, ratifican la necesidad de culminar el viaje con las conclusiones finales.
También son válidas las conclusiones de lo que se ha sentido, más allá de dónde ocurrió. Para unos el recuerdo del viaje es el de haberse manejado bien en una lengua ajena, para otros haber extrañado o no haber querido jamás regresar. Los diarios de viaje no son nunca una bitácora para futuros viajantes, más bien son el álbum de fotos de las sensaciones. Un tobillo torcido en República Dominicana es un hecho menor hasta que se convoca al ungüento mentolado de la abuela. Darle un descanso a los pies en la Puerta del Sol significa que habíamos caminado juntos por horas y que sólo nos teníamos el uno al otro, teníamos todo lo que queríamos.
Desde la fantasía de viajar por el tiempo, hasta la posibilidad de pasar un domingo en Montevideo el viaje no es haber viajado sino hasta estar de vuelta. Llegar a casa, encender las luces, darse una ducha, meterse en la cama de uno, mirar un programa viejo de televisión, ignorar al libro que sigue esperándonos sobre la mesita de luz, decidir no atender el teléfono y quedarse quieto bajo las sábanas es estar de nuevo en casa. Cuando se sienten todos los músculos distenderse, antes de quedarse dormido, los recuerdos del viaje son dulces y se suporponen uno sobre otro, se interrumpen inquietos pero igual nos dejan dormir. Hemos llegado, hemos viajado.
Entrevista con el Lic. Alfredo Medina Sinclair
Agradecemos mucho al Comité de Discusión Regional y a la Fundación Panatea, que nos posibilitaron el acceso a esta entrevista con el Lic. Alfredo Medina Sinclar, Director del ENACSA, Miembro del Programa Nacional para la Distribución de Ciclos, Ex Garante de la Paz de París de 1999 (con actual sede en Oporto) y recientemente honrado con la Cobra de Piedra, que, además de ser el único extrangero en haber recibido esa mención, este año la recibe por tercera vez consecutiva.
El Lic. Alfredo Medina Sinclair usualmente no concede entrevistas, razón por la cual estamos especialmente agradecidos con que nos reciba en su despacho.
–Muchas gracias, Lic. Alfredo Medina Sinclair por el tiempo que nos dedica.
–Al contrario, el agradecido soy yo de poder acceder al medio que Ud. representa.
–En su discurso de cierre de la Exposición Artibe, Ud. definía a a las mutaciones de denomainación a las que solemos someternos no como una renovación de identidad sino una reacción contra la misma. ¿Abrió voluntariamente el debate?
–Cómo lamento que esta sea la primera pregunta. No me dedico a una actividad que nutra de escándalos a la prensa elemental y pareciera que en esta entrevista debiera explicar si lo que opino varía según quién lo escuche.
–Sabemos de la solidez de su opinión, pero es ineludible que el Comité Organizador de la Exposición Artibe está compuesto por miembros del Directorio de Industrias Solícitas S.R.L.
–Entonces voy a responder si existe alguna relación entre el cambio de imagen corporativa y nombre de sus electrodomésticos con la suba inédita de sus ventas. Es innegable que cambiar de nombre para un producto reconocido en mercados internacionales por décadas genera el fenómeno de prensa espontánea, que lo he definido como publicidad gratuita, similar a la suba de expectativas por ver a alguna celebridad que repentinamente sube 35 kilos, se afeita la barba o, inlcuso, cambia su nombre.
–¿Por qué, Licenciado, entonces habla de reacción contra el cambio?
–Es imposible exigir lealtad a una imposición sobre la que no se ha tenido oportunidad de debatir. Si este país repentinamente cambiara de nombre, no exija que los ciudadanos se identifiquen inmediatamente con el nuevo nombre. Si un equipo deportivo adoptara colores completamente distintos, nadie vestiría los nuevos colores con el fervor y la pasión con que se simbolizan viejas glorias. Distinto es si el cambio de nombre es propuesto por las mayorías, por hacer de derecho una identidad preexistente.
–¿Como el caso de una patria gitana, según lo explora Ud. en su “Camino al Anonimato”?
–“Gitania”, evidentemente. En los casos de las naciones los ingredientes son más lejanos y las consecuencias requieren un estudio más detenido. No por nada Caledonia, Ceilán o la Provincia de Rojamayor hoy tienen otros nombres.
–Hasta la nota musical Do antiguamente tenía otro nombre, usando la frase final de su libro.
–Todos respondemos a un nombre con que nos sentimos cómodos, nos identificamos y nos interesa que se propague. Y también todos tenemos un nombre con el que tenemos ciertas incomodidades.
–¿Todos, Licenciado? ¿También Ud.? ¿Podría darnos un ejemplo?
–Con mucho gusto. Un grupo de personas me llaman Lic. Alfredo Medina Sinclar, Director del ENACSA, Miembro del Programa Nacional para la Distribución de Ciclos, Ex Garante de la Paz de París de 1999 (con actual sede en Oporto) y recientemente honrado con la Cobra de Piedra, que, además de ser el único extrangero en haber recibido esa mención, este año la recibe por tercera vez consecutiva. Son definitivamente unos idiotas descerebrados, mis amigos me llaman “El Negro Medina”.
Nunca antes en mi vida había notado que no soy japonés.
Es común ver por todos lados contingentes de japoneses registrando metódicamente en sus cámaras electrónicas todo aquello que al resto de la humanidad les entra por los ojos. Tal vez si uno fuera a Japón tampoco quisiera perder un solo instante de la visita y no consigo entenderles su hábito compulsivo de filmar y fotografiar. ¿Tendrán tiempo para después ver las imágenes que capturaron? ¿Dormirán 3 horas diarias y dedican el resto de la noche a mirar sus fotos? ¿Miran fotos o se toman fotos mirando las anteriores para no olvidar que ya las miraron?
Lo que sí puedo aseverar es que los que tenemos el hábito opuesto perdemos registro de imágenes importantes de nuestras vidas. Saliendo en mi propia defensa argumento que las imágenes no impresas en papel quedarán grabadas en mi memoria, alojadas en algún cajón de mi cerebro al que puedo recurrir en todo momento, esté firmando cheques, jugando tenis o agonizando.
Sin embargo a veces me hubiera gustado ser japonés. No lo descubrí ni viendo a Julián como un bebé de 2 minutos de nacido ni a Dana de la misma edad. Lo descubrí viendo a Julián en el momento que Moni y yo le presentamos a su hermanita de pocas horas de edad. Todas las cámaras tomando los cachetitos que asomaban entre sus ropitas enormes y torcidas, sus expresiones de llanto, su grito sordo de pedido de teta e intimidad con mamá, sus deditos tensos y sus pataditas involuntarias. Todas las visitas haciendo enfoque en la parturienta que reprimía las mismas sensaciones y a medio metro, entre las camperas arrojadas sobre la silla de al lado de la cama, Julián sentadito a la sombra. También era un bebé, sólo que de poco más de dos años, pero todavía con pañales y lenguaje sólo entendible por Moni y por mí. Aliviando a Moni de las succiones de Dana, y con extremo cuidado, coloqué a Dana sobre el regazo de Julián, lo ayudé a no dejarla caer ni a sentirse torpe y le dije: es Dana, tu hermanita.
Yo creía que había conocido todos los gestos y ruiditos que mi bebé grande había hecho hasta ese momento, pero levantó la mirada hacia mí, sonrió con la comisura derecha y sus ojitos me comunicaron durante unos segundos una expresión que no le conocía. Le adiviné alegría aunque si ese gesto lo hacía un adulto habría sido por melancolía. ¿Qué nostalgias puede tener un bebé de dos años?
Nunca más le ví esa carita ni la volví a ver en otra persona.
Si fuera japonés la estaría sacando de mi billetera para que la veas.
Me pedí otro café a pesar de que si me apuraba llegaba a tiempo. La lluvia era buena excusa y me sentía menos vulnerable en ese sitio ruidoso. Sin embargo la verdadera razón por la que no salí del bar es porque me enganché con la conversación de la mesa de al lado.
Tendrían alrededor de 20 ó 25 años y discutían apenas acaloradamente. Creo que no notaron que sólo me faltaba opinar para aceptar oficialmente que ya participaba de la conversación. O no les importó.
El que se sentaba cerca del espejo, con lentes de intelectual y sin cara de haber leído mucho, defendía que Woody Allen nunca dejó de ser cineasta aunque ya no haga tantas películas como antes. Los otros dos, definitivamente los exégetas del grupo, esgrimían que para ser cineasta hay que hacer cine, así como que para ser cocinero hay que cocinar o para ser deportista hay que practicar algún deporte. El de lentes, arrinconado por la desventaja numérica pero resistiendo entregado a su teoría, intentó ridiculizarlos potenciando el discernimiento de sus oponentes a la especulación de que si un cineasta hace una película cada dos años, son más los momentos de su vida que no está rodando ninguna película que los momentos que sí. Y si entonces no se lo debiera considerar cineasta, con ese mismo criterio, un mesero que pasa menos tiempo tomando pedidos, recomendando vinos y llevando el menú a los comensales que caminando de la cocina al salón, no debiera ser llamado mesero…
–¡Caminante! ¡caminante! –llamó dirigiendo la mirada más allá de las mesas mientras sus amigos dejaron de ahogar sus carcajadas.
Los escuché divirtiéndose imaginando los conflictos delirantes de los empresarios gastronómicos que se opondrán a contrarar personajes que apenas de a ratos ofician de meseros para interrumpir sus caminatas… pero la lluvia me distraía de esa conversación, no sé si en forma voluntaria para sentirme menos indiscreto o porque ya había perdido todo atractivo.
Mirar la lluvia por la ventana puede ser desolador o sugerente, pero sin dudas monótono. Reconozco que, de igual manera, esos muchachos me dejaron pensando… No se debe entregar una vida entera a una función única para ser definido con justicia por ella, sin embargo más común es el caso opuesto, el de las personas definidas por un talento arrebatado.
Uno de mis maestros, el escritor Armando Prelles, alcanzó la gloria sin escribir. En 1956 se unió al grupo de creación literaria “Asfalto” y hasta 1959 apareció su nombre publicado en su gacetilla mensual “Asfalto Puede”, aunque jamás una musa le ha soplado, aunque sea por compasión, un solo relato. Sus compañeros respetaron su silencio creativo a la vez que se hicieron populares y sus libros superaban las cifras calculadas de ventas.
Fue un momento de alta efervescencia creativa. Se conjugaron en “Asfalto” todos los elementos que transforman un manojo de ingredientes en un menú exquisito. Y la gente lo sabía apreciar… tal vez en otras épocas existieron movimientos literarios más prolíficos o de mayor valor, pero “Asfalto” era exactamente lo que todos esperaban… lo que hacía falta, lo oportuno. Artistas expresivos, introspectivos, investigativos, jocosos, ácidos, afables, carismáticos, organizativos e indisciplinados nutrieron opíparamente la escena narrativa de esos años.
Interminables noches encendidas de fervor creativo llenaban mes tras mes las páginas de “Asfalto Puede”, que no demoró más que unos pocos números en convertirse en la columna vertebral de la elite intelectual a la que los nuevos escritores soñaban con pertenecer.
Los críticos, más que piadosos fueron temerosos con ellos. Se sabían frente a un movimiento innovador que convocaba a las masas y antes de peligrar su propia reputación, optaron por respaldar y, ocasionalmente, incentivar las maniobras del grupo, transformándose sin proponérselo, en sus más fieles representantes.
Todos los artículos, ensayos, cuentos y demás narraciones contaban con la firma de personajes que veían crecer su fama día a día. El nombre y anonimato de Armando Prelles se transformó en un mito; su ignorada ausencia de inspiración y talento combinada con la suspicacia especulativa de los lectores de “Asfalto Puede”, lo supuso el gestor, el mentor del grupo, el gran titiritero de la obra. La desbordada capacidad de los lectores por captar mensajes subliminales, jamás perpetrados en las entrañas del grupo, le atribuyeron a Armando Prelles cada uno de los logros de sus compañeros y lo transformaron en el icono del emergente movimiento cultural.
Los padres de familia enviaban a sus hijos a la escuela donde había estudiado Armando Prelles. La Biblioteca Nacional inauguró la Sala Armando Prelles, donde se había generado un espacio para los libros de nuevos escritores de vanguardia que, poco tiempo antes, no tenían su oportunidad frente a los clásicos y ahora los habían desplazado con insolencia. La Escuela Municipal de las Letras de Praga otorgaba la Beca Prelles para los estudiantes capacitados en llevar el trabajo de Armando Prelles a todos los idiomas de Europa.
El censo de 1958 arroja la curiosidad de que una de cada cuatro familias llamó Armando a sus hijos varones y una de cada tres, eligió Armando como segundo nombre.
La fábula urbana de Armando Prelles se propagaba a fuerza biografías escuchadas en cafés y taxis. Sus admiradores no necesitaban de su obra para admirarla y se inventaron su persona, su personaje y su personalidad. Un becerro de oro idolatrado en pleno siglo XX. Rebuscaron lógicas tan ilógicas como que la coincidencia de iniciales entre los nombres “Asfalto Puede” y Armando Prelles fue el homenaje previo del resto de los colaboradores en nombre del movimiento que estaban por liderar. Tampoco creyeron casual que se llamara Armando la persona encargada de armar una selecta generación inspirada, la joven vanguardia, la revolución cultural y la Patria Grande.
Para esos días mi maestro supo sacarle provecho a su empleo de jefe de cátedra en una universidad estatal. Sólo él y sus leales compinches sabían, y se esmeraban en ocultar, que su silencio literario era hijo legítimo de la deserción de sus facultades. Este estrellato no podía durar mucho tiempo y había que atesorar algo de él para el futuro.
En la universidad pudo rodearse de muchachos poseídos de exaltación creativa. Se mantenía cerca de ellos sin conseguir evitar comparar sus aptitudes con las propias, con una amarga impotencia y con la insana esperanza de que todo ese fervor y claridad juveniles fuesen recursos contagiosos. Los complicados ejercicios cerebrales que perturbaban sus pensamientos le imprimían una conducta taciturna y enigmática durante las reuniones, pero los alumnos entendían su nula participación como una benevolente señal de modestia o el permiso a un ejercicio de creación libre.
En 1959, preso de su incapacidad creativa y lleno de disculpas para no escribir a causa de las horas diarias entregadas a la universidad, y las nocturnas a los homenajes, pronosticó con inusual sensatez el desmoronamiento de su castillo de naipes y, conciente de su irreparable mutismo, decidió aminorar el bochorno adelantándose a la hecatombe. Tomando distancia del grupo “Asfalto”.
En su ejemplar de Agosto, “Asfalto Puede” anunció el retiro de Armando Prelles, la natural consecuencia de la disolución del grupo y la inesperada descontinuidad de la exitosa publicación.
La noticia causó un impacto desolador entre los lectores. Sus vidas culturales y cotidianas, sus quimeras y sus nortes habitaban las páginas de “Asfalto Puede”. Lo que todos ignoraban era la realidad oculta de “Asfalto”, la química que mantenía unido al grupo se había evaporado entre las más nobles y las más mezquinas necesidades íntimas de sus miembros. La antigua atmósfera de camaradería se había reducido a la solidaridad de los integrantes más generosos con su amigo Armando. Dos de sus compañeros se habían trasladado a Barcelona hacía más de un año. Otro de ellos se había enemistado con el grupo y los dos restantes estaban dedicados a su labor literaria de manera personal, desatendiendo todo vínculo con la revista y con el clan.
Desprovistos de verdades, los seguidores de “Asfalto Puede” reclamaron con vivacidad pagana un número especial a modo de despedida. Armando sabía que esta despedida involucraba su alejamiento definitivo de lo que, con más éxito que justicia, lo ligó al mundo de las letras.
Los compromisos editoriales avalaron la aparición de un último número, que se debía publicar en el mes de Diciembre de 1959. Sin embargo, después de las cinco bajas sufridas por el grupo “Asfalto”, la tarea del sexteto recaía en su totalidad sobre el único sin credenciales para realizarla.
Durante los meses de Septiembre y Octubre, Armando intentó vanamente recuperar la colaboración de sus amigos, que ya estaban muy alejados de las actividades de “Asfalto”.
Su maltratado orgullo lo tuvo semanas dudando sobre si debía o no pedir la ayuda del enemistado ex integrante del grupo, quien al recibir su moroso llamado, lejos de negarse a atenderlo, lo invitó a reunirse en su biblioteca.
Ordenó a su asistente que trajera café para los dos y que no los interrumpiera por nada. Ya a solas, en el pecho de Armando se instaló una sensación de alivio. Sentía que los lazos afectivos con Eduardo Santillán eran más fuertes que cualquier contienda del pasado. Tenía a menos de un metro la mirada serena de su viejo amigo, y una sonrisa cortés gobernando su bien afeitado rostro.
Armando respiró esa calma y se dejó contagiar por ella. Se destensaron sus músculos faciales y sus manos comenzaron a perder humedad. Aprovechó para reclinarse cómodamente en el sillón que lo reencontraba con su viejo cófrade. Se acababa un silencio de más de medio año.
–Gracias por recibirme –suspiró Armando.
–Gracias por llamarme. Quedaban asuntos por conversar y ahora que se disolvió “Asfalto” mi silencio perdió valor.
–Sé que las finanzas del grupo estuvieron mal manejadas desde un principio –interrumpió Armando como un recurso comprensivo para recuperar la frágil placidez que inauguró la reunión.
–Es cierto, pero la revista se vendió bien. Hace dos años que está llena de publicidad… se pudieron haber hecho mejor las cosas pero igual nos ha dado de vivir dignamente.
–Entonces, ¿qué es eso tan misterioso que recién ahora se puede hablar?
–¿Leiste “Espada de Fuego”? –preguntó un irónico Santillán.
–Sí, ¿por…
–¿Leíste “Roca en las Venas”? –arremetió esforzándose por no perder las formas.
–Esperá un… –intentó descargar Prelles infructuosamente.
–¿Estuviste en la entrega de los Premios Tinta 57? –descargó con violencia el escritor apenas incorporándose en su sillón y abandonando por completo su provocada serenidad.
Un nudo en la garganta de Armando Prelles fue la única reacción visible frente a la mirada de Eduardo Santillán, ya vestida con la misma furia que llevaba a las reuniones de “Asfalto”. Ahora el que trataba de fingir calma era Prelles, que no postergó el recurso de la torpeza para encontrar las palabras adecuadas. Su espalda había perdido contacto con el sillón y, escondiendo la mirada de la ira de su amigo, entendió qué había significado para Santillán que la confusión le haya atribuido la autoría de sus dos más prestigiosas obras. Recordó con pudor que hasta el discurso de agradecimiento por la entrega del premio fue escrito por su amigo, y sin embargo su orgullo fue auténtico cuando recibió la estatuilla de las manos del Rey Anders.
–Esos logros fueron también de “Asfalto”. ¿Los habrías conseguido sin el apoyo del grupo? –resistió Armando con lealtad corporativa.
–Y vos, con todo el apoyo creativo del grupo… ¿conseguiste escribir algo?
–Mi aporte al grupo ha sido definidamente creativo. No escribir entre escritores era lo que ustedes necesitaban para que el grupo funcionara… no podés negar que mi imagen le ha sido tan provechosa a tu obra como tu obra a mi imagen. Ese es el significado de trabajo en equipo…
El silencio de Santillán estimuló la confianza de Armando en su retórica, que creció hinchada de espontaneidad.
–¿Sabés que para que trabajaras en silencio en esta biblioteca alguien tenía que llevarse el bullicio a otro lado? ¿Quién llevó en sus valijas las letras de todo “Asfalto” de país en país? ¡Hoy todos somos reconocidos internacionalmente –se envalentonó Armando– y “Asfalto Puede”…
–¡Asfalto puede irse al carajo! –estalló Santillán– ¡ese pasquín era un grupo de bohemios acomodados que le pasaban a su amigo pobre la gloria que les sobraba!
–“¡Poráy cantaba Garay!” –sonrió Armando satisfecho– ¿eso tenías atragantado? Hacé de cuenta que te traigo una oportunidad; la gente de ese pasquín, como ahora lo llamás, quiere un último número. Queda poco tiempo, ¿por qué no les contás tu versión de la historia de “Asfalto”? Te sacás la espina que tenés atravesada y a mí me dejás como un idiota… matás dos pájaros de un tiro…
–No –resolvió Santillán serenamente después darle el primer sorbo a su ya helado café–. No quieras manipularme, Armandito. Te tenés que encargar solo de una revista y como de nuevo no se te ocurre nada, te sirve que yo llene tus páginas. Los lectores van a creer que están leyendo ficción… no tengo forma de hablar mal de vos y que me crean, menos en esa revista. Estuviste más de tres años de vacaciones sin escribir ni una palabra, hacé tu último esfuerzo… considerá este consejo la ayuda que viniste a buscar.
Los días siguientes, Armando no quiso salir de la cama. Decía estar indigestado, pero su insipiente barba, su pijama y su despeinado significaban que algo dentro de sí ya le había dado la razón a Santillán. Estaba abatido. Era como una mañana de resaca después de una larga noche de alcohol.
Aceptar el reto involucraba algo de ingenuidad, pero parte de su experiencia con “Asfalto” podía haberle dejado alguna huella en su capacidad literaria. Tenía mucho que probarse, la casualidad había sido muy generosa con él durante los últimos años, sin embargo clamaba un último subsidio del destino para sacarlo con hidalguía de la carrera de escritor y de su frustración. Se daba ánimo repitiéndose que este número debía llamarse “Armando Puede”.
Se afeitó, se dio una ducha, se vistió y se puso el perfume de escritor triunfante para aplazar su depresión. Insistió con que sus casi cuatro años en “Asfalto” y la constante influencia de los universitarios habían enriquecido su no explotada capacidad literaria. Tan sólo las migajas del movimiento que vio desde primera fila serían de inconmensurable ayuda para escribir su primer “Asfalto Puede”… el último.
Las primeras dos horas estuvo haciendo orden en la redacción de “Asfalto Puede”. Era irónico estar solo y en silencio entre las cuatro paredes que más aturdido lo habían visto meses antes. Intentó disfrutar esa sensación jamás antes experimentada, pero fue inútil… estaba en compañía de sí mismo y eso lo inquietaba. Se sintió amenazado por la ausencia de todo, incluso la de aquellas cosas que siempre desestimó.
Lavó las tazas del café encargado de prolongar el desvelo de la trasnochada del último número. Se mentía pensando que no se puede trabajar en desorden para no aceptar que no podía trabajar. Se paseó sin nostalgia entre los gabinetes y encendió todas las luces para desagravar el ambiente. Seguramente la oscuridad también lo asustaba. Recorrió la sala de reuniones silbando, entró al archivo, salió al patio y subió al estudio del fotógrafo. Pasó a la oficina de los diseñadores y sin prisa volvió a bajar al patio, que recién ahora notó que estaba mojado por la lluvia.
De regreso a la sala principal tomó el teléfono y organizó en menos de una hora todo el equipo que haría la revista… todo el equipo excepto los escritores. Había llegado la hora de escribir.
La mente se le dividió en dos partes exasperantemente igual de pesadas de sobrellevar. Tenía por un lado toda la presión de la gente que quería encontrarse con la obra del iluminado Armando Prelles, el que nunca existió; y por el otro lado, el sombrío Armando Prelles, el verdadero… el que sus buenos amigos disimularon que nunca fue escritor mientras él les disimulaba que tampoco fue amigo.
El prestigio que había comprado a crédito, ahora lo estaba pagando con dinero devaluado. Sintió pena por sí mismo y se dio cuenta que en los cimientos de la mentira erigió la morada de la soledad. Pensó mucho en su soledad y pensó en la soledad en un sentido más genérico.
El polvo que sopló de la lámpara de su escritorio se le metió por la nariz. El silencio hizo que el eco del estornudo rebotara de pared en pared…
–Soledad es estornudar y que nadie te diga “salud” –filosofó con pena.
Junto con las ediciones de fin de año de todas las revistas de la ciudad, los puestos de diarios exhibieron el último número de “Asfalto Puede”. Tapa negra.
Los ansiosos seguidores encontraron significados al caprichoso diseño de portada. Algunos aventuraron la elegante sobriedad, otros la enlutada despedida. Los antiguos miembros de “Asfalto Puede” postulaban burlonamente que a Armando de nuevo no se le había ocurrido nada para la tapa.
Prelles estaba convencido de que la tapa negra iba a ser lo único llamativo entre tantas publicaciones ornamentadas de rojo y verde navideño, y que las demás revistas iban a ser el adorno de “Asfalto Puede” de Diciembre. Y no se había equivocado, la tapa negra fue motivo de conversación en las calles. Suficientes expectativas ya habían por el último número y ahora, antes de abrir la revista, se multiplicaban.
Cartas de lectores, saludos augurando buen cambio de década, mensajes de celebridades despidiéndose de la revista, publicidad, recuerdos de viejas portadas, de viejos personajes, de eventos pasados. La pulcritud de los contenidos estaba a la altura de lo esperado. Incluso su cuento central.
En Diciembre de 1959 tuvo lugar el debut como escritor del, ya entonces afamado y ovacionado literato, Armando Prelles. Un relato corto, con pasajes autobiográficos, pretencioso, cursi, predecible, sin estilo ni sutilezas y sin embargo llevadero, arrebató en público los aplausos de quienes, a solas, no lo leyeron jamás:
El Desierto del Olvido (por Armando Prelles).
Una rosa. La más bella y perfumada rosa que jamás haya existido, brotó sin pompa en la agrietada superficie del más árido de los desiertos.
No hay cómo explicar de qué manera pudo una flor tan bella y tan frágil nacer y vivir allí, en ese desierto inhóspito en que la forma de civilización más cercana estaba a cientos de kilómetros.
Sin embargo, como una ironía del destino, allí donde el hombre no encontró virtudes, se irguió esa flor. Pasaron pocos días antes de que el sol del desierto la debilitara; la flor comenzó a marchitarse. No tardó mucho en morir. Su tallo se resecó y un viento sin bríos lo arrancó de la tierra. Las raíces no intentaron más flores, sólo se dejaron estar hasta fundirse en el abandono bajo la tierra.
Una flor nació en medio del desierto hace muchos años, y por bella, perfumada y delicada que haya sido, nadie nunca supo que allí vivió una flor. Nadie nunca supo si fue feliz, si alguna vez lloró de tristeza o de emoción. Nadie supo si sufrió de soledad o si aprendió a darse buena compañía. Ella vivió allí… con todo lo que significa vivir.
Si algo existe y nadie lo nota, es igual que si no hubiera existido.
Asfalto Puede. Diciembre de 1959.
Le perdí el rastro a mi maestro. En 1964 dejó de enseñar en la universidad. En su casa de antes vive una familia que no lo conoció. En la guía telefónica no hay nadie con su nombre. No encontré ninguna página de internet en castellano que diga Prelles.
El año pasado me tropecé de casualidad con Eduardo Santillán en el aeropuerto y conseguí inducirlo a conversar un rato… en Marzo de 1960 llamó a Armando Prelles, mitad para disculparse por la aspereza con que lo recibió meses antes y mitad para felicitarlo por el último número de “Asfalto Puede”, pero no lo encontró. Lo intentó menguantemente las semanas siguientes hasta olvidarse por completo.
Sus seguidores también lo olvidaron… encontraron alguien nuevo a quien admirar. Así es la gente que idolatra en lugar de amar, cuando su sujeto de veneración deja de ser perfecto encuentran la perfección en otro personaje y le erigen un nuevo culto… lo peor de la imperfección humana es lo corta que puede llegar a ser su perfección.
A diez cuadras de la Catedral hay una biblioteca que todavía se llama Armando Prelles. Entré a preguntar qué me podían decir de la persona que regaló su nombre a esa institución y me dieron un par de respuestas burlonas… que es el descubridor de las estanterías, que fue un filósofo argentino del siglo XII. Fingí reir con ellos… qué culpa tienen… la misma que tengo yo de no saber qué hizo el prócer tocayo de la calle donde vivo.
Esta tarde le pregunté a un vendedor de diarios que está en la misma esquina desde antes de los tiempos de “Asfalto Puede”, si todavía recuerda esa revista que después de un escandalete se publicó con tapa negra…
–¿Cómo no me voy a acordar? ¡Fue un papelón eso! ¿Cuándo la selección había perdido antes así, en su propia cancha?
Comprendí que el olvido mata sin violencia y no deja rastros. Estaba empezando a llover y busqué refugio en el bar de la otra esquina, un sitio algo ruidoso pero era preferible mirar la lluvia desde una ventana que caminar bajo un chaparrón… además no pasaba nada si llegaba un poco más tarde…
Armando Prelles fue mi maestro… pero exisitir y que nadie lo note es lo mismo que no haber existido.
A veces me sobra el tiempo, no me engancho con ningún programa en la tele, acarreo alguna rabia del día y en lugar de buscar camorra con los que amo, decido llamar a algunos de estos centros de atención al consumidor.
En EE.UU. estas señoritas (que las imagino con la mirada clavada en sus uñas mientras suena mi voz que no escuchan) han sido entrenadas para fingir amabilidad e intercalar en cada oración la palabra "unfortunely". Cada frase que incluye el "desafortunadamente" es gobernada por una clara negativa a avanzar en el trámite, y es notorio que esa negativa no les preocupa demasiado aunque la quieran enmascarar con un vocablo ideado para consolarse por un mal ajeno que realmente nos duele.
Por pura diversión les prohíbo que vuelvan a repetir esa palabra. Las escucho intentando sinónimos con poca destreza y con resultados enviciados.
Peleo, ensayo discusiones ácidas, muestro mi lado más odioso, solicito me atienda un superior, denigro sus inteligencias, amenazo con llevarlos a la corte, elevo la voz, pierdo las buenas costumbres y corto la llamada cuando me lo requieren por tercera vez.
Hace cerca de diez meses que tengo certeza de que mi licuadora no la arreglarán, no está incluido en la garantía. Desafortunadamente.
Alguien pensó que si a cada cubo de madera le dejaba en sobrerrelieve una versión invertida de las letras, ubicando esos cubos entre rieles e impregnando las letras en tinta, podría evitarse grabar textos enteros en placas. Podría formar palabras combinando cubos, con más cubos oraciones, con más rieles podría agregar renglones, páginas y libros enteros. Acababa de nacer la imprenta de tipos móviles y a estos tallados rústicos los consideraban “Grandes Inventos”.
Ante la vieja definición de adelanto tecnológico, “Héroe Máximo de la Humanidad” no sería alguien con la habilidad de levitarse sobre sus oponentes pero sí de desafiar las leyes de la naturaleza hasta entonces conocidas. Siendo la terquedad una virtud con mala prensa, cuesta defenderlo desde esa característica, pero sólo por terco se embarcó en la gesta heroica que lo hizo quien fue. Desoyó consejos de los más conocedores y de los más cautelosos.
La gran epopeya de todos los tiempos fue la obra y la vida de Colón.
A quinientos años de su descubrimiento cuesta dimensionar la magnitud de su hazaña. Los confines de la Tierra para esos días eran poco más que Europa y, a modo de apéndice, grandes dudas sobre las extensiones y dimensiones de África y Asia. Hoy conocemos cada rincón, exploramos cada elevación y cada subsuelo, las distancias más lejanas se pueden unir con viajes de nunca más de treinta horas, convertimos a nuestro planeta en la aldea global y ya es minúsculo para nuestros planes. Enviamos naves a Marte, sondas a Venus, robots capaces de fotografiar la superficie de Júpiter, estaciones espaciales, Skylab, Mork y Mindy.
La NASA llegó a la cúspide de su orgullo en 1969 con el primer alunizaje tripulado y sólo diez años después abandonaron todos los programas espaciales referidos a la luna. En cambio, el descubrimiento de Colón, a quinientos años, sigue siendo objeto de estudio, de conquista, de reclamo y de arrebato. También es paradójico todavía que las naves Apollo hayan sido lanzadas al espacio desde Cabo Cañaveral, a menos de tres horas de avión de Guanahaní, o San Salvador como prefirió llamarlo Colón el 12 de Octubre de 1942.
Si para los astronautas norteamiericanos fue heroico subirse al Apollo XI, contando con la más alta tecnología desarrollada hasta ese momento por nuestra civilización y conociendo centímetro a centímetro, a través de fotos, la superficie a explorar; más heroico fue subirse a las carabelas sin los instrumentos de navegación adecuados, sin conocimiento de la ruta a seguir, sin saber qué destino les esperaba y con las advertencias de que las aguas no eran navegables, sopena de ser tragados por sus olas y arrastrados hacia los monstruos que las habitaban.
Sin duda que Colón era un héroe, pero muchos de sus logros fueron hijos de su terquedad. Él sabía que la tierra era redonda, pero no podía demostrárselo ni siquiera a sí mismo. Lo intentó con un huevo, y después de varios ensayos de monólogo en un bar de Génova donde se podía pedir fainá rellena, concluyó en que el huevo era redondo.
Una noche, entre las risotadas de sus amigos, el joven Colón escuchó una vez más los avisos sobre la planitud de la tierra y los peligros de desafiar al océano. Sintió el impulso de ponerle fin al mito y se acercó al abrigo que había dejado colgado en el perchero junto a su mesa. Silenciosamente metió la mano en uno de sus bolsillos y al entreabrirlo liberó un concentrado olor a huevo duro que tácitamente todos acordaron en tolerar. Como ofreciendo baratijas puerta a puerta, tomó el huevo entre el pulgar y el índice de la mano izquierda, y con el índice de la derecha señaló académicamente la nacarada superficie del huevo, dándose pie a sus primeras palabras de demostración.
A los pocos segundos de comenzar, sus fastidiados amigos ya habían manoteado sus abrigos del perchero y comenzaban a abandonar el bar, dejando a Colón en compañía de unos platitos vacíos de maníes, cáscaras desordenadas sobre la mesa, más vasos vacíos que la cantidad de personas que habían rodeado la mesa y un pingüino ya casi sin tinto de la casa.
Gestos similares los venía soportando hacía casi seis años, pero nada doblegaba su espíritu; ni siquiera que quedarse solo en los bares lo obligaba a pagar las cuentas. Eso era terquedad en su máximo estado de pureza, pero ¿cómo triunfar sin confiar obstinadamente en un plan?
Colón tenía tan claras sus ideas que sólo era cuestión de tiempo transformarlas en proyectos. Él sabía a ciencia cierta que navegando aguas atlánticas hacia Occidente, se toparía con tierras lejanas. También sabía que esas tierras no pertenecían a al continente asiático, sino a un continente intermedio llamado América; claro que, consciente de su imposibilidad de demostrar la esfericidad del planeta, ni intentó lo del nuevo continente.
Sus años jóvenes fueron prolíferos en materia de descubrimientos, sin embargo los desechó uno por uno por su obstinación del descubrimiento de América. A la edad de dieciséis años descubrió el fax, a los dieciocho el velcro y la obra completa de Harold Robins, sin embargo no registró ninguno de estos hallazgos, fiel a su objetivo del descubrimiento del nuevo mundo. Para esos días hizo imprimir unas tarjetas de visita donde se podía leer:
Capitán Cristóbal Colón
Descubridor de Continentes
En su Génova natal no pudo contar con el apoyo de sus amigos y sus jocosos desaires habían erosionado sustanciosamente su economía personal, por lo que una noche calurosa concurrió al bar para anunciar delante de todos su partida.
Durante las dos primeras horas ni abrió la boca. Sus amigos no lo notaron, aturdidos por el vino, las carcajadas, el alboroto natural y sus intentos de levantarse a las minas que se habían sentado bajo el toldo, en una mesita en la vereda.
Cristóbal los contempló con nostalgia prematura. Sabía que poco tiempo después recordaría con melancolía a sus amigotes del bar, esos nobles caballeros de pantalones arremangados, peinados a mano con agua de la canilla del baño, que apuraban con un golpe seco puñados generosos de maníes y hablaban a los gritos con el costado vacío de la boca.
–Muchachos, quiero decirles algo –interrumpió Colón alguna trivialidad.
–Pará, si vas a empezar de nuevo con lo de la tierra nos vas a espantar a las minas –advirtió El Gordo Sopapa con gran destreza para no dejar caer su escarbadientes de entre sus labios.
–Mirá que hace mucho calor para hablar boludeces –sugirió disuasivo El Pascualo– relajate, tomate un vinito, disfrutá con nosotros…
–Paren, déjenme hablar, les quería avisar que me voy de Génova.
Si algo se podía decir de sus amigos es que eran de fierro. La noticia de la partida la recibieron como baldazo de agua fría. Por varios minutos la euforia de la mesa de al lado de la ventana se transformó en silencio. Nadie articuló palabra, ni siquiera se intercambiaron gestos entre ellos. El vino barato rumbeó todas las mentes aturdidas hacia los recuerdos. Cómo irá a ser de ahora en adelante sin Colón, sin ese amigo con el que se habían hecho la rata juntos, tardes de ring-raje y fichus. Se iba el amigo de la infancia y dejaba un plato vacío para el asado de los domingos, quedaban rengos para el truco y quién se atrevería a reemplazarlo en el arco… se comía todos los amagues, pero ese arco era de él.
–¡Bueno loco! ¡Me voy, no me muero! –animó Colón.
–Es verdad, pero son tantos años… quedate un rato que te vamos despedir como corresponde… ¡Vení! –llamó al propietario del establecimiento– ¡Traete esa botella de barro de allá arriba y sentate con nosotros!
Una antigua melodía genovesa se metió por la ventana de “El Gato Negro” y sus acordes inundaron el recinto. Los muchachos parecían nuevamente felices a pesar del gemido de los violines y los resoplidos de los fuelles. Al ritmo de dos por cuatro revivieron las risas insolentes, volaban carozos de aceitunas y migas de pan, y sin que nadie explique cómo, las minas de al lado ya compartían la mesa. En medio de la fiesta El Gallego bajó otra botella de ginebra y, mientras anunciaba que era por cuenta de la casa, alguien vació un sifón en la, hasta entonces, enrulada melena de Colón, que se miró en el espejo de la columna y, entre avisos de flan casero, descubrió su pelo llovido hacia ambos lados de la cara y prometió conservar ese nuevo aspecto en honor a sus amigos de toda la vida.
Las pocas horas de sueño y los residuos etílicos no fueron impedimento para que Colón abandonara Génova bien tempranito. El nuevo sol lo encandilaba y con los ojos entreabiertos podía ver de una forma distinta, tal vez mejor. Por décadas había vivido en la misma cuadra, pero recién ahora las casitas vecinas tomaban un aire encantador de seductora sencillez, parentesco y lejanía. Reconoció cada árbol, cada baldosa y esquivó cada charco sin necesidad de mirarlos hasta llegar a la esquina, donde se saludó con el hijo del Gallego, que estaba pasando la escoba entre las mesitas de “El Gato Negro”
–¿Madrugando, Cristóbal?
–Parece que vos también.
–Es que me dejaron una mugre anoche…
–Sí, fue mi despedida… me voy, Galleguito…
–¿Qué pasó, Colón? –guiñando un ojo– ¿Dejaste a alguna mina con el bombo? ¿Te rajás para no pagarle al diariero? ¿Te dieron la cana con lo de la quiniela?
–No, nada de eso… Me voy a descubrir el quinto continente –dijo hinchando el pecho y abriendo sus ojos de par en par mientras se metía la mano en el bolsillo del huevo duro.
–No jodas con eso…
–Es un recuerdo… quedateló…
El camino que le esperaba era largo y todavía no comenzaba. Antes de que el sol calentara ya se había reunido con quien le ayudara a alcanzar las costas ibéricas, un viejo lobo de mar que antes de retirarse montó una empresa, a la que bautizó con su apellido. El servicio consistía acercar por tierra a sus pasajeros hasta la costa y luego, con una nave de menor calado, los dirigía hasta la otra orilla para volver a ser transportados por tierra hacia la ciudad de destino.
–¿Dan algo de comer en el barquito?
–No, pero acá en el muelle podés comprarte unos cuernitos –respondió el viejo Cacciola.
España no estaba esperando a Colón. España era una gran potencia y su poderío lo había conseguido sin él. Desatendiendo este hecho, en el momento del desembarco, a un desconocido en el puerto le preguntó dónde podía encontrar a la Reina.
Pasados más de quinientos años de estos episodios, cuesta ver la magnitud de sus hazañas. A mí me resulta imposible dar con el gerente de una tienda para devolver un televisor… “El Sr. Larraín no puede atenderlo porque está en una reunión”. En el mundo de hoy es inconcebible pretender ser atendido por alguien de mediana relevancia. Las cartas de admiración a una celebridad no son nunca contestadas y algo tan cargado de indiferencia como el cariño jurado en una foto autografiada (con dudosa autenticidad), puede alcanzar un elevadísimo valor emocional y económico. Si un policía comete un error o una injusticia, jamás podremos hacérselo saber a su superior. Si nuestro voto hace que un simple peatón se convierta en Diputado, no soñemos con que alguna vez nos reciba a discutir la ley que no le pedimos que sancionara. Y cuanto más alto el cargo, más inaccesible es el personaje. ¿Alguien tiene algún amigo que haya sido recibido por el Presidente de la Nación?
El 20 de Enero de 1486, un extranjero recién llegado de Génova que se hacía entender a medias con su precario castellano, fue recibido en Córdoba por los Reyes Católicos. Algunos historiadores se esmeran en explicar detalladamente los contactos que se inventó Colón para conseguir una audiencia con los reyes. Otros, más escépticos, dirán que las toneladas de hierro con que se erigieron las puertas del palacio pesan menos que los pocos gramos de níquel que necesitan los porteros para abrírselas a cualquier transeúnte.
Una vez franqueada la entrada, los motivos que ayudaron a atravesarla se desvanacen frente a un Colón de rodillas, a medio metro de Isabel de Castilla y Fernando de Aragón, jurando fidelidad a la corona con la mirada en el suelo y el sombrero en la mano. En este ir y venir de ademanes, entre besos a la mano de la Reina y demás reverencias, deslizó su mano derecha dentro del bolsillo de su abrigo y, sorteando monedas, papeles arrugados, un corcho y un piolín, acarició la suave textura de un huevo de gallina, que un segundo después brillaba frente a un cuarteto de ojos monárquicos.
La escena siguiente ya la había practicado por años en “El Gato Negro” y a pesar de no haber sorprendido jamás a sus amigos, Colón sabía que el interés de los Reyes sería soberano.
Se sabe que los Reyes son gente muy ocupada. Se pasan todo el día reinando una nación, tarea agotadora que consume tiempo. Sin embargo, después de cenar es muy entretenido sentarse en un trono a observar un pobre inmigrante italiano tratando de explicar en castellano que la tierra es redonda mientras gesticula y muestra los distintos ángulos de un huevo. Por meses, ese había sido el programa favorito de los Reyes Católicos, y con ánimo de hacer carrera en Palacio, el Ministro de Entretenimientos Reales y Casino contrató a Colón para que repitiera su número todos los sábados en las Galas.
Con el correr del tiempo, el castellano de Colón se fue perfeccionando y los Reyes pudieron entender que el genovés hablaba de comercio internacional, de importar especies de la India, de la refutación del Non Plus Ultra, de que el planeta no era plano y debía ser considerado un “redondeta”… hasta creyeron entender que Colón les estaba mangueando unos barcos.
Esta situación dejó de resultarles graciosa, y en vez de reprochar que extrañaban la rutina del huevito en cocoliche se hicieron traer de Génova otro comediante, un viejito que cantaba canciones pícaras en su dialecto, interrumpiendo las palabras más atrevidas para tragarse un huevo duro con gestos suavemente inmorales.
Ahora, con dos genoveses en Palacio y un espectáculo renovado, le concedieron a Colón tres pequeñas embarcaciones para que hiciera con ellas lo que quisiera. Los Reyes Católicos consideraron esta colaboración como una justa forma de pago para quien amenizara por seis años sus sobremesas. Sin embargo Colón, en su ambición, no tuvo reparos en exigir ser ascendido a Almirante, Virrey y Gobernador de Indias.
Los Reyes accedieron a todo cuanto Colón pedía. Le dieron tripulación para sus carabelas y hasta le ofrecieron la suma de mil maravedíes para el primero que avistara tierra. Darían lo que fuera para que Colón salga de viaje y deje de interrumpir el nuevo acto del huevo, en que el viejito ahora tocaba mandolina mientras se tambaleaba en un monociclo.
Los amaneceres de Octubre eran algo más frescos y a pesar de que las olas acunaban los últimos sueños, Juan Rodríguez de Bermejo, oriundo de Triana, confrimó con un ¡tierra a la vista! que las luces vistas la noche anterior provenían de una fogata en la playa y que ahora se divisaba con una nitidez que dejaba nudos en la garganta.
El desembarco del 12 de Octubre puso a Colón y sus hombres frente a un grupo de americanos que estaban festejando el Día de la Raza disfrazados de indios. Americanos y europeos se estudiaron en silencio, postergaron sus comentarios sobre la ridiculez de la vestimenta del grupo que tenían en frente y se regocijaron sospechando que será un placer hacer negocios con ese grupo de idiotas.
El resto de la historia es muy conocido. Españoles e indios se odiaron y se mixturaron. Sin importar sus proveniencias, algunos viajaron a España y otros conquistaron las nuevas tierras. El resto son reclamos justos, despilfarros e interminables historias legítimas de saqueos a todo tipo de patrimonios. Algunas historias ilegítimas, algunas batallas ganadas con justicia, otras sin… otras defendidas con terquedad y unas cuantas olvidadas. Actos miserables pasaron a la historia por heroicos olvidando que nadie es héroe o villano para siempre.
A quinientos años de cerrar la puerta de la casita de Génova, ¿alguien puede contar la verdadera historia de Colón?
(basado en “Viaje al Interior de una Trompeta”, del mismo autor)
ACTO 1 – Sinfonía para un torno.
Buenos Aires, primavera de 1961. Horacio Sierra acababa de cancelar su participación en la presentación al aire libre en Palermo. La orquesta contaba con suficientes vientos y su ausencia podría pasar inadvertida.
El dolor de muelas iba a matarlo pero llevaba semanas inventando excusas para postergar la visita a la doctora Orgambide. Otra vez a escuchar la eterna recomendación del doble cepillado diario, a resistir los ganchos encallados en todos los litorales de la boca, a anestesiar el control del tráfico de líquidos que entran y salen bajo control ajeno y a contestar con diferentes intensidades de “ajá” las preguntas que hubiera querido desarrollar aunque sea un poquito más. No es que la doctora Orgambide inspire grandes conversaciones, pero cómo responder un “¿cuánto hace que no nos vemos?” con la boca totalmente invadida por gasas y algodones y el lenguaje corporal reducido al movimiento de los ojos, porque el babero amenza con el ahorque ante cualquier cambio de posición del cuello, mientras el delantal oficia de mantel y el pecho de mesa de instrumentos odontológicos, sin permitir más movimiento de manos que el de una camisa de fuerza.
La perversión del odontólgo se percibe en cada detalle. Nadie con la mente sana puede obesionarse con la perfección del órgano creado para morder y destruir.
ACTO 2 – El Monje.
Tres personajes emergen de la boca del subte como un juego de espejos en que cada uno imita perfecta e involuntariamente el aspecto, la actitud y los movimientos de la figura de al lado. En un segundo vistazo cobran individualidad. El de la izquierda, apenas más bajo que el del medio y el de la derecha era, definitivamente, el más bajo del terceto. Los dos primeros con toda la estepa siberiana impresa en sus rostros. Facciones rígidas, pelo oscuro por la gomina aunque de claro pigmento rubio, mandíbulas cuadradas, cuellos fuertes y hombros anchos. Lentes de sol bien oscuros que sin embargo dejaban percibir la frialdad de sus miradas, grises como el cielo de Moscú. El tercer hombre, misma gabardina beige y mismo paso militar pero su bigote negro lo señalaba como el hombre de Inteligencia local. Único con maletín. ¿El jefe? ¿El soldado?
En segundos atraviesan la pequeña puerta de vidrio de la peluquería de mitad de cuadra como si hubiesen sido absorbidos. Un peluquero calvo no los vio entrar y jamás supo que se esfumaron dentro del recinto, sólo atinó a anular el volumen de la Spica de funda de cuero. Se escuchaba el tango “El Aguacero” y es mufa.
– Te debieras traer tu pickup, mirá las cosas que pasan en la radio… –le decía Don Cosme, tal vez único cliente de la casa, que pasaba todas las mañanas de su vida haciéndose retocar su bigote de cepillito blanco.
Una luz amarilla proyectaba las siluetas de cuatro hombres sobre un mapa cuidadosamente desplegado encima de la mesa de madera, único mobiliario de la guarida debajo de la peluquería del tucumano. Los hombres de gabardina estaban más preparados para deshacerse de culpas que para darle la noticia al Monje.
ACTO 3 – La suntuosa mansión de la Srta. D’Aubigne.
De las quietísimas y perfectamente azuladas aguas de una enorme piscina, emerge con elegante indiferencia el esbelto y bronceado cuerpo de la Srta. D’Aubigne. Apenas desviando la mirada recoge la atención de su mayordomo, que no demora en extenderle una toalla tan blanca como su traje de baño y su collar de perlas.
Acantilados monegascos, leones de mármol, Martinis, largas boquillas y gélido erotismo son componentes dispuestos con el único fin de generar ese contraste entre el bajo mundo y la alta sociedad, potestativo de las novelas de espionaje, sólo para agregar el glamour que mezquinan los dentistas, los peluqueros calvos y los agentes rusos.
De la Srta. D’Aubigne no volveremos a saber.
ACTO 4 – Violines Orientales.
Un aguacero cubrió la ciudad de Buenos Aires completa. El Desfile de Primavera de la Av. Santa Fe era una anarquía de paraguas y galochas apiñándose para presenciar el paso de las carrozas, pero en el escenario de la plaza Fray Mocho todo era alegría y elegancia, según indicaba un modisto francés en Canal 7.
En los comercios de Palermo cobraba sentido la frase al pie de los afiches promocionales: “La presentación al aire libre del Concierto para Trompeta y Orquesta de Friedrich Staädt se suspende por mal tiempo”.
– …y el domingo que viene no hay ni dolores de muelas ni nada raro, ¿si?. Ensayamos duro en la semana y nos presentamos… ¿o tenés pánico escénico? –hirió Ai Shoruko graciosamente la autoestima de Horacio Sierra.
Alicia, nieta de inmigrantes japoneses, cargaba sobre su nariz cerca de tres kilos en lentes de aumento y marco negro, a través de los cuales podían verse cerrados sus ojos cuando tocaba el violín como entre sueños. A Horacio le gustaba presentarla como su amiga recién llegada del Japón. Le gustaba divertirse viendo a la gente hablarle en castellano elemental, ayudándose con señas, repitiendo con más claridad algunas palabras y elevando exageradamente la voz.
– ¡Es japonesa, no sordomuda! –le gustaba reclamar.
Le gustaba cómo tocaba el violín, le gustaba que lo motivara a seguir tomando clases de trompeta. En silencio le gustaba mucho más que lo que se atrevía a confesar. A Alicia le gustaba que la llamen con el nombre de su abuela, Ai Shoruko.
ACTO 5 – Fanfarrias de bronce y plomo.
La primavera porteña llegó con pocos días de retraso y los nuevos colores del paisaje urbano evaporaron los recuerdos del aguacero que canceló el concierto. Esa semana ensayaron todas las tardes y nunca faltó ni un músico. Comenzaban temprano con mate, terminaban tarde con cognac y estaban ansiosos por llevar a Staädt al aire libre.
El jueves, Horacio llegó casi una hora tarde después de sufrir la última emplomadura. Se ubicó junto a los demás bronces, ordenó a la carrera sus partituras, buscó con la mirada a Ai y sonrió aliviado al ver completa la formación de violines. No demoró en acoplarse a la orquesta y esa noche hubo ensayo hasta cerca de la medianoche.
Estaban exhaustos pero conformes. Sólo quedaron pendientes unos pequeños ajustes para el ensayo del sábado y cosechar, el domingo, los aplausos melómanos.
La primavera debe haber sido creada en los bosques de Palermo. No hay en el mundo otro sitio tan ligado a una estación del año y la gente acude hipnóticamente a presenciar el espectáculo de la verde quietud, las glorietas, las esculturas y los lagos. Un edén al que se llega en taxi, tren o colectivo y en el que sólo se escuchan sonidos celestiales.
Esa tarde los sonidos celestiales llevaban una semana de retraso por el último torrencial, y esa semana sólo perfeccionó la presentación al aire libre del Concierto para Trompeta y Orquesta de Friedrich Staädt.
Algunos llegaron temprano sólo para asegurarse buena ubicación en la explanada, otros querían ver a los músicos afinando sus instrumentos. Curiosos, familiares, admiradores y criticones ocuparon las gradas y las sillas frente al escenario. Detrás de los atriles el ambiente era de camaradería y alta concentración.
El director se ubicó tímidamente en su pequeño podio y solicitó a la audiencia permiso para girar sobre sus talones y dar la espalda. El movimiento de su cabeza hizo suponer que reconocía la formación con la mirada. En un gesto coreográfico dejó sus dos brazos lentamente en alto y luego de unos segundos eternos los bajó enérgicamente. Fanfarrias de trompetas.
Los músicos tenían la misión y el deseo de lucirse. Entre el público había intelectuales que no perdonarían una interpretación mediocre y tenían el talento para deslumbrarlos.
En el tercer tramo de la obra, Horacio cambió su habitual trompeta Si bemol por una piccolo y desde el cuarto tramo hasta el final, sólo tuvo que disimular las pulsaciones agudas en su segundo premolar inferior derecho.
INTERVALO.
La mayoría de los espectadores abandona la sala. Los más, con ánimo de regresar luego de un cigarrillo en la vereda, de intercambiar comentarios sobre la primera parte de la película o de comprar golosinas y pasar al baño antes de la segunda parte. Unos pocos, hastiados de lugares comunes, prefieren evitarse el trámite de ver el final del Viaje al Interior de una Trompeta.
Las fotos pegadas en las puertas de vidrio de la sala, advertían la continuidad de la historia. La Dra. Orgambide había implantado un microfilm en la cavidad de la muela de Horacio… no sabemos si por error o si tenía planes siniestros, y de tenerlos habría que ver la película para enterarse si era cómplice o enemiga de los espías rusos.
Luego los buenos descubren que el microfilm quedó alojado en la trompeta piccolo de Horacio, y para recuperarlo se intentaron pocos planes antes de recurrir al de reducir el tamaño de algún personaje de la historia y llevarlo a recorrer el instrumento por dentro. El autor da por hecho que existe el método químico o mecánico para llevar al cuerpo humano a la medida de siete milímetros y no se detiene en explicaciones, simplemente lo hace ocurrir en la siguiente escena.
Posiblemente Ai Shoruko debía exponerse a la reducción física, ya que sólo ella podía seguir los sonidos de la música con los ojos cerrados, y sería Horacio quien tocaría la trompeta para guiar a la tímida concertista a la aventura de encontrar el microfilm.
Por algún motivo, en el exterior de la trompeta la vida de Horacio corre peligro y él mismo se mete dentro. Ya ahí dentro, su misión será encontrar a su ser amado y habrá escenas oscuras en pasajes delgados de la trompeta generando situaciones de tensión al querer escapar de entre las curvaturas del tubo o correr el riesgo de ser aplastado por una válvula o un pistón.
Por el eco constante dentro de la trompeta, la película tiene tramos enteros ensordecedores, y el acento ruso de los espías por momentos suena alemán. Apenas puede entenderse qué dicen pero ya también los tres hombres de gabardina están dentro del instrumento de bronce.
Hombres de frentes transpiradas susurrando agitados sus estrategias, sirenas de ambulancias, Vespas y persecuciones por las calles de Praga. A lo lejos puede verse la luz del día en un enorme círculo que parece ser el pabellón de la trompeta.
Horacio y Ai son recogidos por dos manos gigantes y depositados sobre unas partituras desproporcionadas. De alguna forma el bien había triunfado sobre el mal, el Monje fue esposado por dos policías mientras vociferaba todo tipo de amenazas e insultaba sin términos vulgares. Nunca sabremos qué pasó con la dentista ni quién fue la reina de la primavera. Los espías rusos fueron devueltos a su Alemania natal.
Lógicamente los jóvenes aventureros se besan enamoradísimos mientras se escucha un delicado momento de violines de la mismísima obra de Staädt. Horacio esconde en un bolsillo el microfilm con el que tiene asegurado su porvenir y Ai se quita los lentes detrás de los que escondía la imprevista sensualidad del sol naciente.
ACTO FINAL – El 109
Hacía poco que había anochecido y los colectivos que salían del centro hacia los barrios iban repletos. Dos amigos caminaban en dirección a Alem, estaban muy distendidos y a pesar de que la noche era algo calurosa preferían tomar el 109 en la terminal para viajar sentados.
Atravesaron los puestos de revistas criticando la película, se arrepentían de haberla elegido pero reían desenfrenadamente. Habían pasado una buena noche.


































